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Gaby Vargas
Gaby Vargas
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Su pasión por aprender y su gran facilidad para transmitir conceptos complejos de una forma inspiradora y cercana la ha convertido en una de las autoras más leídas en México. Ha publicado 16 libros de diversos temas de desarrollo humano, el más reciente de ellos Energía, tu poder. Cada uno de sus libros ha sido best-seller. En su carrera, ha vendido más de dos millones de ejemplares. Gaby Vargas fue la primer asesora de imagen en México y ha compartido su aprendizaje e inspirado a miles de personas a través de conferencias en diferentes países; en programas en radio y televisión, así como a través de su columna “Genio y Figura” en los principales periódicos nacionales. Sus contenidos se publican en diversos medios y su sección “Mejor, con Gaby Vargas” se transmite todos los días a través de MVS Radio en todo el país. Maestra Certificada en HearthMath Institute y Enneagram Worldwide, utiliza técnicas que integra con su enorme acervo de recursos para compartir prácticas cotidianas que cualquier persona puede integrar a su vida para sentirse mejor y con más energía. Es fundadora de Fundación Marillac, AC, que otorga apoyo económico a mujeres de escasos recursos para que estudien la licenciatura en enfermería. Fundadora de la Fundación Balón por Valor, que inculca valores en niños del Estados de México a través del deporte.

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22 Noviembre 2020 04:00:00
Así es la vida…
Así es la vida… escuchamos o decimos la frase a manera de justificar los eventos que experimentamos o para darle salida fácil a una situación que no llegamos a comprender del todo. Sin embargo, hay un momento en nuestro vivir, en el que esas palabras que escuchábamos y repetíamos con indiferencia, de pronto cobran un significado más profundo y comprendemos su sabiduría.

Desde la época antigua, los chinos llegaron a la conclusión de que todo lo que existe en el universo, existe gracias a la oposición. La luz y la oscuridad, lo femenino y lo masculino, el bien y el mal, la fuerza la debilidad, etcétera.

Jung extiende este concepto al amor y desamor, a la vida y la muerte, a las pérdidas y a las ganancias de la vida. Nos dice que todo tiene su contraparte. Hoy y siempre hay opuestos y es gracias a esta polaridad que progresamos.

Así es la vida… el progreso se da cuando por una tensión, decido hacer algo para eliminarla o resolverla. Nuestra tendencia natural es vivir solo lo bueno y eliminar la tristeza. Sin embargo, cuando la tristeza nos toca, nos damos cuenta de que en ella también se encierra una semilla de esperanza.

Nos da la oportunidad de reflexionar, de entender aspectos que antes no comprendíamos o siquiera veíamos. Lo cierto es que oscilamos entre uno y otro polo; y el hecho de buscar el equilibrio es lo que nos da la sabiduría.

Decía Jung que a cada pérdida corresponde una ganancia y viceversa. Así es la vida… nos damos cuenta entre otras cosas que vivir es una serie interminable de pérdidas y ganancias.

Nacemos y experimentamos el mundo y lo que significa sentirse amados y alimentados: enorme ganancia. Al mismo tiempo; perdemos la comodidad y la seguridad que significa el vientre materno. Descubrimos el frío, el hambre y el dolor.

Cuando empezamos a caminar, ganamos libertad pero perdemos el abrazo y cercanía constante de nuestros papás. ¿Recuerdas la nostalgia de dejar atrás la etapa universitaria y sentir la responsabilidad de ganarnos la vida? Y así continúa una historia sin fin, que no cabría narrar. Ritos de paso, momentos de transición en los que confrontamos la serie de pérdidas y ganancias de las que está hecha la vida. No es fácil aceptarlas como vienen, es difícil y al mismo tiempo, de gran aprendizaje.

Así es la vida… las pérdidas en el camino, son determinantes para cada uno de nosotros. ¿Las ganancias? Las encontraremos en la medida que le hagamos honor a nuestro duelo, de otra manera estamos en la negación y en el enojo, para después dar el paso y poco a poco encontrar los beneficios.

Así es la vida… nos toca rendirnos con serenidad, gracia y humildad a los planes que ella tiene para nosotros. De resistirlo, viviremos en una lucha inútil que no ganaremos. Se trata de adaptarnos a los cambios y aprender las lecciones.

Es muy importante hacer conciencia de que toda ganancia tiene un precio. Lo interesante es que, si solo contemplamos la ganancia, fácilmente podemos “marearnos”, perder piso, y vivir un mundo de fantasía. Y si nos concentramos solo en las pérdidas de una situación, construiremos nuestra propia cárcel. En el momento de la pérdida no es nada fácil descubrir la ganancia, a veces requiere de escarbar y buscar, pero la ganancia ahí está, siempre está. Depende de nuestra mirada encontrarla.

De la misma manera, para avanzar en la vida tenemos que hacer renuncias: las renuncias son el lado sombrío de la ganancia. Si, vivir es arriesgarnos y a mayor riesgo, mayor posibilidad de perdida, pero...así es la vida.
15 Noviembre 2020 04:00:00
Ganar perdiendo
El infierno para él, era tenerlo todo y saber que todavía le faltaba algo.

Fausto, un sabio científico de mediana edad, se da cuenta que ha sido infeliz, que ha sacrificado en vano la alegría de vivir, en aras de la ciencia. En el poema dice: “Y he estudiado, ¡ay de mí!, filosofía, jurisprudencia y hasta medicina; y también desdichadamente teología. De la cima a la sima, con tenaz ardor. Y heme ahora aquí, pobre necio; tanto sé como sabía antes. (...)”.

Goethe, el escritor alemán nos cuenta esta permanente búsqueda del ser humano en su poema Fausto. Obra que inicia a los 20 años, retoma a los 40, y la termina antes de morir a los 83. En este proceso, él mismo refleja los cambios interiores que sufrió, en la búsqueda constante de encontrarle sentido a la vida.

Un día piensa en lo terrible que sería morir sin haber encontrado nunca lo que es estar realmente vivo. Por lo tanto decide hacer un pacto con el diablo. En este pacto, le entregaría su alma en el más allá, a cambio de vivir por lo menos un instante. En el que el de verdad pudiera decir: “Oh instante cómo vales, ojalá duraras siempre”. De no ser así, el diablo perdería la apuesta.

Mefistófeles le concede la totalidad de los placeres: lo rejuvenece, le proporciona dinero, poder, el amor de las mujeres, capacidad de viajar a cualquier parte, etcétera. Fausto lo vive y lo tiene todo. Sin embargo, la sed que siente por dentro no es saciada.

Por más batallas que gana, por más fortuna que acumula, por más mujeres que conquista, sigue infeliz.

Goethe, en la última parte de la obra, ya con 82 años, nos muestra un Fausto que, junto con él, ha envejecido. El personaje se dedica a construir diques para recuperar tierras del mar, para que de esta manera, puedan vivir y trabajar muchas personas.

Antes de morir, encuentra el regocijo de pensar que un día se puedan contemplar esas tierras llenas de vida y libertad. Es entonces cuando por primera vez pronuncia las palabras que jamás debió decir, y exclama “Oh instante cómo vales, ojalá duraras siempre”. Pierde la apuesta con el diablo, pero gana sustancialmente. Su espíritu, finalmente, encuentra la paz.

¿Cuántas veces, en ese afán de alcanzar éxito económico, de medir nuestra propia capacidad, de concentrarnos en ser reconocidos, nos sucede lo mismo? Equivocadamente invertimos tiempo, esfuerzo y dinero en nuestra persona, para superarnos, para ser mejores, creyendo que es este el camino para obtener la felicidad. La propia búsqueda nos genera angustia, ya que nunca le encontramos fin a nuestra sed. Lo que encontramos en solo un espejismo de la felicidad.

Al mismo tiempo, la sociedad gratifica y celebra nuestros logros. Nos ciegan las palabras de elogio que escuchamos, nuestro ego se hincha de orgullo, y casi nos creemos felices; sin embargo, en el fondo falta algo.

Al final del día, cuando estamos solos, sabemos que hemos dejado lo importante de lado. Quizá hemos dejado a un hijo sin escuchar por acudir a la cita por Zoom, quizá nos hemos vuelto más impacientes con nuestros compañeros de trabajo, la conversación con nuestra pareja se ha reducido a lo indispensable y a los amigos, los hemos descuidado.

Sin darnos cuenta que eso que falta, ese vacío que sentimos y buscamos llenar con afán por todos lados, lo tenemos enfrente de nosotros. Es el otro. El alma no se contenta con el conocimiento, el poder o el dinero, necesita que estos se utilicen en el servicio a los demás.

Si de alguna manera, nos reconocemos en Fausto, ojalá nos sirva este maravilloso poema de Goethe, para que antes de llegar a la vejez, podamos decir con alegría: “Oh instante cómo vales, ojalá duraras siempre”.
08 Noviembre 2020 04:00:00
La felicidad no va y viene
Había una vez una ciudad habitada por muchos pozos. Los pozos se diferenciaban entre sí por el lugar en donde estaban excavados y por su tipo de brocal exterior. Había brocales lujosos, modestos y otros francamente pobres.

Un día alguien llegó con la idea de que “lo que importa no es lo de afuera, sino lo que hay dentro de cada quien”, por lo que la sociedad de pozos comenzó a acumular en su interior monedas, joyas, arte, lujo, libros y todo tipo de cosas, al grado de que a ninguno de ellos le cabía una posesión más.

Al pensar dos veces la idea de que “lo que importa es lo de adentro”, un pozo listo que habitaba en las afueras de la ciudad descubrió otro significado y decidió crecer hacia adentro, pero las posesiones que tenía acumuladas le dificultaban la tarea. Tenía que deshacerse de ellas. Al principio le tuvo miedo al vacío, pero no le quedó otra opción.

Sin posesiones, el pozo comenzó a excavar en su interior y lo que halló al principio fue puro lodo, algo a lo que todos los demás temían y que los disuadía de ser más hondos. Pero este pozo no se espantó y poco a poco se fue haciendo más profundo, hasta que muy adentro ¡encontró agua! Entre más agua sacaba, más encontraba. El pozo feliz comenzó a aventarla al exterior y su entorno se convirtió en un vergel. Asombrados los vecinos, le preguntaban sobre el milagro. “Ningún milagro –respondió él–, solo hay que buscar en el interior.”

Hoy los seres humanos tenemos sed. Por muchos años, al igual que los pozos, creímos que la respuesta a lo que buscábamos estaba en el exterior, cuando lo vivido durante esta pandemia nos ha mostrado que se encuentra en nuestro interior. Esto es cierto al grado de que, sin importar la edad, el género o la condición social, hoy escuchamos en las sobremesas, en la calle, incluso en el trabajo, una palabra que hasta hace algunos años casi era tabú: espiritualidad.

¿Será debido a que hoy hay una necesidad de regresar a algo que nos devuelva la paz y la tranquilidad de vida? Con frecuencia asociamos el significado de la “espiritualidad” con la religión; si bien son dos cosas que pueden estar vinculadas, no son lo mismo. La palabra “religión” viene de “re-ligar”, significa unirnos con algo; y la hemos asociado con ideas, ritos, costumbres, dogmas o formas de pensamiento.

La espiritualidad es nuestra esencia, sea de la religión que sea nos lleva a una misma fuente: el agua, la conciencia del amor; es esa idea o sentimiento de que hay algo especial y grandioso en lo profundo de nosotros mismos.

Volviendo a la fábula, ¿cómo vivir con nosotros mismos cuando nuestro pozo está lleno quizá de discordia, de ruido o de ansiedad? Podemos decir que nuestro problema quizá es creer que valemos por las apariencias que hemos construido a través de seguidores en las redes, posesiones y objetos para intentar conseguir el cariño, la admiración o el respeto y al mismo tiempo olvidar quiénes somos o nuestras circunstancias.

La espiritualidad es la respuesta. Ser conscientes de que la felicidad no va y viene, lo que va y viene es solo nuestra conciencia. Toca resistir esa inercia que nos tira hacia el exterior para adentrarnos hacia el interior y explorar nuestro propio pozo; recorrer lentamente zona por zona, llenarlo con nuestra presencia hasta que se vuelva nuevamente algo familiar.

Ahí, descubriremos que lo más valioso de nosotros ya está en nosotros, que somos ya en hecho aquello que buscamos. Que en el vacío se encuentra el agua, entre más agua sacas, más agua recibes para hacer de cualquier desierto un vergel.
01 Noviembre 2020 04:00:00
La música que la vida nos toca
Durante la Segunda Guerra Mundial, en los campos de concentración, los niños huérfanos dormían con un pan en la mano para asegurarse que iban a tener algo que comer al día siguiente, como lo habían hecho ese día. Lo grandioso es que muchos de esos niños sobrevivieron gracias a que otros prisioneros les dieron sus últimos pedazos de pan.

De lo anterior nos enteramos, gracias a las narraciones que hiciera Victor Frankl, el padre de la logoterapia y autor del famoso libro El Hombre en Busca de Sentido.

Sin duda, la capacidad de grandeza del ser humano contrasta con la de causar daño y dolor. “Ese pan no solo trajo la supervivencia, sino también la libertad interior”, comenta Frankl. “Los que vivimos en los campos de concentración podemos recordar a los hombres que iban por las barracas reconfortando a los demás, regalando sus últimas migajas de pan. Pueden haber sido pocos en número, pero son suficiente prueba de que se le puede quitar todo a un hombre excepto una cosa: la última de sus libertades, la libertad de elegir su actitud y su camino en cualquier circunstancia”.

Cierto, en ocasiones no podemos elegir la música que la vida nos toca, pero si el cómo la bailamos. Ser conscientes de que en cada instante decidimos nuestra existencia: qué comer, qué hacer, qué decir, a quién amar, por quién sufrir y cómo vivir. A esto, Víctor Frankl le llama “el sentido del momento”.

Como sabemos, Frankl vivió cuatro años en un campo de concentración y encontró sentido a su vida al soportar las peores atrocidades y ha influido en el alma de muchos quienes su testimonio es un mensaje de vida y esperanza.

Ahora lo recuerdo al escuchar y leer las noticias que nos preocupan a todos: lo político, lo económico y lo social tocan de cerca nuestras vidas y nos hacen creer que el mal es lo que impera.

Sin duda vivir es un milagro y una aflicción. En esta dualidad, nos toca enfrentarnos a lo que la vida trae, a lo que nos gusta y a lo que no. Sin embargo, es nuestro privilegio elegir y responder con la actitud que tú y yo decidamos tener. Recordemos que el 10% es lo que nos sucede, y el 90 restante, el cómo reaccionaremos ante aquello que nos sucede.



Un pan en la mano

Hay dos maneras de sobrellevar los retos que la vida nos arroja; la primera, como vimos, es decidir cómo vas a bailar la música que la vida te toca, es decir lograr el sentido del momento al actuar más y hablar menos; al señalar lo que está bien, en lugar de en insistir en lo que está mal; al hacer algo por mejorar las cosas, en lugar de quejarnos, en fin. Y la segunda, es dormir con un pan en la mano, aquello que te dé fortaleza, serenidad y confianza.

Es verdad que la vida trae dolor, trae frustración, trae angustia. Sin embargo, se puede vivir mejor de lo que creemos cuando le podemos dar un sentido a todo esto.

Entre las cosas de las que Frankl se sentía más orgulloso, estaba el hecho de haber encontrado sentido a tanto padecimiento. Gracias a sus palabras de aliento, a su capacidad de amar y a su deseo de vivir, muchos de sus compañeros prisioneros sobrevivieron a pesar de haber tocado los peores infiernos.

Habría que hacer conciencia sobre el hecho de que cada instante se presenta como único e irrepetible. Y que el único responsable de mi felicidad soy yo. De ahí que cada decisión que tomamos forma nuestra propia historia.

“El sentido está, existe y nuestra tarea es solamente encontrarlo”, señala Frankl.
25 Octubre 2020 04:00:00
No caigas en la trampa
Es invisible pero te impide dormir, crea una seudo realidad que puede llegar a ser un infierno, secuestra la mente, provoca diferencias, incluso batallas, entre personas, tribus, países y religiones ¿A qué me refiero? A esa gran trampa que es la narrativa mental. Te comparto un cuento Zen que ejemplifica lo sencilla que la vida se vuelve cuando evitamos caer en la treta.

Un día, los papás de una joven adolescente fueron a reclamarle airadamente al maestro Zen haber procreado un bebé con su hija. Después de escuchar toda clase de insultos, el maestro respondió con calma: “¿No me digan?”. Los padres airados agregaron: “Así que ahora es su responsabilidad cuidarlo”. Y dejaron al bebé en la puerta. El maestro tomó al bebé y lo cuidó como propio.

Un año después, la joven confesó que el padre no era el maestro Zen, sino un joven vecino. “Nos equivocamos, le pedimos una disculpa, venimos por el bebé”, le dijeron al verlo. “¿No me digan?”. Fue todo lo que el maestro contestó y entregó al bebé sin más.

La historia que narra Eckhart Tolle es un ejemplo extremo de vivir en apertura y aceptación total de lo que es y tomar sólo los hechos sin permitir que historias o justificaciones nos coloquen del lado bueno o malo o aprisionen la mente.


Nuestra propia trampa

Sin embargo, las historias no solo provienen de factores o personas externas, sino que son fabricación propia. Nos aferramos a ideas o creencias que defendemos como si se trataran de lo más valioso que poseemos. Me refiero a las historias personales que, de tanto repetirlas en la mente, las envolvemos en un halo de verdad. “¿Cómo es que me pudo hacer esto? Él esta mal, yo lo consideraba una persona decente. Si al menos me hubiera explicado...”. Este estilo de narrativas comienza a contaminarnos, difundirse y convencer a nuestros allegados en reuniones, asambleas o sobremesas.

Hoy, gracias a las redes sociales, las narrativas se expanden con mayor rapidez y se vuelven colectivas, incluso se infiltran en la cultura familiar, empresarial o de los países. Una pequeña disertación sobre un acontecimiento, una creencia, un límite geográfico, una fecha determinada, hace que dentro de una misma agrupación haya no sólo divisiones, sino guerras. Como afirman varios filósofos, entre ellos, Nietzsche: “Es más probable que un creyente mate a que un no creyente lo haga”. ¿La diferencia? La narrativa.

El ego nos causa inseguridad o temor al aferrarse a las narrativas, es un mecanismo por el cual se afianza y nos convence de que ellas conforman nuestra identidad. Entre más fuertes sean, mayor es la identificación y más temor nos provocan. Sin esas historias mentales no tendríamos pasado para defender el presente ni forma de anticipar el futuro ni podríamos tener la razón y el otro no podría estar equivocado.

Sí, hay narrativas que son motivo de orgullo, nutren el espíritu o unen a una nación entera, como pueden ser las historias de los grandes héroes o sucesos fundacionales de la patria. Sin embargo, otras –la mayoría– permanecen sumergidas en la oscuridad por años como la parte baja del iceberg que callamos y rumiamos; de ahí su peligro. No solo pueden causarnos ansiedad y quitarnos el sueño, sino separar, contrapuntear y provocar encono en familias, países, organizaciones, sectores de la población, partidos políticos o religiones.

No caigamos en la trampa de las narrativas. Mejor imitemos al maestro Zen y respondamos con un “¿no me digas?” a lo que la mente, las redes sociales o los demás nos digan.
18 Octubre 2020 04:00:00
Pasión, propósito y paz
Esa mañana el éxito le cobró la cuenta a Raúl.

“Raúl, tienes presión alta y obstruidas dos arterias. Si no te atiendes ahora, eres un buen candidato a un infarto”, le dijo su cardiólogo. “¿Cómo puede ser?”, respondió Raúl, un exitoso financiero que todas las mañanas corría 5 kilómetros, cuidaba su alimentación y estaba delgado. La noticia lo dejó perplejo.

Raúl, de 52 años, le daba salida al estrés trabajando sin descanso. Recién divorciado, con problemas de custodia en torno a su hijo, a quien durante años descuidó con tal de llegar al puesto que tenía. El futuro siempre había sido más importante que el presente. Pero… ¿Qué no era lo que la sociedad premiaba? ¿Quieres ser reconocido y respetado? Logra, logra, logra. Sin embargo, no era feliz. Vivía con la frustración soterrada de carecer de tres ingredientes: pasión, propósito y paz en su vida. ¡Ahhhh, la tan anhelada paz!

“Mi verdadero sueño, siempre ha sido ser chef y poner un pequeño restaurante en alguna playa, para disfrutar mis dos pasiones: la comida y el mar”, me comentó Raúl con tono de frustración. Una necesidad del alma que nunca se atrevió a escuchar, en aras de cumplir con lo que la sociedad le exigía.

Es un hecho que el reflector del mundo entero ha iluminado el materialismo, la competencia y el individualismo, y ha privilegiado la supervivencia con la ley del más fuerte. Por ello, la mayoría de nuestras dificultades y dilemas son resultado de no escuchar la voz del alma.

También es un hecho que a la mayoría de nosotros no nos enseñaron cuál era esa voz ni cómo escucharla, y mucho menos satisfacerla. Esto nos ha convertido en seres malnutridos anímicamente.


Un cambio de conciencia

Al mismo tiempo y de manera paralela, desde hace ya unos años se percibe un cambio sutil en el mundo. El reflector vira para apuntar hacia otra dirección. Un cambio muy lento que solo algunos se han atrevido a adoptar. Un cambio que quizá requiere renuncias y decisiones difíciles. Decisiones que, si bien prometen pasión, propósito y paz, también atemoriza porque se toman sin garantía.

El cambio implica una evolución en la conciencia. Prueba de ello es que por todos lados vemos que brotan movimientos, organizaciones, libros, clases, seminarios y personas que invitan a vivir una vida con mayor reflexión, autenticidad, congruencia y silencio.

En esta transformación, hay quienes se mueven despacio porque les cuesta trabajo soltar el “statu quo”, los apegos, lo acostumbrado, lo conocido, lo familiar. Se preguntan: “¿Qué pensarán los demás, encajaré, podré, sobreviviré?” Pero el miedo es una de las toxinas más perjudiciales para la salud.

En cambio, los pioneros –en especial los jóvenes– se atreven a adoptar los cambios de manera más rápida. Ignoran los mandatos de la sociedad, escuchan la voz del alma, son congruentes, siguen su pasión, buscan el tiempo para meditar, para cultivar su interior con libertad, están más conectados con la conciencia, la naturaleza y la espiritualidad. De esta manera crean, cuestionan y viven de acuerdo con sus valores. Su ejemplo puede inspirar, motivar o invitar a más personas a seguirlos para que el cambio cobre fuerza. Esa es la esperanza.

Finalmente, el designio de todo ser humano es ser feliz y hacer felices a los demás. Nuestro privilegio es elegir nuestro estado de conciencia y, por ende, nuestro camino. Sin duda, el gozo es el mayor alimento que el cuerpo físico utiliza para mantenernos con salud y también la guía principal que el alma emplea para lograr pasión, propósito y paz.
11 Octubre 2020 04:00:00
El poder curativo del océano
Un baño de mar es una de las curas más antiguas que la naturaleza nos ofrece. ¿Su poder terapéutico se debe al agua, la sal, el movimiento de las olas, el nivel, la vastedad? No lo sé, pero se sale del mar sintiéndose otra persona.

Emmy Craig Foster, un cineasta de origen sudafricano recurrió por instinto a dicha cura, para lidiar con una depresión que lo había desconectado de la vida, del mundo y, en especial, de su hijo. “Sentía una necesidad de ir al océano, a mi lugar feliz, como cuando era niño.” No cabe duda de que las mejores lecciones están en lugares insospechados. Nunca imaginó lo que viviría y el impacto que tendría en su vida.

Craig decidió sumergirse en el Cabo de las Tormentas, uno de los lugares más temidos por los buzos y nadadores, no solo por los tiburones pijama que abundan en la zona, sino por la agresividad de las olas al golpear contra las rocas. La describen como la costa más traicionera del mundo, sin contar con que la temperatura del agua es de 8º C y Craig se zambullía con el pecho desnudo y sin tanque.

Un día, mientras nadaba dentro del bosque de algas marinas, llamó su atención una figura muy extraña, una especie de escultura, creada a partir de conchas rotas. Al tratar de acercarse, la figura se deshizo y surgió un pulpo hembra que se había camuflado para cubrirse ante los depredadores. “Es difícil de explicar, pero supe que este molusco era muy especial. Decidí seguirla”.

Durante un año entero, Craig se sumergió para observarla a diario durante dos horas. A través de su lente nos lleva a asombrarnos con criaturas con aspecto alienígena, como de ciencia ficción. Nos hace pensar que exploramos el exterior cuando en realidad desconocemos gran parte del interior de nuestro planeta. Estamos tan ciegos al mundo que no vemos las maravillas que destruimos.

El caso es que los primeros 20 días el molusco rechazó a Craig. Si bien sabemos que el pulpo no solo es un “marisco”, sino es el animal invertebrado más inteligente del planeta, es asombrosa la sensibilidad e inteligencia que descubrimos en el documental My Octopus Teacher. ¿Hubieras pensado que un pulpo es capaz de crear un vínculo de amistad, empatía, respeto y, diría, hasta de amor con un ser humano?

Craig no solo fue sanando su alma, sino que fue “enamorándose” de este pulpo hembra que mostraba gran inteligencia. La vio cazar, camuflarse, burlarse del tiburón pijama al montarse sobre su lomo y sufrir al recuperarse de una mordida del depredador que le hizo perder un tentáculo. La vio jugar con los peces y divertirse, así como atravesar las crisis con sabiduría y paciencia.

El momento más emotivo del documental es cuando el pulpo se acerca y desenrolla temerosamente uno de sus brazos para tomar la mano de Craig. Con ese gesto, le demuestra confianza y amistad, lo que lo deja perplejo… y a nosotros también. “Algo pasa cuando el animal me toca –nos dice Craig– me di cuenta de lo que estaba cambiando, de lo similares que éramos, de la fragilidad de la vida”.


“Lo que ella me enseñó es que soy parte de este lugar, no un visitante. Hay una gran diferencia –narra Craig y agrega– me di cuenta de que ahora era más sensible a las personas, a otros animales y a la conexión con la vida”.

Esta fascinante y conmovedora historia nos muestra que todavía hay cosas hermosas en el mundo, nos invita a regresar a la naturaleza para sanar, a crear un lazo más profundo con los animales del planeta y a abrirnos a la realidad de que todos los seres son mucho más de lo que aparentan.

Un baño de mar: una de las curas más antiguas que la naturaleza nos ofrece.
04 Octubre 2020 04:05:00
Estar presente
“Después de un minuto de caída libre pasaré la mano frente a tu cara en señal de que debes abrir el paracaídas”, me dijo el instructor al que estaba amarrada mediante un arnés. Estábamos a punto de saltar juntos. “Es una locura, es una locura, es una locura”, insistía mi mente.

Nos subimos a un avión viejo, como de la Primera Guerra Mundial. Alcanzamos los 15 mil pies de altura. “¿Listos?” El primero en lanzarse fue Pablo, mi esposo. Para nuestro asombro, no permaneció flotando a la altura de la puerta del avión, como en las películas, sino que cayó como piano. El estómago se me hundió.

Era mi turno. Estaba parada al borde de la puerta del avión, con la adrenalina a todo lo que daba, la punta de los tenis en el aire y la sensación del viento golpeándome con violencia. El instructor repasó las indicaciones. Las repetí 100 veces en la cabeza y me lancé…

Pasó un minuto sin que me diera cuenta. Estaba en estado de shock y ¡no abrí el paracaídas! Apenas notaba el movimiento del instructor que se esforzaba para alcanzarlo frente a mi pecho y tirar de él. ¡No vi ni oí nada!, a pesar de que nuestras vidas estaban de por medio.

Ha pasado el tiempo, ¡y aún no lo puedo creer! ¿Cuál fue la razón de mi parálisis? Que mi mente se encontraba en todo lo que podía pasar; en lo alto que estábamos, en los riesgos, en lo que dirían mis hijos huérfanos, menos en el presente.

Una vez que sentí el jalón del paracaídas al abrirse, disfruté mucho el tiempo que quedaba antes de aterrizar.

La experiencia del ‘ahora’

En los deportes y en disciplinas como las artes marciales se nos enseña que la fuerza, serenidad y destreza vienen de estar centrados física y mentalmente. La forma en que hagas algo es siempre más importante que lo que haces en sí. El “cómo” implica el estado de conciencia detrás de lo que haces. Así que para lograr resultados, lo primero es estar presente. Si al momento de la competencia piensas en el pasado o en los 30 segundos siguientes, ya no estás en el presente y la ventaja competitiva desaparece. Así la vida.

En cambio, cuando estás presente, conectas con un gran poder que se apropia de la actividad y la fortalece o la hace inspirarse en una inteligencia mayor que abunda en la calma. La única manera de pensar con claridad es hacerlo desde una zona de tranquilidad donde la mente deja de transmitir su ruido constante. Al estar presente, los pensamientos se van a segundo plano.

¿Has visto cómo juega un niño? Da envidia verlo concentrarse en un insecto, un pedazo de madera o cualquier cosa que llame su atención sin pensar en el mañana, en la cena o en si se va a quemar con el sol: solo experimenta el momento, ese es el secreto. En cambio, para los adultos, la mente se convierte en el enemigo a vencer.

Vivir el presente es apreciar la vida en su totalidad, estar en calma sin importar a qué nos enfrentemos. A veces, como me sucedió con el paracaídas, estamos tan absortos en las preocupaciones que nos perdemos lo único que en verdad tenemos: lo que sucede ahora, en este preciso instante y en este único lugar, difícilmente repetible. Además, podemos incluso ponernos en peligro al desviar nuestra atención de lo fundamental, como para mí era entonces ¡jalar del paracaídas!

Si practicamos y experimentamos la simpleza del momento, centrados y en calma, sin analizar demás y sin expectativas, nos sorprenderemos de lo que podemos descubrir en nosotros mismos y de lo maravillosa que la vida puede ser, solo con el simple hecho de: estar presentes.
27 Septiembre 2020 04:07:00
Sísifo y su piedra
Sísifo se encuentra en el inframundo por un castigo de los dioses. Ahí, mientras cumple su destino, hace algo que a ojos de cualquier observador parecería totalmente inútil y absurdo: sube con gran esfuerzo una enorme roca hasta lo más alto de la montaña, y una vez que alcanza la cumbre, la suelta y la contempla rodar montaña abajo. Esta acción la repite una y otra vez por toda la eternidad. De esta manera Sísifo se convierte en el trabajador inútil de los infiernos.

¿Qué motiva a Sísifo a hacer este penoso esfuerzo? Esta pregunta es lo que el mito cuestiona. Es una metáfora que el filósofo francés Albert Camus decide explorar en su texto, El Mito de Sísifo, y que me parece interesante compartir.

A Camus le interesa precisamente el momento en el que Sísifo llega a la cumbre de la montaña y por instantes, experimenta la libertad y –a pesar de su ceguera– imagina unas vistas hermosas que, sabe están ahí y le llenan el espíritu. Para de nuevo, una vez más, regresar en silencio al valle. Esa pausa es un momento de conciencia en el que, a pesar de su miserable condición, acepta su vida. Ahí radica su heroísmo. ¿Y cuál es la razón de que suba y baje la piedra sin descanso? Simplemente que él así lo decidió. Y eso marca un punto de inflexión.

La propuesta de Camus es que la vida no tiene sentido. Entre el ser y el dejar de ser, solo debemos dejar pasar el tiempo. Porque hagamos lo que hagamos, todos, en última instancia, moriremos.

“¿Pero cómo!”, diríamos. “Entonces, ¿qué caso tiene! ¿cuál es mi razón de ser!” Tú y yo podemos pensar también que lo que Sísifo hace es algo necio y absurdo. Mas él ama su vida y hace de la roca su casa. Su labor lo hace feliz y es lo único que importa. De esta forma supera su destino y se vuelve más fuerte que la roca.

Camus nos hace reflexionar sobre el hecho de que solo cuando aceptamos que la vida no tiene sentido es que tenemos la obligación de dárselo y de encontrarlo. “Las verdades aplastantes, desaparecen cuando las reconoces”, escribe. Así que encontrar el sentido de la vida tiene que ver con la posibilidad de decidir.

Además, cuando eliges darle un significado a tu vida, sea cual sea, nadie te puede juzgar. Lo importante es que lo tengas, que lo definas y que a ti te haga sentir bien.

No se trata solo de buscar a ciegas este sentido, porque podemos vivir en una búsqueda sin fin. Sino de decidir amar lo que haces, amar tu vida y lo que decides hacer con ella hoy. Y como todos nos moriremos tarde o temprano, sería mejor apurarnos porque no disponemos de mucho tiempo.



El mundo en sí no significa nada

La vida es como el arte: depende de la interpretación. Como individuos, cada uno da el significado particular y único a la existencia y pruebas de la vida. De hecho, el sentido no se lo dan las cosas o lo que nos pasa; sino lo que hacemos con ellas y cómo vivimos cada minuto del día.

Es un hecho que en la vida nos enfrentamos a situaciones complejas, pero también es cierto que solemos interpretarlas de determinada manera. En el momento en que algo te sucede, tú decides si reaccionas con enojo, con valor, con dignidad, con victimización y si te afecta o no. De la misma manera cualquier hecho lo puedes calificar como “malo”, “bueno” o “doloroso”. Y cuando eliges con conciencia, tu vida cambia.

Si bien el ascenso hacia la cima de la montaña con nuestra propia piedra –como la de Sísifo– se puede realizar con dolor, quejas y agobio; o también elegir subirla con dignidad y gozo, esa es decisión de cada uno y es lo que le da sentido a nuestra vida.
20 Septiembre 2020 04:07:00
¿Qué realidad construyes?
Los biólogos, aterrados por los gorilas salvajes, llegaron a las montañas cargados con armas poderosas con la capacidad de matar hasta a un elefante. Los gorilas percibían el miedo de los intrusos y sabían que podían ser peligrosos, por lo que se volvían hostiles y agresivos.

Fue hasta la década de los 50 que el biólogo alemán George Schaller, tras vivir dos años en lo que era el Congo Belga para observar la conducta de los primates, comprobó que en realidad son criaturas lánguidas y pacíficas que solo comen plantas e insectos y viven en grupos bastante estables. Su fuerza y golpes en el pecho solo se hacen patentes en las peleas entre machos.

Schaller, a su regreso a Europa, dio una importante conferencia ante científicos del mundo para exponer la inteligencia, la sensibilidad y el paralelismo entre los patrones de conducta de estos primates, con quienes, por cierto, compartimos 98% del ADN, y los de los humanos.

En la ponencia, Schaller habló con detalle y de manera novedosa sobre las relaciones familiares de los gorilas, el rol del macho de lomo plateado, la relación entre hermanos y la de los bebés con sus tíos: “Doctor Schaller, nosotros los biólogos hemos estudiado a estas criaturas por siglos y desconocíamos todo esto –cuestionó uno de los profesores presentes en la conferencia–, ¿cómo es que ha logrado esta información tan detallada?” La respuesta del profesor Schaller fue contundente: “Es muy simple, nunca llevé conmigo una pistola”.

Sirva esta historia para demostrar que, en efecto, hay una correspondencia entre lo que experimentamos y nuestros pensamientos y estado de conciencia. Mientras unos biólogos se acercaban con pavor, otros, como Schaller y la famosa Diane Fossey –en quien se basa la película Gorilas en la niebla– lo hacían con respeto, por lo que obtuvieron resultados distintos. Así ocurre también en la vida.

Al cambiar los pensamientos, puedes cambiar la realidad. Esta es una afirmación que para algunos resulta absurda, sin embargo, analicémosla.

A decir de personas que estudian disciplinas que tienen como materia el comportamiento humano, la mente interpreta, filtra y etiqueta aquello que experimentamos como realidad. El tipo de filtro de cada persona depende de la manera en que su mente ha sido condicionada para evaluar el entorno, juzgarlo y etiquetarlo. Dicha interpretación es determinante de cómo la persona responde a lo que le sucede, ¿cierto?

Las reacciones de cada individuo tienen consecuencias en su medio. Es por lo que, con frecuencia, los sujetos quedan atrapados en un mundo propio o una entelequia, sin darse cuenta de que ellos han contribuido a formarlo.

Quizá conozcas a alguien, querida lectora, querido lector, que experimenta la misma situación una y otra vez, sin importar lo que haga. Dicho patrón tiene réplica en las relaciones. Esto significa que, de manera inconsciente, cada quien manifiesta su propia realidad y, al igual que los biólogos, ¡no lo sabe!

Suele ser más fácil observar los patrones de conducta de otros que los propios. Sin embargo, no cabe duda de que hay una relación entre nuestro estado de conciencia y las circunstancias exteriores. “Nuestros pensamientos están conectados con la dimensión invisible de la realidad, aquella que gobierna lo que crea la forma. Al cambiar los pensamientos, puedes cambiar la forma en que tu vida te aparece”, afirma Eckhart Tolle.

Cada pensamiento es un ladrillo del destino que desarrollamos. Un ladrillo hacia lo positivo o hacia lo negativo, lo saludable o lo que nos enferma de manera espiritual. De acuerdo con el tipo de pensamientos recurrentes que tengamos, acumularemos energía que construirá la realidad en nuestro entorno, seamos conscientes o no de ello.

13 Septiembre 2020 04:05:00
Un momento de eternidad
A mi papá le regalaron un telescopio que, en comparación con los que conocíamos, era enorme. Apasionado por su nueva visión del universo se quedaba hasta la madrugada, durante los fines de semana en Cuernavaca, acompañado de mis dos hermanos menores enfundados en cobijas, explorando el firmamento en búsqueda de una mejor visión de la Luna, las estrellas y los planetas.

Al día siguiente durante el desayuno, entusiasmados, platicaban sobre las maravillas que habían divisado: “Hoy en la noche te voy a enseñar una estrella como nunca la has visto, su brillo te va a impresionar. El telescopio es tan potente que hemos podido ver de cerca una estrella impresionante, no lo vas a creer”, me dijo mi papá, quien desde que éramos muy pequeños solía llenarnos la mente con ilusiones y pintarnos un escenario de la vida optimista y prometedor. Y era tan buen vendedor –a eso se dedicó toda la vida– que lo que él dijera para nosotros era ley.

Tendría yo unos 14 años y lo único que me interesaba entonces eran las amigas, los niños y las fiestas, no los astros. Pero esa noche acudí a la cita para ver la estrella maravillosa de la que mi papá hablaba. Una vez ahí, “los expertos” se tardaron horas en analizar, acomodar la lente, ajustar la posición del telescopio, el enfoque, ¡qué se yo!

Cansada y cuando estaba a punto de desesperarme y abandonarlos, exclamó “¡Aquí esta! Ven rápido para que no la perdamos de vista. Me levanté tan rápido como pude, pegué el ojo a la lente y sí, en efecto, ¡vi un brillo espectacular!, era como un diamante enorme que titilaba... Me golpeó el misterio, el silencio sin tiempo y la vastedad del universo.

Lo que sentí al ver esa imagen hoy puedo compararlo con el momento en que vi, por vez primera, a cada uno de mis hijos al nacer; cuando me di cuenta de que estaba en verdad enamorada de Pablo; cuando vi la luz del amanecer pegarle a una montaña nevada que se reflejaba en un lago y que me tomó por sorpresa al salir a caminar. En fin, momentos de eternidad que todos hemos tenido y que nos permiten vislumbrar por segundos otras dimensiones de la vida.

Estar presente

Pero mi estado catatónico de esa noche en Cuernavaca duró unos segundos. Lo cortaron las risas burlonas de mis hermanos y de mi papá al comprobar que había caído en la trampa de una visión falsa, producida al desenfocar el telescopio para darme la grandiosa estrella –lo que a ellos con seguridad también les había pasado–. Una vez que ajustaron la lente, la estrella se veía tan pequeña como a simple vista. Gran decepción. No importa.

Aunque la imagen era falsa abrió una puerta dentro de mí que desconocía. El resquicio hacia la existencia de algo mucho mayor a mi persona y al mundo tangible. Como si hubiera entrado por unos segundos a la eternidad. Hoy comprendo que fue la emoción de estar absolutamente presente y desear no perderme de nada lo que provocó la magia.

Puedo comprender también que estar presente es la salida a las angustias que causa la mente, a las preocupaciones que vivimos, a la ansiedad ante las múltiples disyuntivas que se presentan. No es que las cosas vayan a cambiar, la vida es la vida, lo que cambia es nuestra postura ante lo que vivimos.

Desde esa posición de conciencia aprendemos a navegar los tiempos difíciles; ver las cosas más claras y con mayor empatía; conectarnos con la belleza y con el dolor que la vida nos ofrece para honrarla y vivirla plenamente con sus altas y bajas.

Sí, estar presente es la salida. Como escribió Pablo Neruda: “Puedes recolectar todas las flores, pero no puedes detener la primavera”.
06 Septiembre 2020 04:07:00
La honda inteligencia de la vida

Tengo una planta inteligente. Desde hace un par de años embellece mi estudio y a diario la saludo al abrir la ventana para que respire. Es una noble planta vertical de hoja grande redondeada, llamada Ficus pandurata. Antes era solo un adorno, pero durante este encierro nuestra amistad ha crecido. Hace un par de meses el tronco llegó al techo, por lo que las dos nos angustiamos. “Hay que cortarle la punta”, me dijo un jardinero. Accedí con pesar.

Dos meses después estoy asombrada de su reacción. En lugar de crecer de nuevo de manera vertical, abrió la punta en dos ramas totalmente horizontales -lo cual no es muy común en su especie-, “intuyendo” que así no tendría problemas de espacio. Quizá este suceso resulta poco tonto para muchos, sin embargo, me confirma la inteligencia que subyace en toda la naturaleza, misma que continuamente menospreciamos.

La naturaleza no puede ser una creación descuidada o azarosa. Esa inteligencia invisible en realidad existe en todos los fenómenos y formas de vida del universo, pero no nos percatamos de ella o bien la ignoramos. Basta observar la configuración biológica única en los girasoles, en las piñas de las coníferas, o la estructura espiral perfecta que vemos en el nautilus, o simplemente el ADN que codifica nuestra existencia. Algunos ejemplos que reflejan un cálculo matemático preciso, que Fibonacci descubrió desde el siglo 13.

Simplemente, el que tú y yo disfrutemos este planeta es posible gracias a 13 “casualidades” sucedidas en torno a la Tierra, por ejemplo, las tormentas solares que se desvían; la distancia exacta del planeta con respecto al Sol o la estabilidad que da la Luna al movimiento axial, entre otros. ¿Casualidad o inteligencia?

Esa misma inteligencia es la que provoca que cinco generaciones después, la mariposa monarca migre miles de kilómetros para reproducirse o que la tortuga marina caguama regrese 30 años después de haber cruzado océanos, a su lugar de origen. Debe haber una fuente desde la cual emana de manera continua ese campo inteligente. ¿Dios, inteligencia divina, conciencia?

Por si fuera poco, nuestro Sistema Nervioso Autónomo (sna) es una expresión más de la inteligencia subyacente que se manifiesta en la digestión, la respiración, el ritmo cardiaco, el sistema inmunológico y demás; regulado por el mismo que ¡no necesita de la voluntad para que nuestra vida sea posible! ¿Te das cuenta? Parece obvio, mas no lo es.

Además, dicha inteligencia que vive en cada célula, molécula y átomo, que al igual está presente en las estrellas y las galaxias del universo, es discreta y prudente, hace su trabajo sin buscar reconocimiento. En especial cuando se manifiesta como la esencia del ser, que no cambia y yace sin inmutarse en silencio a la espera de que algún día la invitemos a nuestra vida.

En ocasiones, se hace presente en forma de un desafío, de la belleza, de un abrazo, de fortaleza, de una “casualidad” o como una voz interior susurrante. La percibimos por instantes y nos hace sentir dichosos. La hemos llamado de muchos modos: Dios, amor, conciencia, gracia, gozo o, incluso, intuición, por nombrar a los momentos en que la paz, la entereza y la sabiduría nos invade. Como cuando descubrimos saberes, haceres o dichos que no sabíamos que teníamos en nuestro interior.

¿Por qué entonces no la buscamos con mayor ahínco? Ahí está y ha estado siempre para nosotros y nuestro desarrollo. Si nuestra vida, nuestras decisiones y nuestro camino los hiciéramos conectados a esa inteligencia -tal como lo hace la planta de la que te platiqué-, sin duda viviríamos en mayor armonía y plenitud.
30 Agosto 2020 04:08:00
Agradecer la ausencia
La sierra eléctrica no cesa, el sonido del taladro de concreto perfora mi cabeza cual máquina de dentista amplificada. El martilleo sobre el metal, con otros ruidos estridentes cuyo origen no identifico, cruzan la ventana de manera constante. La obra mayor que los vecinos decidieron hacer durante estas semanas de encierro –precisamente cuando más estamos en casa– pone a prueba la paciencia y la tolerancia de cualquiera.

Desde niños nos enseñan a agradecer, tanto por lo que recibimos, como por lo que hay y tenemos. Los guías espirituales y terapeutas aconsejan: “Por las mañanas agradece tres cosas antes de empezar el día”; o bien: “Antes de acostarte escribe cinco cosas que tengas que agradecer”; también: “Lleva un diario de gratitud”. Sin embargo, este acto no siempre surge de manera natural, fácil o cómoda.

En la vida siempre habrá bendiciones y lo contrario: contextos adversos a los que podemos reconocer como maestros. Es fácil agradecer las primeras cuando las cosas van como deseamos, cuando todo fluye y se da sin dificultades. Sin embargo, cuando aparecen esos maestros, en especial aquellos que por duros, exigentes o desfavorables nos hacen crecer a “golpe de martillo”, agradecer su existencia simplemente no nace. Mientras atravesamos un proceso difícil, solo cerramos los ojos y apretamos el paso en espera de librar la tormenta.

Con el tiempo, volteamos atrás y agradecemos haber tenido aquel maestro que de momento nos hizo sufrir. Es entonces que nos percatamos de que, en realidad, haber vivido esa experiencia nos sacudió, pero nos llevó a ser lo que somos y, de alguna manera, nos convirtió en mejores personas.

Puede parecer algo tonto, empero, la experiencia de escuchar sin tregua el ruido de la construcción de mis vecinos, ha puesto a prueba lo que predico: la tolerancia y la paciencia para tener la capacidad de concentrarme en escribir, practicar la meditación, convivir con amabilidad y, al mismo tiempo, permanecer de buen humor… (¿todo el día, en serio?).

También me ha llevado a percatarme del valor de la ausencia de ruido. Benditos ratos en los que escucho el silencio gracias a que las máquinas paran; ese “silencio” urbano que antes no apreciaba ni reconocía y que ahora por contraste se compara con la serenidad en la cima de una montaña sagrada.

Los seres humanos, cretinos como somos, necesitamos trabajar mucho para valorar los días de descanso; pasar hambre para valorar la comida en la mesa; estar días en el hospital para apreciar un instante al aire libre; padecer enfermedades para valorar la salud. Y me pregunto, ¿cuántas otras cosas apreciamos por su ausencia cuando nos percatamos de que las considerábamos una obligación de la vida?

Podemos pensar en nimiedades como son la ausencia de prisa, tráfico, del altero de platos por lavar; o en cuestiones más relevantes como la ausencia de angustia al ver los resultados del análisis de sangre en los rangos correctos; de dolor; de ansiedad al poder sacar de la cartera lo necesario para el gasto; o, también, en la ausencia de tensión con algún familiar.

Cuando esos aspectos se producen con espontaneidad, no valoramos lo que significan y cuánto contribuyen a la tranquilidad en nuestra vida. Y bien sabemos que la tranquilidad es lo más parecido a la felicidad.

¿Qué ausencias en tu vida contribuyen a tu tranquilidad, lo has pensado? Aquellas que –al no estar, no ser, no suceder– hacen que tu día pase como “normal”.

Te propongo agradecer a estos maestros, no sólo por las noches o al amanecer, sino durante el día; es una invitación a tener la conciencia abierta y percibir aquello que por su ausencia nos hace vivir mejor.





23 Agosto 2020 04:08:00
El gozo II
"En la vida hay frustraciones. La pregunta no es cómo escapar de ellas, sino cómo encararlas en forma positiva”. El arzobispo Desmond Tutu piensa unos segundos antes de responder, durante el encuentro en la ciudad de Dharamsala en India con el Dalai Lama para investigar y compartirnos la manera en que ambos han podido encontrar el gozo, a pesar del sufrimiento y la violencia vivida.

La pregunta de Douglas Abrams es válida en cualquier momento de nuestra historia, en especial durante esta pandemia. Algunas lecturas, no cabe duda, son un recurso que ofrece respuestas o dan sentido a aquello que vivimos. En ellas encontramos sabiduría, visión o paz para ayudarnos a sobrellevar distintas situaciones.

El libro The Book of Joy que narra la semana del encuentro es el caso. Reviso mi librero y noto que lleva varios meses acomodado en la repisa, gracias a un buen amigo que me lo regaló. Confieso que antes no había tenido la curiosidad de abrirlo, hasta que el libro “me pidió” que lo leyera. No lo suelto y lo subrayo en su mayoría.

“Nada hermoso sucede sin una dosis de sufrimiento, frustración o dolor; esa es la naturaleza de las cosas. Así es nuestro universo –responde el arzobispo–, y agrega: Piensa en una madre que dará a luz. La mayoría huimos del dolor. Pero las madres saben que experimentarán el gran dolor de dar a luz y lo aceptan. Después del parto no puedes medir el gozo de esa mamá. Es una de esas cosas increíbles del gozo, que puede sobrevenir con rapidez del sufrimiento”.

“De una manera paradójica –continúa el arzobispo–, la forma en que encaramos las cosas que parecen negativas en nuestra vida determina el tipo de persona en que nos convertimos. Si vemos cualquier cosa como frustrante, nos volveremos agrios, apretados y estaremos enojados con deseos de destruir todo”.

El Dalai Lama interviene para confirmar la verdad de lo que el arzobispo dice y agrega: “Siempre mantén una mente alegre. (…) contempla que, mientras te enfoques en tu propia importancia y en lo bien o mal que haces las cosas experimentarás sufrimiento. La obsesión en obtener lo que deseas y en evitar lo que no quieres no brinda felicidad. Pensar demasiado en uno mismo es la fuente del sufrimiento. Incluso un estudio de la Universidad de Columbia afirma que “las personas que utilizan con frecuencia los pronombres: yo, mi, me, mío, tienen una muy alta probabilidad de sufrir un infarto”. En cambio, ocuparse de manera compasiva de otros es fuente de felicidad”.

Entonces, ¿cómo cultivar el gozo como una manera de ser y no como un sentimiento temporal? El Dalai Lama básicamente plantea que el gozo es nuestra esencia y de alguna manera el deseo por redescubrirlo no es más que un deseo por regresar a nuestro estado original. Cuando hablamos de experimentar felicidad hay que saber que hay de dos tipos. La primera proviene de disfrutar por medio de los sentidos, como en los casos de la música, la comida o el sexo; mientras la comida sea buena y la música dure sentiremos felicidad. Esa es la trampa en la que cae la mayoría. Pero también podemos experimentar gozo en niveles más profundos, gracias a la mente, el amor, la compasión o la generosidad. Mientras los momentos de felicidad son pasajeros y breves, el gozo es mucho más duradero y verdadero, lo puedes mantener hasta por 24 horas.

“Un creyente desarrolla estos niveles de gozo por medio de su fe en Dios, lo que le da fortaleza y paz interior. Para un no creyente como yo, debemos desarrollar este gozo con el entrenamiento de la mente. Cuando este tipo de gozo surge del interior, los placeres de los sentidos se vuelven secundarios”.

Ante la imposibilidad de narrarte todo el libro, querido lector, lectora, te invito a leerlo.
16 Agosto 2020 04:05:00
El gozo i
¿Cómo encontrar el gozo de cara al inevitable sufrimiento en la vida?

Dos amigos de mundos totalmente opuestos, ambos laureados con el Premio Nobel de la Paz, se reunieron durante una semana en abril del 2015 en la ciudad de Dharamsala, en India, para contestar esa simple pregunta. Por supuesto se trata del Dalai Lama y del arzobispo Desmond Tutu. El pretexto de la reunión fue celebrar el cumpleaños 80 del primero y compartirnos la manera en que han encontrado la paz, el valor y el gozo durante sus largas vidas de exilio, opresión y violencia.

La pregunta les obligó a ambos a revisar su historia. El resultado de la plática, debate y exploración fue captado por Douglas Abrams. Entre los tres nos regalan un libro que es un tesoro llamado The Book of Joy. En él muestran cómo transformar el gozo en un rasgo perdurable y no pasajero.

En la cotidianeidad, ¿acaso es posible el gozo a pesar del temor al contagio del virus que nos ha cambiado la vida, a pesar del miedo a no poder proveer a nuestra familia con lo necesario, no obstante el enojo debido a quienes nos han hecho mal o sin embargo la pérdida de ser querido? ¿Cómo abrazar la realidad de nuestra vida y aceptarla en su totalidad? Si nuestras vidas están en equilibrio, ¿cómo vivir en el gozo cuando tanta gente sufre a causa de la pandemia, la pobreza o el desempleo?

“El sufrimiento es inevitable; sin embargo, nadie puede quitarnos la libertad de elegir cómo responder a él”. Así comienza el libro. Con esta premisa nos hacen saber desde la primera página que, sin importar lo que ellos digan u opinen, la decisión de la actitud que tomar está en cada quien.

Las reflexiones de ambos me hacen subrayar gran parte del libro. Comparto con ustedes, querido lector y querida lectora, algunas de las ponderaciones que me parecen importantes.

El arzobispo y pacifista africano tiene un pasado de lucha contra el apartheid y enfrenta en el presente el cáncer de próstata, camina con un bastón negro con mango de plata y forma de galgo y dice: “Somos creaturas frágiles, y es desde esa debilidad, no a pesar de ella, que descubrimos la posibilidad del verdadero gozo”. Y agrega: “Descubrir más gozo no –y me apena decirlo– nos salva del inevitable sufrimiento y del desamor. De hecho, podemos llorar más fácil, pero reiremos con más facilidad también. Quizá solo estamos más vivos. Sin embargo, conforme descubrimos más gozo, encaramos el sufrimiento de una manera que ennoblece y no amarga. Sufrimos sin volvernos tiesos. Sentimos el desamor sin quebrarnos”.



¿Cuál es el propósito de la vida?

Abrams dirigió la pregunta por el gozo al Dalai Lama, líder religioso del budismo tibetano. Su santidad se recargó en el asiento y se frotó las manos: “El propósito de nuestra vida es encontrar la felicidad (...) La fuente última de la felicidad está dentro de nosotros. No es el dinero, no es el poder ni el estatus. Algunos de mis amigos son billonarios, pero es gente descontenta. El poder y el dinero fallan al proporcionar paz interior. Los logros externos no brindan el verdadero gozo. Tenemos que ver adentro”. Y advierte: “El verdadero problema está aquí arriba”, mientras apunta hacia la cabeza.

Más adelante, Desmond Tutu comenta: “Cuando persigues la felicidad, no la encontrarás. Es muy, muy elusiva (...) No la encuentras al decir: ‘Me voy a olvidar de todo y sólo perseguiré la felicidad’. Es maravilloso descubrir que lo que en realidad buscamos no es la felicidad. Yo hablaría de gozo. El gozo absorbe a la felicidad. El gozo es la mejor cosa.

“En la vida habrá frustraciones. La pregunta no es: ¿cómo escapo de ellas? Es: ¿cómo encaro esto en forma positiva?”.


Continuaremos…




09 Agosto 2020 04:08:00
Epicteto y la imperturbabilidad
“En la vida solo hay tres asuntos: los míos, los tuyos y los de Dios”, reza la sabiduría popular. ¡Ah!, cuán tranquilos viviríamos si aplicáramos esta premisa de manera cotidiana. Diversas corrientes filosóficas nos hablan sobre la imperturbabilidad o ataraxia como el fin más preciado al que se puede aspirar. Sin embargo, en el día con día se presentan obstáculos que nos impiden obtenerla o permanecer en ella.

Gran parte de nuestro estrés surge de atender los asuntos de otros. Es un hecho que sufrimos al desear cambiar algo que no está en nuestras manos, como juzgar, intentar controlar al mundo y utilizar el verbo deber: “Esto no debería estar…”, “Mi pareja debería ser…”, “El gobierno debería hacer…”.

Enfocar la atención en los otros y creer que sabemos lo que es mejor para todos significa estar fuera de nuestros asuntos. Lo hacemos incluso en nombre del amor. Sin embargo, cuando esto sucede, dejamos de estar presentes en lo que en realidad nos corresponde, para después extrañarnos de ver que nuestra vida no fluye como quisiéramos.

Otro obstáculo viene de preocuparnos por los asuntos de Dios: temblores, huracanes, lo que sucede en el mundo y en el plano exterior, incluso sobre nuestra propia muerte. Acerca de estos aspectos no podemos hacer nada. ¿Para qué discutir con la realidad y con lo que es?

Desear que estas cosas sean diferentes es como tratar de enseñar a un pato a ladrar. Puedes tratar por todos los medios, hasta recurrir a chamanes, que el pato seguirá haciendo “cuak”. Esto no significa permanecer pasivos, conformistas e inmóviles. No. Nadie quiere enfermarse, aislarse, perder el trabajo o tener un accidente; sin embargo, cuando sucede, ¿en qué ayuda pelear con la realidad? Simplemente, cuando aceptamos lo que es, la vida, las relaciones y la productividad encuentran mejor cauce. Comprender y cumplir esta premisa nos libera de estrés, tensión y frustración.



Mi única responsabilidad

Mis asuntos –como bien dice el dicho, son mi única responsabilidad. Sin embargo, una vez definidos, habría que hacer dos columnas, tal como recomendó el filósofo estoico Epicteto, desde el año 70 d.C. En la primera columna escribimos lo que está en nuestras manos resolver y en la otra las que no. Saber la diferencia entre una y otra es el principio de la imperturbabilidad o la ataraxia.

Para este pensador griego, la persona sabia y feliz es aquella que tiene claro: 1. Los asuntos que dependen de ella. 2. Ante lo que dependa de ella ser responsable. 3. De lo que es responsable, acometerlo con dignidad. Y nos invita a mentalmente poner a un lado todo aquello que no depende de nosotros. Lo importante, dice Epicteto, es tener el raciocinio suficiente para hacer la distinción.

Otro obstáculo que el filósofo advierte es que “pesan más las ideas que tienes de las cosas que las cosas que te suceden”. Vaya, controlar la mente; comprender que la idea que tenemos de las cosas es solo un pensamiento y dicho pensamiento no es nada más que eso y no la realidad. “Esmérate en las cosas que dependen de ti, porque así podrás con ellas”, dicho de otra forma: cuando das el primer paso, el puente aparece. Solo hay que tener el valor de darlo.

Por último, Epicteto recomienda no preocuparnos por el pasado ni por el futuro, sino vivir siempre en el presente, único periodo sobre el que tenemos algún control. Dejemos los asuntos de otros y los de Dios a un lado. Al no saber cuándo llegará la muerte, lo nuestro, ahora, es vivir. En palabras del filósofo: “Toma hoy una copa de vino y disfruta por ser tú”. Salud.



02 Agosto 2020 04:09:00
Salir al ruedo con dignidad
A Pablo

“No es el hombre crítico el que importa; ni el que se fija en los tropiezos del hombre fuerte o en qué ocasiones el hacedor de andanzas podía haberlo hecho mejor.

“El mérito pertenece al hombre que está en el ruedo, con el rostro estropeado por el polvo, el sudor y la sangre; al que lucha valientemente; al que se equivoca; al que fracasa una y otra vez, porque no hay intento sin error ni fallo; al que realmente se esfuerza por actuar; al que siente grandes entusiasmos; grandes devociones; al que se entrega a una causa digna; al que, en el mejor de los casos, acaba por conocer el triunfo inherente a un gran logro, y del que, en el peor de los casos, si fracasa, al menos habrá fracasado tras haberse atrevido a arriesgarse con todas sus fuerzas…”

El anterior es un fragmento del discurso que Theodore Roosevelt dio en La Sorbona de París, el 23 de abril de 1910, conocido como El Hombre en el Ruedo. Y es precisamente este fragmento el que lo hizo famoso.



La dignidad interior

Que sabias son las palabras de Roosevelt. Hay maneras de vivir y maneras de morir. Hay quien se arriesga y se lanza al ruedo y hay quienes prefieren ver la vida cómodamente sentados. Estos últimos son los críticos, los que juzgan sin mancharse la cara.

Desde el momento en que nos levantamos hasta que nos acostamos somos maestros de vida. Si bien es cierto que creemos conocer a las personas durante los eventos de la vida cotidiana, el conocimiento real, auténtico y profundo se nos revela ante su conducta dentro del ruedo, es decir, frente a los retos y la adversidad. No hay duda.

Cuánto admiro a las personas que frente a una prueba tan grande como es una enfermedad seria, por ejemplo, en lugar de la queja, eligen la aceptación, la dignidad y la sonrisa, ante la admiración de quienes las observamos. Ese tipo de dignidad interior lo podemos encontrar también en el campesino que a diario se levanta para trabajar la tierra, o en la madre soltera que día a día se parte en 10 con entereza y alegría.

La dignidad hace resonar esas fibras internas no negociables que vibran ante una situación límite. La dignidad interior –el secreto de muchos a quienes admiramos– es la que nos hace lanzarnos al ruedo, luchar y enfrentar cualquier reto con la cara en alto.

Hay quienes nacen con esta fortaleza y son capaces de mantener la compostura de manera natural ante desafíos importantes; otros cuya fe los mantiene de pie y aquellos que se definen por la resiliencia, la determinación y la voluntad de poder.

La dignidad interior se gana y nos eleva a planos en los que los elementos de nuestra vida toman otra perspectiva y otro camino, nos brinda posibilidades de transformación real.

Si bien todos tenemos una dosis de dignidad, esta se tiene que ejercitar en los momentos en que la existencia parece estar acomodada, para aferrarnos a ella cuando la vida nos lance al ruedo sin previo aviso y nos toque vivir situaciones en las que el estrés, los desengaños, las decepciones o la enfermedad nos tambaleen. Cuando los retos de la vida aparecen es el momento menos adecuado para aprender a lidiar con ellos.

La dignidad no es algo que se pone y se quita, se vive. Es por eso que conviene buscar el silencio, la respiración profunda y el contacto con nuestro interior para crear una rutina que fortalezca el espíritu.





26 Julio 2020 04:08:00
La sala de espera
El confinamiento nos tendió una trampa: nos puso en la sala de espera. Esperamos y esperamos con paciencia a que la pandemia pase, a que creen la vacuna, a que la luz verde del semáforo de la contingencia nos permita salir, a que la economía se active y retomemos la vida como la conocíamos. ¿Pero todo lo que anhelamos llegará? Y si llega, ¿llegará tal como deseamos?

En ocasiones, sin duda, es muy sabio esperar. Sin embargo, estar en la sala de espera engaña, ilusiona y paraliza. De momento puede ser cómodo, pero nos envuelve como hace la humedad, infiltrándose por cada poro de la piel, y puede llegar a ser un pretexto para perder el tiempo, para ocultar el temor o para no comprometerse.

La trampa, además, comienza a manifestarse como miedo a creer en las capacidades propias y nos lleva a aceptar todas las dudas que surgen y que, con el tiempo, solo crecen.

Analicemos con valentía si poco a poco el tiempo de espera ha migrado hacia el estancamiento o la parálisis. ¿Qué hemos hecho para que, pasado este momento, tengamos la satisfacción de decir: “Qué bueno que hubo pandemia, porque fue gracias a esa oportunidad de la vida que... ”.

La naturaleza, como siempre, pone el ejemplo con su ímpetu, basta ver la fuerza y voluntad de vivir que hay en una flor citadina que crece en medio de dos placas de concreto. ¿Y nosotros, la especie evolucionada del planeta, qué ejemplo dejaremos a las generaciones venideras?

Se necesita encarar la situación con una gran dosis de realidad y coraje para comprobar si hemos agregado algo a nuestra existencia, si la espera nos ha cegado e impedido iniciar algo nuevo, emprender, sin la seguridad de no correr riesgos, de estar en el momento adecuado, sin señales concretas o garantías.

Qué curiosos somos los seres humanos: carecemos de paciencia para esperar –sea lo que sea: que hierva el agua, que se descarguen los documentos de la red, que nos traigan el platillo en un restaurante o que nos contesten en un banco–, sin embargo, ¡ponemos nuestra propia vida en espera!

Cuando quedamos a la espera, todo a nuestro alrededor sufre, empezando por nuestras relaciones, ¿cuántas veces los conflictos se alargan porque las dos personas esperan que la otra ceda y tome la iniciativa? Y ni hablar de nuestra autoestima y nuestro trabajo; incluso envejecemos más rápido, a la espera del momento adecuado para salir de deudas o terminar con los pendientes. Decimos que hay que esperar a que la pandemia termine, a concluir el año, a que los hijos se vayan de casa o qué sé yo, para entonces sí disfrutar la vida.



La solución es‘querer querer’

Podemos reducir la solución de esa espera infinita a la cuestión de: “querer querer”, como decía mi padre, y actuar. Imaginar, crear, arremangarnos y jalarnos de la camisa para salir del cuarto de dilación tan seductor y peligroso a la vez, para entonces darnos cuenta de lo que sí es posible y de lo que ya está ahí y nos aguarda, aun dentro del encierro. Al subir el primer escalón sabremos que tenemos la capacidad y el talento para subir el segundo y así de manera consecutiva.

Todos podemos ser más, hacer más, apreciarnos más. Es cuestión de aniquilar al implacable crítico interior que nos dice: “Si fuera más joven, si tuviera la capacidad, si tuviera más dinero, si no hubiera pandemia”, en fin.

Lo único que quedará detrás de nosotros será la vida. Hagamos lo que esté en nuestras manos por salir de la trampa que nos tiende la sala de espera, para que, al pasar de los años, un día, podamos mirar atrás y decir con orgullo: “Así lo quise”, “Así lo decidí”, y no “Así me tocó”, “Fue mala suerte” o peor aún: “Era mi destino”.

19 Julio 2020 04:11:00
El despertar no es exclusivo de gurús
“Las personas despiertas viven en un estado funcional más elevado, con un propósito y relaciones más auténticas y con una sensación de conexión aumentada”, se antoja esto que comenta Steve Taylor en su libro The Leap, pero, ¿qué significa “despertar”?

Quienes hemos tenido entre los brazos a un hijo o a un nieto recién nacido o de meses, hemos percibido esa energía única, diría sagrada, cargada de lo más elemental de la naturaleza, el rastro de los antepasados y el misterio de la vida. Es una sensación que asombra y a la vez, de extraña manera, calma.

Con el tiempo, ese bebé crecerá y para acomodarse dentro de la familia, la cultura y el género comenzará a cubrir capa a capa la energía luminosa con que llegó al mundo y ésta terminará en el olvido. Esa porción de su ser muy posiblemente caerá en un sueño profundo y la inocencia será remplazada por cientos de fantasmas que se apoderarán de la mente poco a poco, hasta dominarla. La persona iniciará el largo camino de sentirse incómodo dentro de su piel y de intentar proteger la autenticidad.

Sin embargo, siempre queda una vaga nostalgia, un lejano recuerdo del lugar en donde todo estaba bien. Quizá perciba el anhelo de reencontrarlo y lo buscaremos en personas, lugares, cosas y circunstancias que nos prometen esa felicidad, mas la decepción suele ser la regla.

En esa especie de estado de hipnosis en que vivimos, el ser humano crea y se crea el caos, los conflictos, las guerras y las diferencias que causan dolor y sufrimiento tanto en lo personal como en lo colectivo. Hasta que la vida nos sacude (con un evento, una enfermedad, una pérdida o una crisis como la que vivimos hoy) y con ello nos manda la invitación a despertar y regresar a la esencia: volver a casa.

¿En qué consiste el despertar?

“Los retos son el alma de la evolución”, afirma Eckhart Tolle y agrega: “Toda forma de vida, desde las plantas, los animales y los humanos, evoluciona como respuesta a los retos que enfrenta”. Y la vida nos lo comprueba. Al voltear hacia atrás, si hemos aprovechado la invitación a despertar, comprobaremos que cada obstáculo y cada reto en el camino nos hizo mejores personas. Tal vez más fuertes, resilientes y conscientes.

Es común pensar que el “despertar espiritual” es algo raro, difícil de conseguir y reservado sólo para los monjes, ermitaños o gurús. Si bien hay varios niveles de despertar y no todo mundo acepta la invitación de la vida, me gusta la manera en que el filósofo contemporáneo Colin McGinn lo describe como “el equivalente a transformar el agua en vino”; y por increíble que parezca, es algo que todos hemos experimentado por momentos. En esos instantes se da una intensidad en la percepción, como si nos removieran los filtros que nos impedían ver la vida con mayor color, luz y nitidez. Sucede entonces una conexión con lo sagrado del mundo, la naturaleza y el cosmos.

Steve Taylor afirma que las personas despiertas perciben y experimentan un mundo diferente al nuestro. Lo ven como lo hace un niño que se asombra frente a la maravilla, la belleza y la complejidad de los fenómenos que otros dan por un hecho o a los que no ponen atención.

Despertar por instantes es vivir el presente en tercera dimensión, estar con quien estás en cuerpo y alma; apreciar los sabores, los sonidos y la vida. Es vivir en el no tiempo. Ahí y sólo ahí es que se encuentra la felicidad plena.

Entonces, si los retos y los obstáculos en la vida son lo que nos invitan a despertar del sueño profundo, estos valen la pena. Démosles la bienvenida, ya que como dice Tolle, son el alma de la evolución.
19 Julio 2020 04:05:00
El despertar no es exclusivo de gurús
“Las personas despiertas viven en un estado funcional más elevado, con un propósito y relaciones más auténticas y con una sensación de conexión aumentada”, se antoja esto que comenta Steve Taylor en su libro The Leap, pero, ¿qué significa “despertar”?

Quienes hemos tenido entre los brazos a un hijo o a un nieto recién nacido o de meses, hemos percibido esa energía única, diría sagrada, cargada de lo más elemental de la naturaleza, el rastro de los antepasados y el misterio de la vida. Es una sensación que asombra y a la vez, de extraña manera, calma.

Con el tiempo, ese bebé crecerá y para acomodarse dentro de la familia, la cultura y el género comenzará a cubrir capa a capa la energía luminosa con que llegó al mundo y esta terminará en el olvido. Esa porción de su ser muy posiblemente caerá en un sueño profundo y la inocencia será remplazada por cientos de fantasmas que se apoderarán de la mente poco a poco, hasta dominarla. La persona iniciará el largo camino de sentirse incómodo dentro de su piel y de intentar proteger la autenticidad.

Sin embargo, siempre queda una vaga nostalgia, un lejano recuerdo del lugar en donde todo estaba bien. Quizá perciba el anhelo de reencontrarlo y lo buscaremos en personas, lugares, cosas y circunstancias que nos prometen esa felicidad, mas la decepción suele ser la regla.

En esa especie de estado de hipnosis en que vivimos, el ser humano crea y se crea el caos, los conflictos, las guerras y las diferencias que causan dolor y sufrimiento tanto en lo personal como en lo colectivo. Hasta que la vida nos sacude (con un evento, una enfermedad, una pérdida o una crisis como la que vivimos hoy) y con ello nos manda la invitación a despertar y regresar a la esencia: volver a casa.



¿En qué consiste el despertar?

“Los retos son el alma de la evolución”, afirma Eckhart Tolle y agrega: “Toda forma de vida, desde las plantas, los animales y los humanos, evoluciona como respuesta a los retos que enfrenta”. Y la vida nos lo comprueba. Al voltear hacia atrás, si hemos aprovechado la invitación a despertar, comprobaremos que cada obstáculo y cada reto en el camino nos hizo mejores personas. Tal vez más fuertes, resilientes y conscientes.

Es común pensar que el “despertar espiritual” es algo raro, difícil de conseguir y reservado solo para los monjes, ermitaños o gurús. Si bien hay varios niveles de despertar y no todo mundo acepta la invitación de la vida, me gusta la manera en que el filósofo contemporáneo Colin McGinn lo describe como “el equivalente a transformar el agua en vino”; y por increíble que parezca, es algo que todos hemos experimentado por momentos. En esos instantes se da una intensidad en la percepción, como si nos removieran los filtros que nos impedían ver la vida con mayor color, luz y nitidez. Sucede entonces una conexión con lo sagrado del mundo, la naturaleza y el cosmos.

Steve Taylor afirma que las personas despiertas perciben y experimentan un mundo diferente al nuestro. Lo ven como lo hace un niño que se asombra frente a la maravilla, la belleza y la complejidad de los fenómenos que otros dan por un hecho o a los que no ponen atención.

Despertar por instantes es vivir el presente en tercera dimensión, estar con quien estás en cuerpo y alma; apreciar los sabores, los sonidos y la vida. Es vivir en el no tiempo. Ahí y solo ahí es que se encuentra la felicidad plena.

Entonces, si los retos y los obstáculos en la vida son lo que nos invitan a despertar del sueño profundo, estos valen la pena. Démosles la bienvenida, ya que como dice Tolle, son el alma de la evolución.

12 Julio 2020 04:00:00
¿Cómo sobrevivir al naufragio?
Steven Callahan jamás se imaginó lo que viviría. El arquitecto naval estadunidense, de 32 años, zarpó de las Islas Canarias el 29 de enero de 1982, en un velero diseñado por él mismo que le llevó tres años construir.

A los cinco días de iniciado el viaje, un golpe seco en el casco –se cree que dado por una ballena– lo despertó. El impacto hizo que su barco se hundiera en segundos. Se encontraba solo y perdido en medio del océano Atlántico a mil 300 kilómetros de distancia de la costa.

Esa noche, Steven logró subir a una lancha inflable en la que alcanzó a meter un equipo de emergencia, algo de comida, una antorcha y un balde para recoger agua de lluvia. “Ahora tengo dos opciones: o conducirme hacia una nueva vida o dejarme morir”. Eligió la segunda y viviría 76 días de naufragio.

Stephen sabía que sus mayores problemas no serían el hambre ni la sed, sino el derrumbamiento sicológico y el desánimo. En ese periodo de soledad y desesperación pensó: “Uno escapa del barco que se hunde y una vez dentro del bote salvavidas eres presa de la desorientación. Te empiezas a preguntar cosas del estilo de: ‘¿Cómo puedo sobrevivir aquí, hacia dónde debo ir?’”. Después de haber perdido 20 kilos, pensaba: “Cada día es un regalo, no un derecho” como escribió en su libro Adrift: Seventy-six Days Lost at Sea (A la Deriva: 66 Días Perdidos en el Mar). El 21 de abril de 1982, un barco pesquero lo rescató. Eso no hubiera sucedido sin un ingrediente vital previo: su actitud.

¿Qué o quién es tu lancha inflable?

Es probable que en esta desorientación que vivimos, muchos de nosotros nos hagamos las mismas preguntas que Callahan: ¿Cómo puedo sobrevivir aquí, hacia dónde debo dirigirme? De la misma manera, muy posiblemente sabemos que el hambre o la sed no serán nuestros mayores retos, sino el desplome sicológico y el desánimo moral.

Es un hecho que vivimos en el sentir de nuestro pensar. Es decir, nada afecta más cómo nos sentimos que lo que pensamos. Todo enojo, frustración, tristeza o culpa provienen de lo que pensamos en el momento, no de la situación, las personas o problemas que tenemos. De la misma manera sucede con el amor, la felicidad y el gozo: los antecede un pensamiento.
Una de las características humanas es que podemos elegir. Sin embargo, la manera de sentirnos afecta las decisiones que tomamos. Pienso y siento, luego decido. Reconocer esto, puede cambiarnos la vida.

Cuando te sientes cansado, hambriento o con dolor de garganta, la mente no tiene la claridad necesaria para tomar una decisión inteligente. Es por lo que, dentro del naufragio o la incertidumbre en la que vivimos, tenemos que procurarnos momentos de descanso, placer y tranquilidad. No solo por salud física y mental, sino por el bien de nuestras decisiones y de quienes nos rodean.

Finalmente, lo único importante es vivir tranquilo con uno mismo, para así dar tranquilidad a los demás. ¿Cómo procuramos ese sosiego? ¿Qué o quién es nuestro bote salvavidas? ¿Eres consciente de estos aspectos?

Analiza tu día cotidiano. ¿Qué te hace sentir bien? Puede ser tu pareja, un amigo, tus amigas, los hijos, el trabajo, la lectura, dar un paseo en la naturaleza, la música, el ejercicio, armar un rompecabezas, una clase por Zoom; quizá recostarte en un sillón cómodo que te acoge después de un día largo. Procúralos ¡y no los sueltes! Evitarán o aminorarán el desmoronamiento anímico.

Sin embargo, una vez que los tengas en tu lancha inflable, ten en cuenta que para que la vida te rescate lo más importante siempre es y será tu actitud.
12 Julio 2020 02:06:00
¿Cómo sobrevivir al naufragio?
Steven Callahan jamás se imaginó lo que viviría. El arquitecto naval estadounidense de 32 años zarpó de las Islas Canarias el 29 de enero de 1982, en un velero diseñado por él mismo que le llevó tres años construir.

A los cinco días de iniciado el viaje, un golpe seco en el casco –se cree que dado por una ballena– lo despertó. El impacto hizo que su barco se hundiera en segundos. Se encontraba solo y perdido en medio del océano Atlántico a 1,300 km de distancia de la costa.

Esa noche, Steven logró subir a una lancha inflable en la que alcanzó a meter un equipo de emergencia, algo de comida, una antorcha y un balde para recoger agua de lluvia. “Ahora tengo dos opciones: o conducirme hacia una nueva vida o dejarme morir.” Eligió la segunda y viviría 76 días de naufragio.

Stephen sabía que sus mayores problemas no serían el hambre ni la sed, sino el derrumbamiento psicológico y el desánimo. En ese periodo de soledad y desesperación pensó: “Uno escapa del barco que se hunde y una vez dentro del bote salvavidas eres presa de la desorientación. Te empiezas a preguntar cosas del estilo de: '¿Cómo puedo sobrevivir aquí, hacia dónde debo ir?” Después de haber perdido 20 kilos, pensaba. “Cada día es un regalo, no un derecho” como escribió en su libro Adrift: Seventy-six Days Lost at Sea.

El 21 de abril de 1982, un barco pesquero lo rescató. Eso no hubiera sucedido sin un ingrediente vital previo: su actitud.

¿Qué o quién es tu lancha inflable?

Es probable que en esta desorientación que vivimos, muchos de nosotros nos hagamos las mismas preguntas que Callahan: ¿Cómo puedo sobrevivir aquí, hacia dónde debo dirigirme? De la misma manera, muy posiblemente sabemos que el hambre o la sed no serán nuestros mayores retos, sino el desplome psicológico y el desánimo moral.

Es un hecho que vivimos en el sentir de nuestro pensar. Es decir, nada afecta más cómo nos sentimos que lo que pensamos. Todo enojo, frustración, tristeza o culpa provienen de lo que pensamos en el momento, no de la situación, las personas o problemas que tenemos. De la misma manera sucede con el amor, la felicidad y el gozo: los antecede un pensamiento.

Una de las características humanas es que podemos elegir. Sin embargo, la manera de sentirnos afecta las decisiones que tomamos. Pienso y siento, luego decido. Reconocer esto, puede cambiarnos la vida.

Cuando te sientes cansado, hambriento o con dolor de garganta, la mente no tiene la claridad necesaria para tomar una decisión inteligente. Es por lo que, dentro del naufragio o la incertidumbre en la que vivimos, tenemos que procurarnos momentos de descanso, placer y tranquilidad. No sólo por salud física y mental, sino por el bien de nuestras decisiones y de quienes nos rodean.

Finalmente, lo único importante es vivir tranquilo con uno mismo, para así dar tranquilidad a los demás. ¿Cómo procuramos ese sosiego? ¿Qué o quién es nuestro bote salvavidas? ¿Eres consciente de estos aspectos?

Analiza tu día cotidiano. ¿Qué te hace sentir bien? Puede ser tu pareja, un amigo, tus amigas, los hijos, el trabajo, la lectura, dar un paseo en la naturaleza, la música, el ejercicio, armar un rompecabezas, una clase por Zoom; quizá recostarte en un sillón cómodo que te acoge después de un día largo. Procúralos ¡y no los sueltes! Evitarán o aminorarán el desmoronamiento anímico.

Sin embargo
05 Julio 2020 04:10:00
Cuando la vida se ríe
Nada divierte más a la vida que nuestros planes a futuro. Si bien, varias veces a lo largo de los años lo hemos podido comprobar, en este 2020 durante la pandemia sus carcajadas han sido sonoras. ¿Tenías algún plan, proyecto, viaje o sueño? Pues también se quedó en la puerta con ganas de salir. Mientras, los cuestionamientos sin respuesta se apilan uno sobre otro.

La presencia del cambio y la incertidumbre, su fiel compañera, es de lo único que podemos estar seguros. No obstante, podemos optar entre imbuirnos en la situación u observarla desde el balcón. Bien vistos, los datos y las noticias en sí no tienen significado, lo importante es lo que cada quién hace ante esa información y esto que vivimos. ¿Qué emociones elegimos albergar frente a la realidad? ¿Qué actitud asumimos? Y de ello dependerá por completo nuestra experiencia.

“Las verdades aplastantes desaparecen cuando las reconoces”, escribió Albert Camus. Es una frase que podríamos aplicar ante la situación sin precedentes que atravesamos. Sí, el escenario se muestra difícil desde muchos ángulos, eso es algo que no podemos soslayar. Sin embargo, hay una gran aliada que nos ofrece la mano: la esperanza. La esperanza como cimiento para una actitud optimista.

Muchas personas piensan que ser optimista es ingenuo por ser una actitud basada en sueños e ideales y no en la realidad. Los pesimistas se ufanan de ser más realistas. Su visión de la vida se sostiene en la creencia de que el mundo es malo, no tiene remedio y tiende a empeorar. Quizá creen que esa estrategia les protege de una decepción mayor.

Eso por eso que los pesimistas adoptan una mentalidad negativa. Tienen la creencia en que las cosas no mejorarán; y en que estamos impotentes ante el desenlace de nuestra vida. Su frase favorita suele ser: “Te lo dije”. Sin embargo, dicha manera de pensar tiene serios efectos secundarios: la desesperanza, que impide sacar todo el potencial de las personas, además de llevarnos a la infelicidad y al fracaso. ¿Qué ganamos con esto? Nada. Que la gente se aleje, que la fuerza de la vida se disipe y que las oportunidades brillen por su ausencia.

Optar por la esperanza

La esperanza es fe en el futuro. Es convencernos de que “todo va a estar bien” a pesar del contexto. Es una fuente de fortaleza. Es saber que el bien es más fuerte que el mal. Es aquello que sientes y te motiva a seguir adelante. En fin, aquello que puede transformar un desierto en tierra fértil. Por todo esto es importante.

Tener una actitud positiva no es inútil, pues ésta se basa en la creencia de que la vida es buena y la gente es capaz de ser bondadosa. Claro, cualquiera puede ser optimista cuando todo marcha convenientemente, pero cuando la vida se ríe de nosotros necesitamos una creencia sólida en que “todo va a salir bien”.
El optimismo requiere abrirse a la posibilidad de que nuestros pensamientos, nuestras creencias y nuestras conclusiones de pensamientos moldean lo que finalmente se manifiesta en la experiencia.

Entonces, optar por la esperanza es algo esencial para la vida, es una decisión que nos puede llevar a atravesar los túneles más oscuros de la vida. Crea posibilidades, nos sostiene, nos mantiene fuertes mientras la tormenta pasa. La esperanza es asirnos de una cuerda y saber que sin importar lo mal que se vean las cosas, todo saldrá bien.

Ahora que la vida se ríe de nosotros, optemos por la esperanza, elijamos vivir en el presente y creer en la bondad, en la renovación y en el futuro. Claro, sin dejar de trabajar por ello.

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