×
Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
ver +

" Comentar Imprimir
16 Diciembre 2018 03:05:00
Las prisas
La frase es bien conocida. Algunos aseguran que fue Augusto el Primero en pronunciarla. Otros la acreditan a Carlos III y no pocos a Napoleón. Sea quien fuera el que dijera a su ayuda de cámara “Vísteme despacio porque tengo prisa”, demostró que sus neuronas funcionaban perfectamente. Los apresuramientos, lo advierte un personaje de La Guerra y la Paz, de Tolstoi, solamente conducen a la demora.

“Vísteme despacio porque tengo prisa” es una sentencia que debería estar grabada en placas metálicas colocadas sobre el escritorio de los principales colaboradores del presidente Andrés Manuel López Obrador. Esto viene al caso por el envío al Congreso de la iniciativa del Jefe del Ejecutivo para derogar la reforma educativa.

Aunque se trata de un error fácilmente remediable, las prisas produjeron un escandaloso error al no incluir el inciso del Artículo Tercero Constitucional relativo a la autonomía de centros de estudios superiores que disfrutan de ese estatus, lo cual dio pie a pronunciamientos de numerosas universidades, entre ellas la de Coahuila.

El secretario de Educación Pública, Esteban Moctezuma, hubo de salir a dar la cara e intentar explicar la involuntaria omisión, achacándola a un error mecanográfico. Un error de dedo, como se dice en la jerga periodística.

Ante esto, provoca extrañeza que ninguno de los miles de empleados y funcionarios de la SEP se haya percatado de lo mal redactado del documento.

El “error de dedo” fue fácilmente subsanable y la incomprensible falla quedará finalmente para la anécdota. Bastará enviar al Congreso de la Unión un nuevo texto que incluya el inciso olvidado.

Sin embargo, todas las explicaciones no borran la sensación de que en ciertas altas esferas del Gobierno federal se está actuando con un apresuramiento peligroso. De haberse tomado el tiempo necesario, seguramente en una última revisión a la iniciativa habrían caído en cuenta de la falla, como de inmediato la advirtió el diputado Juan Carlos Romero Hicks.

Parecería que el interés de poner en marcha de inmediato la Cuarta Transformación está dando tropezones debido a la urgencia de cambiar de un día para otro las cosas, dejar todo como tabla rasa para empezar a construir un nuevo país.

Como lo expresó Manuel Gil Antón, profesor del Centro de Estudios Sociológicos del Colegio de México, en una entrevista para la radio: “Así no se hacen las cosas porque demeritan lo que puedan hacer en el futuro. No deben improvisar, pareciera que están haciendo las cosas de prisa. Deben tomarse el tiempo de leer antes de darlo a conocer”.

Más adelante recomendó al Gobierno federal crear un aparato de redacción que esté con ellos desde el principio, “porque esos errores no deben ocurrir y deben cuidarse las formas”. ¿No existirá ya un indispensable aparato como el que propone crear Gil Antón? Debe de existir, pero en esta ocasión no se le turnó el borrador o ni siquiera se le tomó en cuenta, lo cual condujo a poner en evidencia al todavía flamante secretario de Educación, y lo que es más delicado, a su jefe, el Presidente, quien fue el que estampó su firma al calce del documento.

Este es uno de esos tropiezos que deterioran la credibilidad sobre la seriedad y fundamentación de las propuestas. Si tienen prisa por volver realidad la Cuarta Transformación, es necesario que hagan las cosas despacio, meditarlas y madurarlas antes de, como dice el corrido de Benjamín Argumedo, mostrarlas “en público de la gente”.
09 Diciembre 2018 04:06:00
En busca del verdadero Díaz
El historiador Edmundo O’Gorman afirmaba que no hay ocupación más inútil y estúpida que regañar a los muertos. En eso estaba de acuerdo con Juanita, mujer tlaxcalteca de edad que hace ya muchos años se dedicaba en Saltillo a “lavar ajeno”, como antes se decía. Entre sus clientes se encontraba mi señora madre. Esto me daba oportunidad de entablar largas conversaciones con ella, quien era una enciclopedia acerca de la vida y milagros de muchas familias. Sin embargo, Juanita observaba una regla de oro: jamás hablaba de personas ya fallecidas. Al preguntarle cuál era la razón de esa norma autoimpuesta, explicaba: “Yo no les pego a las calaveras. ¿Pá, qué?, pos al cabo ni moretón les saco”.

O’Gorman y Juanita acudieron a mi memoria la semana anterior, cuando hubo la oportunidad de asistir a la presentación del segundo tomo de la biografía de Porfirio Díaz, La Ambición, de Carlos Tello Díaz. Tataranieto de don Porfirio, él ha escrito dos gruesos volúmenes, y trabaja en un tercero, acerca de la vida de su ancestro. Pero no para reivindicar su figura histórica. Mucho menos para emprender la defensa del personaje, sino simplemente tratar de explicarse y explicarnos las circunstancias y los claroscuros del venerado héroe del 2 de abril y el odiado –por la historia oficial– dictador en que después se convirtió.

A sus 56 años, Carlos Tello Díaz tiene tras de sí una vida de novela. Nacido en Inglaterra y graduado en las universidades de Oxford y de la Sorbona, sus inquietudes intelectuales e ideológicas lo llevaron a estudiar en su propio terreno a la revolución en Nicaragua, a navegar por el Amazonas y a ser puntual observador y cronista del levantamiento zapatista, sobre el cual escribió una crónica histórica ya clásica: La Rebelión de las Cañadas.

Saltó a la fama en 1993 con un libro cuya lectura resulta apasionante, El Exilio. Un Relato de Familia. En él reseña los avatares de Porfirio Díaz después de su renuncia a la Presidencia de la República. Sigue paso a paso la estancia del exdictador en Francia, donde se le rindieron honores oficiales en reconocimiento al humanitarismo con que trató a los vencidos durante la Intervención Francesa.

El segundo volumen de la biografía de su tatarabuelo, al igual que el primero, es un ejemplo de rigor histórico. Fanático de la exactitud de los detalles, no sé cuántas veces se comunicó con Lucas Martínez Sánchez y con quien esto escribe, para afinar las páginas dedicadas al paso de Díaz por Coahuila después de su desastrosa batalla en Nuevo León. Esa derrota que le valió el mote de “El llorón de Icamole”.

Su ponderación se puso a prueba al abordar la rebelión de Veracruz, en 1879, cuando, se dice, Díaz envió al gobernador de ese estado, Luis Mier y Terán, un telegrama cifrado ordenando matarlos en caliente. Si bien esta frase nunca la escribió don Porfirio, señala Tello Díaz, en el mensaje enviado a Mier y Terán sí le ordenó acabar con los alzados en forma inmediata. Ni justificar ni mucho menos soslayar. El historiador se limita a exponer los hechos.

Porfirio Díaz. La Ambición aporta datos desconocidos sobre la lucha del oaxaqueño por alcanzar el poder mediante las dos rebeliones que encabezó. Y, como ya se decía, no se trata de reivindicar o ensalzar al personaje ni sacarlo del infierno al que lo condenó la historia oficial para elevarlo a un altar, sino de comprender motivaciones y acciones de un actor clave en la historia de México.

02 Diciembre 2018 04:07:00
Todos: máximo logro
“Todos” fue la palabra clave del Primer Informe de resultados rendido el viernes por el gobernador Miguel Ángel Riquelme Solís. Palabra clave y logro significativo. Un año atrás, después de las elecciones más competidas de la historia y una polarización política inédita en Coahuila, en el horizonte próximo parecía se acumulaban los negros nubarrones de la división. Hubo quienes, echando mano de los datos inmediatos, pronosticaban un estado partido en dos en el que las posiciones de unos y otros se convertirían en irreconciliables. Por fortuna, se equivocaron.

Con un Congreso donde la oposición superaba a los representantes de su partido y tres de los cuatro ayuntamientos más poblados serían gobernados por ella, el camino para el nuevo Gobierno se antojaba cuesta arriba, plagado de escollos. Pero fallaron los augurios catastrofistas.

Doce meses después, y en una coyuntura nacional sembrada de incertidumbre, el gobernador Riquelme Solís se dirigió a una sociedad coahuilense que no perdió el paso para avanzar hacia adelante a causa de disputas estériles. Hay diferencias, por supuesto. La unidad monolítica es imposible y, además, indeseable. La pluralidad, en cambio, resulta fecunda cuando no se convierte en confrontación, en choque o desgarramiento.

Desde el primer día de su mandato, el gobernador Riquelme Solís dio muestras de su talante conciliador y la asistencia al informe confirmó la eficacia de su trabajo político. Uno al lado de otro entraron al aula magna de Ciudad Universitaria el priista Jaime Bueno Zertuche, presidente de la Junta de Gobierno del Congreso del Estado y Marcelo Torres Cofiño, quien coordina la fracción parlamentaria de Acción Nacional en la actual legislatura.

Más allá, el presidente panista de Torreón, Jorge Zermeño Infante –quien incluso mereció un reconocimiento público por parte del Jefe del Ejecutivo– estuvo sentado junto a Rodrigo Fuentes, líder del PRI estatal. Tampoco faltaron los alcaldes surgidos de colores partidistas distintos a los del gobernador. Un escenario impensable 12 meses atrás.

El “todos” en el que insistió en su informe el gobernador, ha sido la piedra angular a partir de la cual le ha sido posible construir el primer tramo de su sexenio con un saldo de logros indiscutibles. La atracción de empresas, el mantenimiento de una paz social contrastante con lo ocurrido en otros estados y, la modernización y adelgazamiento del aparato de gobierno son logros fincados en las relaciones armónicas de los distintos actores y los llamados poderes fácticos.

Otro factor ha sido, sin duda, la preocupación del ingeniero Riquelme Solís por hacer presencia en todos los municipios, y por realizar una equitativa distribución de los recursos disponibles sin hacer distingos del sello partidista de los ayuntamientos en funciones. Es de llamar la atención que ningún presidente municipal se haya quejado de falta de atención por parte del Gobierno del Estado.

Haciendo honor

En sus declaraciones acerca de la disposición de su Gobierno de colaborar con el nuevo presidente Andrés Manuel López Obrador, pero exigiendo al mismo tiempo un trato justo para Coahuila, el gobernador Riquelme Solís hizo honor a la memoria del Chantre don Miguel Ramos Arizpe, padre del federalismo. Los coahuilenses tenemos la obligación histórica de hacer respetar el pacto federal y enfrentar cualquier intención de vulnerar la soberanía mediante acciones centralistas.


25 Noviembre 2018 04:00:00
Visión y experiencia
El regreso de Óscar Pimentel González a la administración pública de Saltillo, después de 12 años de ausencia del estado, es, desde cualquier punto de vista, noticia positiva. Su amplia experiencia política y administrativa habrá de rendir buenos frutos, por lo que su incorporación en el equipo del alcalde Manolo Jiménez debe calificarse como un acierto. Más, cuando las responsabilidades de la encomienda están íntimamente relacionadas con el futuro de nuestra ciudad.

En su paso por la secretaría de Educación y por la Presidencia Municipal de Saltillo, Pimentel González demostró no sólo capacidad. También la imaginación y audacia indispensables para ejecutar acciones innovadoras, algunas de ellas llevadas a cabo asediadas por la crítica.

En ese sentido, su espíritu renovador introdujo cambios que al paso del tiempo acabarían demostrando sus bondades. Un ejemplo: cuando ahora nos subimos a un vehículo, en automático nos colocamos el cinturón de seguridad. Es, por así decirlo, un acto mecánico, casi inconsciente.

Olvidamos que no siempre fue así. Durante la Administración municipal de Pimentel González se volvió obligatorio el uso del cinturón, que pocos acostumbraban utilizar. En aquellos días los agentes de Tránsito dedicaban buena parte del tiempo a vigilar que automovilistas y copilotos cumplieran la entonces novedosa e impopular disposición.

Se pensarán que cosas como esta son pequeñeces. Sin embargo, no abundan las acciones gubernamentales capaces de cambiar los hábitos de los ciudadanos, normalmente renuentes a acatar los ordenamientos de la autoridad. Imposible calcular el número de vidas que este ordenamiento ha salvado, no obstante que un buen número de saltillenses se mostraba renuente a aceptar la disposición, calificándola incluso de mero capricho del
alcalde.

Dicen, y dicen bien, que el Diablo está en los detalles. A veces son al parecer pequeños detalles, como el del uso del cinturón de seguridad, los que permiten calibrar la visión y la eficacia de una administración pública.

Hubo otras decisiones de mayor calado. La más audaz de ellas, poner en manos de expertos el servicio de agua potable, hasta entonces administrado, con deplorables resultados, por el Municipio.

La sociedad de la ciudad con Aguas de Barcelona vino a solucionar un problema histórico de Saltillo. Quienes critican esta asociación seguramente no vivieron o ya olvidaron las deficiencias de ese servicio padecidas por la ciudad durante décadas.

La carencia de agua era constante. Hace más de medio siglo, en la casa paterna, a dos cuadras de la Catedral, la escasa agua que llegaba se almacenaba en un depósito al ras del suelo. Carecía de la presión suficiente. Esto nos obligaba a hacer ejercicio: accionar una bomba de mano para llenar el tinaco de la azotea.

Son botones de muestra de una autoridad con mirada hacia el frente. Visión que urge en el Instituto Municipal de Planeación de Saltillo. Es impostergable introducir orden al desarrollo de la ciudad, y no permitir ya más que la ambición de unos cuantos sumada a la lenidad –si no es que la complicidad de otros– decidan a su conveniencia el crecimiento caótico que padece.

En sus primeras declaraciones Pimentel González reprobó que el director del organismo hoy a su cargo devengue un sueldo superior al del alcalde. Al hacerlo, se comprometió a introducir orden en la nómina, orden que requiere también el explosivo crecimiento de nuestra ciudad. Buen principio es barrer la casa antes de emprender proyectos de mayor
envergadura.
18 Noviembre 2018 04:00:00
Transformaciones
Esta celebración del 108 aniversario del inicio del movimiento armado encabezado por don Francisco I. Madero ocurre en momentos cruciales para el país. A punto de un cambio de Gobierno inédito en las formas y novedoso en los planteamientos, el optimismo de unos contrasta con la zozobra de otros. Desde posiciones que se antojan irreconciliables, la polarización del país se convierte en uno de los problemas más graves que se han de enfrentar en el futuro inmediato.

La llamada Cuarta Transformación llega con el indeseable sello de las tres anteriores —Independencia, Reforma y Revolución—: una profunda división de la sociedad. Si en la Independencia las facciones se identificaban como insurgentes y monárquicos, en la Reforma, conservadores y liberales, y en la Revolución, maderistas y porfiristas, en esta cuarta los bandos de “chairos” y “fifís” están separados por una brecha que algunos se obstinan en volver insalvable.

Ante esa realidad se torna pertinente una revisión histórica con objeto de analizar los resultados de las anteriores transformaciones. La Independencia, con todos los merecidos ribetes de heroicidad que la envuelven, acabó como el Rosario de Amozoc. Primero tuvimos un emperador made in México, Agustín de Iturbide, del cual el Congreso se deshizo poco después.

El corolario de la Independencia, no podría ser más desalentador. Con el aval de los diputados, murieron fusilados los dos encargados de consumarla: Agustín de Iturbide y Vicente Guerrero. Esto fue el prólogo de medio siglo de inestabilidad política. Los gobiernos se sucedían mediante el golpe de estado o el alzamiento armado, hasta llevar a México a una situación de extrema debilidad, la cual condujo a tres intervenciones extranjeras. Decía José Emilio Pacheco que en el siglo 19 los únicos que no invadieron a México fueron los marcianos.

Los liberales de la Reforma lograron una cierta estabilidad, pero lo hicieron a costa de una crudelísima guerra de tres años que desangró al país y lo dejó en tal estado de pobreza que animó a Francia a invadirnos e imponernos un emperador. Gracias a la victoria sobre los franceses y el fusilamiento de Maximiliano, don Benito Juárez recuperó la presidencia de la República.

Sin embargo, cuando buscaba reelegirse de nuevo en 1871, el monolítico partido liberal se fragmentó. Porfirio Díaz fue uno de los liberales molestos por el cariño que Juárez le había tomado a la silla presidencial. Y Díaz pasó del dicho al hecho. Se lanzó a la revolución ondeando el Plan de La Noria. Fracasó, pero aprendió la fórmula y cuando el sucesor de Juárez, Sebastián Lerdo de Tejada, buscó la reelección, lanzó el Plan de Tuxtepec y se hizo del poder.

Aunque se levantó en armas ondeando la bandera de la no reelección, don Porfirio se mantuvo en la presidencia treinta años —más del doble que don Benito. Envejeció en la silla hasta que un inquieto coahuilense vecino de San Pedro de las Colonias, inspirado por los espíritus, se dio a la tarea de escribir el libro La sucesión presidencial en 1910.

Aquel texto de Francisco I. Madero detonó la tercera transformación, cuyos resultados son bien conocidos. Todos los caudillos que la encabezaron murieron asesinados, principiando por Madero, seguido de Zapata, Carranza, Villa y Obregón. El resto es historia reciente y bien conocida. Sólo esperemos que la cuarta transformación sea, en verdad, de terciopelo, y no arrastre tras de sí las calamidades prohijadas por las tres anteriores.
11 Noviembre 2018 04:00:00
Réquiem por El Tapanco
Fue en 1981, una semana o dos después de que lo inauguraron. El ya desaparecido Roberto Orozco Melo, exsecretario general en el abruptamente concluido Gobierno de don Óscar Flores Tapia, viajaba a España. Iba a tomar un curso en la prestigiada Universidad de Salamanca. Seguramente deseaba poner distancia de Saltillo, donde vivió jornadas amargas antes y después de la petición de licencia de su jefe, que él se encargó de entregar al Congreso.

Éramos solamente tres a la mesa, si la memoria no me traiciona: Roberto, Armando Fuentes Aguirre y este escribidor. La reunión resultó, como de costumbre, previsiblemente disfrutable. Una conversación inteligente salpicada de buen humor. La comida excelente y un par de copas de buen vino se hicieron cargo de acentuar la atmósfera de cordialidad.

Fue hace 37 años. Hoy, el restaurante El Tapanco de la calle Allende, está cerrado. Abandona el Centro. Emigra, como tantas cosas, al norte de la ciudad. La antigua casona de la familia García Villarreal –don Juan y doña Carmen– quedó, dicen, como cuando salió por la puerta el último comensal. Allí están las mesas, las sillas, el patio, los viejos carteles anunciando espectáculos teatrales de un Saltillo de hace 100 años… Todo igual, pero vacío.

El Tapanco fue la concreción del sueño de una bella dama, Margarita García Villarreal. Incansable, imaginativa, se atrevió a convertir la casa paterna en un restaurante donde ofrecer un deleitable maridaje de comida mexicana e internacional. Lo bautizó El Tapanco en memoria de su señor padre, el ingeniero Juan García, quien acostumbraba trabajar en una habitación construida en lo alto del segundo patio.   

Fue un acto de audacia. Reto a la sobada frase de Vasconcelos de que la civilización termina donde comienza la carne asada. Mague, como le llamaban los muchos quienes la querían, apostó a que los saltillenses se habían sofisticado gastronómicamente lo suficiente para dejar, así fuera de cuando en cuando, la arrachera, y disfrutar del lenguado, el pato, el filete chemita o la sorprendente novedad del perejil frito.

No estaba en el carácter de Margarita andarse con medias tintas. Contrató a un chef francés, Jean Louis Cottin, cordon blue para más señas. Alto, delgado, elegante, había llegado a México en 1979 con el sha de Irán, Mohammad Reza Pahlavi, derrocado por revolucionarios. Jean Louis era el cocinero del sha, a cuya muerte decidió quedarse en nuestro país.

Fue él el autor del menú de El Tapanco. Después emprendería negocios propios. Sin embargo, su toque y algunas de sus especialidades permanecieron inalterables, convirtiendo al restaurante en referente de buen comer, no solamente de Saltillo, sino de gran parte del noreste.

Decía el ya olvidado humorista español Enrique Jardiel Poncela, hablando de los cafés, que estos son como las mujeres: los hombres andan con una y con otra hasta encontrar una donde se aquerencian y permanecen. Así nos ocurrió a muchos con El Tapanco, lugar ahora lleno de recuerdos. Cómo olvidar al historiador Friedrich Katz pidiendo quesadillas de huitlacoche, mientras aclaraba: “Aprovecho que estoy aquí, porque en Chicago mi mujer no me permite comer esto”. O a Jorge García Villarreal, el padre “Chapo”, quien solía hacer un ademán con la mano en alto sobre copas y vasos. Sus amigos le preguntaban: “¿Estás bendiciendo la mesa?”. A lo que él, bromista, respondía sonriendo: “No, estoy indicándole al mesero que igual para todos”.

Recuerdos… solo recuerdos.
04 Noviembre 2018 04:00:00
¿De qué te ríes, Catrina?
Cuando hace 115 años José Guadalupe Posada sacó la primera viruta de la placa de metal teniendo en mente lo que debiera ser una calavera fifí falsa (López Obrador dixit), nunca imaginó la trascendencia de su creación. Listo el grabado, ilustró la hoja volante impresa por don Antonio Vanegas Arroyo titulada Remate de Calaveras Alegres y Sandungueras. Lo que Hoy Son Empolvadas Garbanceras, Pararán en Deformes Calaveras.

La Calavera Garbancera original, muchos años después rebautizada como Catrina por Diego Rivera en su mural Un Domingo en la Alameda, luce enorme sombrero adornado con plumas de avestruz y flores. Grabado y texto de la hoja volante son una burla a las mujeres que hace más de un siglo intentaban parecer fifís, siendo, como eran, parte de las clases bajas. “Hay hermosas garbanceras, / de corsé y alto tacón; / pero han de ser calaveras, / calaveras del montón”. Versión jocosa muy acentuadamente mexicana de la terrible frase latina que nos recuerda que del polvo venimos, y polvo volveremos a ser. (Memento, homo, quia pulvis es, et in pulverem reverteris).

Lo de garbanceras era un recordatorio de que las emperifolladas damas objeto de las burlas, lejos de pertenecer a la aristocracia eran, en realidad, vendedoras de garbanzo en los mercados populares.

Aunque Posada solamente grabó la cabeza de su calavera, Diego la recreó de cuerpo entero: vestido hasta el tobillo y una boa de plumas que es, en realidad, una serpiente de cascabel. El éxito de la Catrina –ya nadie le llama Garbancera– acabó por convertirse en manía colectiva. Por estos días, multitud de hombres y mujeres se visten y maquillan emulándola, en una suerte de carnaval macabro. El 31 del pasado mes, día del disminuido Halloween, centenares de catrinas y catrines desfilaron por las calles de Saltillo ante el aplauso del numeroso público que se congregó para disfrutar del desfile.

Es este un fenómeno digno de movernos a reflexionar. Difícilmente podemos asociarlo a la tradición del Día de Muertos, la cual posee un profundo sentido religioso, especialmente en el centro y el sur del país, como en Janitzio, donde velan toda la noche, en el sentido literal de la palabra, ante la tumba de sus difuntos. En cambio, disfrazarse de catrín o de catrina está más cerca del show, de la diversión, que del recordar a quienes ya se han ido.

Ataviarse estrafalariamente y pintarse la cara parecería ser la expresión del deseo de ser otro por unas horas: una máscara más de las que habla Octavio Paz en El Laberinto de la Soledad. Con algo de maquillaje resulta posible romper la aburrida y a veces asfixiante cotidianeidad y, en cierta manera, disfrutar, así sea por unas horas, del irresponsable anonimato. Si somos fingidas calaveras, estaremos a salvo del ridículo, del qué dirán, de las convenciones sociales.

¿Podemos hablar de un anticarnaval? El carnaval, como es sabido, es la exaltación de la carne, del estallido de los sentidos físicos en el umbral de la sombría cuaresma. La Catrina representa, digámoslo así, la sonrisa de desafío a la certeza de la muerte. No se burla de la muerte, se burla de nosotros, de nuestros afanes y de nuestras vanidades, sabiendo, como dice el anónimo autor de los versos de la Garbancera, que tarde o temprano seremos como ella.

(¡Miren lo que acaba uno escribiendo por eludir el tan manoseado tema del aeropuerto de Texcoco y las decisiones del futuro presidente!).
28 Octubre 2018 04:00:00
Improvisación
Es ilegal. Está sesgada. Provocará una convulsión económica semejante al “error de diciembre” del sexenio de Ernesto Zedillo. El peso se irá a pique. Las casillas se ubicaron al antojo y conveniencia del convocante. Es pura farsa. La decisión está tomada de antemano. Con ella, quien debiera tomarla se lava las manos y delega la responsabilidad a un puñado de ciudadanos. Se trata de un ejercicio ciento por ciento democrático. El pueblo es bueno y solo unos cuantos corruptos no descalificarán el sentir de los ciudadanos.

Mentira: la metodología es deficiente, por no decir inexistente. Debemos tomar en cuenta los daños al medio ambiente. ¿Qué prefieren, agua o aeropuerto? Los expertos dicen que… Pero otros expertos opinan que… Los resultados carecerán de validez, pues serán, en el mejor de los casos, expresión de un reducido número de votantes. Atacan el procedimiento quienes tienen intereses económicos en uno de los proyectos. Texcoco sí. Santa Lucía sí. Texcoco no. Santa Lucía no. No tengan miedo, yo, personalmente, convenceré a los contratistas de las bondades de abandonar la obra en marcha.

En medio de una lluvia tormentosa de opiniones en favor y en contra del sondeo, finalmente se llegó el día de ponerlo a prueba. Instalaron las casillas. Algunas personas acudieron a depositar su voto. Empezaron a presentarse las irregularidades. Falló el sistema. Esto permitió que periodistas de distintos rumbos del país votaran no solamente dos veces, sino hasta cuatro y cinco. Las boletas carecen de folio. La tinta indeleble no funciona, desaparece rápidamente.

Más allá de las fallas y el resultado del sondeo organizado por Andrés Manuel López Obrador, hay un problema de fondo por demás inquietante, una ominosa señal sobre el futuro inmediato: la improvisación. Se esté a favor o en contra de un aeropuerto o de otro, la forma de organizar lo que podríamos llamar el primer acto anticipado del próximo Gobierno deja mucho qué desear. Esperemos que este sea un tropiezo imputable a la novatez de los organizadores y no un estilo personal de gobernar, como diría don Daniel Cosío Villegas. Por el bien de México es deseable que en el próximo sexenio no sean el capricho y la improvisación los métodos utilizados a la hora de resolver problemas o planear y ejecutar proyectos. La improvisación rara vez le atina a la decisión correcta. La improvisación y el capricho son una lotería en la que rara vez el participante tiene en la mano el boleto ganador.

Como frase, “Vox populi, vox Dei” resulta contundente y atractiva, pero la historia se ha obstinado en restarle validez. El pueblo no siempre es la voz de Dios. Sufre equivocaciones a veces catastróficas. Sobran los ejemplos: el pueblo alemán que eligió a Hitler como su guía, también llegó a convencerse de que su führer era infalible. La mayoría le creyó que los judíos representaban un peligro para el país y consideró aceptable exterminarlos.

No, el pueblo no siempre tiene la razón. Menos cuando se le consulta de forma tan chapucera como se ha hecho ahora.

LETRAS SUELTAS

A poco más de un mes de tomar posesión de la Presidencia de la República, Andrés Manuel López Obrador se expuso, creo que inútilmente, al desgaste que representó la organización de la consulta popular. Es la primera vez que un candidato electo se atreve a correr tales riesgos. Todos esperaron tener en la mano los hilos del poder antes de dar un paso trascendente. Ya veremos las consecuencias de este apresuramiento.
21 Octubre 2018 04:09:00
Migraciones
La semana que termina estuvo marcada por dos fenómenos de migración. Uno perteneciente a la picaresca política mexicana. La segunda, desgarradora, pone a prueba nuestra solidaridad y espíritu humanitario.

Políticos de larga militancia en un partido que les ofreció toda clase de oportunidades y cargos de elección popular, de pronto descubrieron que en realidad sus simpatías no estaban por el centro o el centro-derecha, sino en la parte izquierda del cuadrante. Si Kafka se hubiera ocupado de nimiedades, podría haber escrito: “Cuando despertó, el diputado azul Luis Fernando Salazar se vio convertido en moreno”.

Estas metamorfosis afectan no solamente a los ahora expanistas, también a antiguos priistas como Javier Guerrero, quien en unos cuantos meses sufrió dos ataques del síndrome de Kafka. Su fracaso en busca de la candidatura del Revolucionario Institucional al Gobierno de Coahuila lo transformó repentinamente en lo que el terreno de los deportes llaman “agentes libres”.

Derrotado en las urnas y en el desamparo partidista por su calidad de candidato independiente, al igual que Luis Fernando Salazar también despertó una mañana pintado de un inconfundible –mas no indeleble, suponemos– tono moreno.

Cambiar de opinión, se asegura, es de sabios, pero estos cambios despiden un tufo marcadamente oportunista. Ha sido una forma de treparse en el cabús de un ferrocarril que avanza incontenible con banderas desplegadas. En otras palabras: “Acercarse a donde calientan gordas”, según el antiguo lenguaje coloquial.

Por supuesto, los dos casos no son los únicos. Se prevé que la migración continúe e incluso se convierta en alud al paso del tiempo, conversiones justificadas por la canónica frase del “Tlacuache” Garizurieta: “Vivir fuera del presupuesto es vivir en el error”.

La otra migración, la de los hondureños que intentaron el viernes entrar por la fuerza a nuestro país con la idea de llegar a Estados Unidos, es un recordatorio más, por si se requería, de la situación angustiosa en la que mal sobreviven y el grado de desesperación de decenas de millares de hermanos centroamericanos. Atrapados entre la pobreza y la violencia, buscan una salida que de antemano saben llena de dificultades y peligros.

Este fenómeno migratorio enfrenta al Gobierno mexicano a un dilema, pues mientras nos rasgamos las vestiduras por el maltrato de que son objeto nuestros paisanos al norte del río Bravo, por el sur detenemos a millares de hombres, mujeres y niños que, empujados por el hambre o por el temor piensan en México como en una tabla de salvación.

Exigirles el ingreso cumpliendo los trámites puede considerarse justo. Sin embargo, no utilizamos la misma vara cuando se trata de connacionales que cruzan la línea fronteriza con Estados Unidos sin contar con los permisos correspondientes.

La avalancha de migrantes hondureños que todavía el sábado pugnaban por abandonar territorio guatemalteco para entrar a México, constituye la versión centroamericana de los ilegales mexicanos residentes en Estados Unidos. Lo único que distingue a unos de los otros es el lugar de nacimiento.

La disyuntiva es clara: o nos solidarizamos con quienes vienen o dejamos de quejarnos de la persecución y vejaciones que sufren nuestros paisanos en el vecino país del norte. Actuar de otra manera es reconocer que ya no somos el “traspatio de EU”, sino el “tapón migratorio de EU”, cuya eficacia, es de temerse, vino a comprobar el secretario de Estado norteamericano, Mike Pompeo.
14 Octubre 2018 04:00:00
Los enemigos en casa
“La desintegración de la familia revolucionaria se efectuaba porque no había en ella una cohesión auténtica: gentes disímbolas habían coincidido al pronunciar el ‘no’ contra el porfirismo; pero en el momento de formular afirmaciones, aparecieron las diferencias de cuna, de educación, de costumbres y de posición social. ¿Qué vinculación perenne podían tener los Madero y los Vázquez Gómez? Se juntaron para combatir contra el general Díaz, pero una vez que había caído el anciano gobernante, cada quien procuró interpretar la Revolución de acuerdo con sus ideas y sus conveniencias”.

En los abrumadores 10 volúmenes de sus Memorias, el controvertido político y periodista Nemesio García Naranjo (Lampazos, NL., 1883-Ciudad de México, 1962) se explicaba así la rápida caída y la muerte de Francisco I. Madero. El párrafo no tiene desperdicio y es aplicable en la actualidad al ver las contradicciones que protagonizan un día sí y otro también los seguidores del presidente electo, Andrés Manuel López Obrador.

Y es que, como decía don Nemesio de la revolución maderista, las pasadas elecciones representaron un rotundo “no” tanto a la continuidad del statu quo como a los dos partidos, PRI y PAN, que habían dominado la escena los últimos tres sexenios.

Este “no” produjo, como en el maderismo, el fenómeno observado por García Naranjo: la suma de fuerzas disímbolas e incluso de ideologías francamente contrapuestas. La zacapela ocurrida en la reunión de maestros en Acapulco, donde miembros del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE) y los pertenecientes a la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) se dieron con todo, es una muestra de ello.

Ambas organizaciones se vieron de pronto unidas en un fin común de signo lopezobradorista: operar cambios en el sistema educativo y derogar las reformas desarrolladas a partir del presente sexenio. Estos grupos, antagónicos históricamente, gritaron “no más”, pero lo hicieron sin olvidar viejos agravios y antiguas pugnas y rencores que volvieron a aflorar en la primera oportunidad.

Los silletazos de Acapulco demostraron la ineficacia de la República amorosa y rompieron en pedazos el pacto temporal de la lucha contra el sistema. Más temprano que tarde ocurrirá lo mismo cuando enfrenten ideas contrapuestas los representantes de Morena y los del Partido Encuentro Social.

¿Hasta dónde será aplicable al presente la frase de Karl Marx el 18 Brumario de Luis Bonaparte: “La historia se repite dos veces: la primera como tragedia, la segunda como farsa?”. Imposible saberlo, pero es de temerse que las condiciones están dadas.

Por su bien y por el bien de México, López Obrador deberá hilar muy fino para que la historia no se repita, porque quizá sus más temibles enemigos no sean ni la prensa fifí, ni la mafia del poder ni los retrógradas, sino los que se estén incubando o ya brotaron –pensemos en la CNTE– en el seno mismo de la amplia y variopinta baraja de sus seguidores.

Llegará la hora de tomar decisiones, elegir con quiénes habrá de recorrer el largo camino del sexenio y dejar a un lado a aquellos que se unieron al “no”, pero que a la hora de gobernar representan un lastre e incluso un peligro para la armonía del país.

Una atenta lectura de Nemesio García Naranjo y el recuerdo de la conocida frase de que la mejor manera de quedar mal con todos es tratar de quedar bien con todos inocularían contra un exagerado optimismo.
07 Octubre 2018 04:00:00
Lo público y lo privado
En la catarata de información generada los últimos días gracias a la omnipresencia verbal del presidente electo, Andrés Manuel López Obrador, los bandazos del Congreso de la Unión y los acelerones de algunos personajes señalados como futuros funcionarios públicos, sobresalen en el interés –¿debería decir morbo?– público dos noticias pertenecientes al ámbito privado de sus protagonistas.

Una de ellas surge de los rumores recogidos por el columnista Salvador García Soto, del periódico El Universal de la Ciudad de México, acerca del inicio de los trámites de divorcio del presidente Enrique Peña Nieto y la actriz Angélica Rivera. La otra noticia es la de la boda de César Yáñez y Dulce María Silvia Hernández, cuya pompa mereció la portada y 19 páginas de la revista Hola!

El supuesto divorcio del presidente Peña Nieto ha dado nuevo tema a las críticas constantes de las que han sido objeto, tanto él como los miembros de su familia, coincidentemente también por apariciones en Hola!, publicación dedicada a reseñar los “ires y venires” de ricos, famosos y aristócratas.

Por su parte, la rumbosa boda de César Yáñez, colaborador cercano de López Obrador, también ha hecho correr ríos de tinta. El derroche del que Hola! hizo un pormenorizado recuento, incluyendo el menú, el número de invitados y los grupos musicales contratados para ambientar el festejo, dio tela suficiente para poner en duda las constantes prédicas sobre austeridad del futuro Presidente de la República. ¿No deberían ser los miembros de su equipo los primeros en dar ejemplos de moderación?, preguntaron numerosos miembros de la comentocracia nacional.

En ambos casos –¡bendita equidad!– fueron las redes sociales las más activas, mordaces y hasta crueles al condenar el divorcio y la boda, según el gusto y la posición política de cada cual. Es bien sabido que tales redes suelen ser el vertedero de frustraciones, inquinas y odios más o menos justificados.

Pero al margen de las arremetidas mediáticas contra los dos acontecimientos, quizá valga la pena desempolvar un viejo concepto de ética periodística: la sutil línea que separa lo público de lo privado. ¿Qué consecuencias tiene para este país, tan agobiado por gravísimos problemas, que un hombre a punto de convertirse en expresidente y su pareja decidan terminar su relación? ¿Eso afecta a alguien fuera del entorno familiar de la pareja?

En cuanto a la boda del señor Yáñez y la señorita Dulce María Silva Hernández, esta puede considerarse como un grave error del novio al contradecir con sus actos lo que ha sido la columna vertebral del discurso político de su jefe, exhibiendo, además, su falta de sentido común en una revista del corte de Hola! Sin embargo, al no utilizarse recursos públicos en el pago de los platillos, el vestido de la novia o la presencia de los Ángeles Azules, desde un punto de vista estrictamente ético, el asunto pertenece a la vida privada de la pareja.

Fenómeno digno de análisis es la fascinación que ejerce la multicitada publicación entre la clase política de México: Vicente Fox y Marta Sahagún aparecieron en dos portadas; Felipe Calderón y familia, más discretos, en una, pero la familia del presidente Peña Nieto ha acaparado cinco, la última hace apenas unos cuantos meses, cuando el sexenio había entrado en franca agonía.

Esta inclinación a rozarse, aunque sea sólo de página a página, con los ricos y aristócratas, despide un rancio tufo a porfirismo y a lo que Vicente Lombardo Toledano llamó la “aristocracia pulquera”.
30 Septiembre 2018 04:00:00
Cincuentenario del 68
A medio siglo de distancia, el movimiento estudiantil de 1968 ha vuelto otra vez a la mesa de discusiones. En foros, entrevistas, nuevas publicaciones y hasta una suerte de telenovela producida por el canal de televisión de la Universidad Nacional Autónoma de México, se le recuerda y examina en un afán de localizar los efectos posteriores de aquel brote de rebeldía juvenil.

Para algunos, lo ocurrido ese año infausto constituyó un parteaguas en la historia de México. Los muchachos universitarios, aseguran algunos, escribieron las primeras líneas de la democratización del país. Su enfrentamiento al autoritarismo gubernamental empezó a despejar los cauces al libre fluir de la disidencia, obligando a la clase gobernante a practicar una destreza que hasta entonces le era ajena: dialogar.

Sin embargo, el sano ejercicio democrático del diálogo se olvidó de nuevo tres años después. El 10 de junio de 1971, Jueves de Corpus, un grupo paramilitar bautizado como Halcones organizó una nueva matanza de estudiantes en las calles de la Ciudad de México. En ese momento, Luis Echeverría Álvarez era presidente. El mismo que, durante su campaña preelectoral, en la Universidad Nicolita de Morelia guardó un minuto de silencio en memoria de los caídos en Tlatelolco.

Y es que sin restar valor al desafío estudiantil al gobierno de Gustavo Díaz Ordaz, ni dejar de reprobar la forma brutal en que este respondió el 2 de octubre, creo necesario contextualizar los acontecimientos para comprender mejor el ya cincuentenario fenómeno.

Basta recordar que el movimiento estudiantil del 68 no fue, de ninguna manera, un hecho aislado de generación espontánea. Existieron antecedentes del enfrentamiento al poder por diversos sectores insatisfechos, varios de ellos acallados mediante una feroz represión.

En el sexenio anterior (López Mateos, presidente, Díaz Ordaz, secretario de Gobernación) el Gobierno usó la mano dura al reprimir manifestaciones de inconformidad. En la Semana Santa de 1959, los ferrocarrileros estallaron una huelga. No fueron lejos por la respuesta. En un operativo que cubrió todo el país, policías y militares detuvieron a cientos de huelguistas. Los principales líderes, Demetrio Vallejo, entre ellos, pasaron muchos años en la cárcel.

También el Movimiento Revolucionario del Magisterio conoció en 1960 la contundencia de la represión, y la misma receta probaron los pilotos aviadores cuyas empresas fueron requisadas. Ya en el gobierno de Díaz Ordaz, el 23 de septiembre de 1965, inspirada por el triunfo de la Revolución Cubana, una guerrilla compuesta por campesinos, estudiantes y profesores intentaron iniciar una revolución comunista atacando el cuartel de Ciudad Madera, Chihuahua. Murieron ocho guerrilleros.

En octubre de 68, Díaz Ordaz solamente aplicó la fórmula que tan buenos resultados le dio en el pasado y logró apagar el movimiento, pero esta vez lo estaba esperando el juicio de la historia.

Tampoco deben olvidarse los cambios que se operaban en todo el mundo occidental. Los jóvenes ahondaban la brecha generacional adoptando novedosos estilos musicales, modas y formas de actuar. La píldora anticonceptiva provocaba una revolución sexual y las muchachas empezaron a lucir las piernas gracias a las satanizadas minifaldas. En París, Berlín y otros muchos países los estudiantes tomaron las calles para protestar. Igual sucedió en México, donde, desgraciadamente, la tozudez del Gobierno convirtió las protestas en tragedia.
23 Septiembre 2018 04:01:00
Las ovejas negras
“En un lejano país existió hace muchos años una oveja negra. Fue fusilada.

“Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque.

“Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes pudieran ejercitarse también en la escultura”.

El tan célebre cuanto ácido texto de Tito Monterroso adquiere en estos días una vigencia abrumadora. Hoy vemos cómo, sin levantarles estatuas ecuestres, las ovejas negras de ayer, que fueron perseguidas y hasta asesinadas, son reivindicadas y adquieren categoría de héroes.

Bastan dos ejemplos: la decisión de los diputados federales de inscribir con letras de oro en los muros de la Cámara baja la leyenda “Al movimiento estudiantil de 1968” en memoria de los jóvenes asesinados el 2 de octubre de ese año en Tlatelolco. Pero no solamente la mayoría de los diputados morenistas, considerados de izquierda, cumplen puntualmente con el texto-premonición de Monterroso. También el Gobierno practicó el arte de la escultura, aunque sea únicamente retórica, a propósito del décimo aniversario de la muerte de Gilberto Rincón Gallardo, incansable luchador social, que estuvo preso muchas veces por la intransigente expresión de sus convicciones políticas.

Pronto se cumplirán 50 años de la matanza de Tlatelolco, sangriento final del movimiento estudiantil. En aquella ocasión, en su informe de gobierno, el presidente Gustavo Díaz Ordaz justificó ese acto de incomprensible salvajismo reputándolo de patriótico. Ahora los estudiantes sacrificados, las ovejas negras de ayer, son venerados como mártires de la democracia.

Cinco décadas –la mitad del tiempo del que habla Monterroso– convirtieron lo que se llamó oficialmente en su momento una revuelta juvenil organizada para desestabilizar al país en víspera de la celebración de las Olimpiadas, en actos no solamente dignos de encomio, sino de reconocimiento permanente.

El caso de Gilberto Rincón Gallardo, a quien también se ha homenajeado últimamente, es de un paralelismo impresionante con lo ocurrido al movimiento del 68, a raíz del cual él, acusado de agitador, fue a parar a una de las celdas del Palacio de Lecumberri donde permaneció varios años.

Miembro del entonces proscrito Partido Comunista Mexicano, Rincón Gallardo participó en numerosas luchas sociales. Etiquetado como enemigo del sistema –sea lo que sea lo que eso signifique– sufrió la persecución del aparato gubernamental, representado tanto por fuerzas policiacas como militares.

Sin embargo, jamás claudicó, pero a raíz de que la Unión Soviética aplastara brutalmente los tímidos brotes autonómicos de Checoslovaquia durante la llamada Primavera de Praga, la decepción que le causó el comunismo acabó conduciéndolo del marxismo-leninismo a una suerte de socialismo democrático. Desde esa nueva trinchera continuó su lucha, enfocándose en el combate a la discriminación.

El movimiento del 68 y Gilberto Rincón Gallardo merecen, por supuesto, la reivindicación y los homenajes organizados en su memoria. Tanto los muchachos inconformes de hace 50 años como Rincón Gallardo ayudaron a construir, aun a costa de su propia vida o con la pérdida de su libertad, un mejor país. Sólo esperemos que los homenajes de los que justamente son objeto adquieran categoría de lección sobre las distorsiones de visión que suele provocar el poder. Ya hemos tenido suficientes ovejas negras.  
16 Septiembre 2018 04:01:00
Dos centenarios
“Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos…”. La primera frase de Dickens en Historia en dos ciudades define a la perfección lo ocurrido en Saltillo en materia de cultura hace 100 años. Con días de diferencia, en septiembre de 1918 ocurrieron dos acontecimientos contrastantes. Uno de ellos altamente positivo: el arribo al Ateneo Fuente de la colección de pintura donada por la antigua Academia de San Carlos. El otro, en cambio, marcó un retroceso en la historia de la vida cultural de nuestra ciudad: el incendio del Teatro García Carrillo la noche del martes 3 de septiembre.

La capital de Coahuila se enriqueció con el valioso acervo de artes visuales, en tanto que, casi simultáneamente, perdía su único teatro. Este incendio la condenó a la carencia de un espacio adecuado para representaciones escénicas hasta la inauguración de la pequeña sala del Seguro Social, en 1958, y, años después, durante el gobierno de don Óscar Flores Tapia, la construcción del Fernando Soler. Aquel México de 1918 no acababa de superar la violencia revolucionaria, aunque para entonces el movimiento armado había definido su rumbo político con la promulgación de la Constitución en febrero del año anterior.

Como presidente de la República, don Venustiano Carranza enfrentaba una situación de inestabilidad que bordeaba el caos. Zapata se mantenía en pie de guerra en Morelos, Puebla y Guerrero; en
Chihuahua Francisco Villa asolaba ranchos y pueblos. Y no eran esos los únicos focos de rebelión: Luis Caballero, en Tamaulipas; Manuel Peláez y Félix Díaz, en Veracruz; Inés Chávez, en Michoacán y Jalisco; Silvestre Mariscal, en Guerrero; los soberanistas oaxaqueños y hasta sus paisanos Francisco Coss y Luis Gutiérrez luchaban contra el coahuilense.

Al echar un vistazo a la situación en ese momento, sorprende que Carranza se diera tiempo de comenzar la reconstrucción del país utilizando como cimientos la educación y la cultura, lo cual se puso especialmente de manifiesto en las expresiones de gratitud a esta que había sido su casa de estudios.

Esta Pinacoteca, ya centenaria, contiene obras de arte de primerísima calidad y, en cierto sentido, puede admirarse como una historia de la evolución de las artes visuales en México. También constituye una muestra del rigor que imperaba en los estudios de la Academia, donde los alumnos perfeccionaban la copia de la naturaleza o de modelos en yeso hasta la obsesión. Igualmente de gran valor son las pinturas europeas que posee.

La Pinacoteca del Ateneo es, con el Museo Arocena de Torreón, una de las dos principales colecciones de artes plásticas de Coahuila, con la diferencia que el Arocena está enfocada al arte europeo, mientras esta cuenta en su catálogo con obras de artistas mexicanos de primera fila.

Hoy, a 100 años de distancia de su inauguración oficial, hay dos motivos principales para celebrar la efeméride. La primera, el que Carranza concretara la donación del acervo y, en segundo lugar, congratularnos de que a lo largo de un siglo –lo cual se dice fácil– muchas generaciones de ateneístas hayan conservado celosamente esta joya del patrimonio cultural del estado de Coahuila de Zaragoza.

Esperemos que la celebración de este centenario se convierta, por así decirlo, en un relanzamiento de la Pinacoteca, avivando el interés de propios y extraños por conocerla y disfrutarla. (Extracto del texto leído el 13 de septiembre en la ceremonia conmemorativa del primer centenario de la fundación de la Pinacoteca del Ateneo Fuente).
09 Septiembre 2018 03:00:00
Otro adiós
Cierta tarde, en el desaparecido restaurante Élite de Jesús Martínez, por aquellos años finales de los 50 del siglo pasado, refugio de un grupo de jóvenes con inquietudes artísticas e intelectuales, el ahora doctor Jorge Fuentes Aguirre y Eduardo Rogelio Blackaller estaban silenciosamente concentrados en una reñida partida de ajedrez. Elías Cárdenas Márquez contemplaba el duelo, mientras tres tazas de café se enfriaban sobre la mesa. De pronto, Blackaller, melena rubia chopiniana y largas manos de pianista, adelantó con estudiada lentitud una de sus piezas y anunció solemne a Jorge: “Un movimiento más y mi torre dará jaque mate al pendejo pequeño burgués de tu rey”.

Provocador, multifacético, fosforescente, generoso, intolerante cuando se topaba con ignorancias pomposas, de aguda inteligencia, poeta, melómano, compositor, sibarita en el comer y en el beber, marxista-leninista, coleccionista de ferrocarriles a escala, lector voraz, amante y experto en artes visuales, Eduardo Rogelio acabó por volverse indefinible.

Igual prodigaba sus amplios y multidisciplinarios conocimientos a su interlocutor, que aconsejaba a un pintor o a un escultor, rebatía las ideas de cualquier filósofo o publicaba un libro intrincadamente técnico sobre el Sonido 13 del maestro Julián Carrillo. (En su departamento de la calle de Salamanca, en la Ciudad de México, había uno de los pocos pianos adaptados para interpretar obras en las escalas del Sonido 13, regalo de la familia del maestro Carrillo).

Nacido en San Buenaventura, Coahuila, un buen día llegó a Saltillo, donde se integró al variopinto grupo del Élite, frecuentado con rigurosa cotidianeidad por jóvenes de los más disímbolos intereses, entre otros, Salvador Flores Guerrero, de afilada e ingeniosa lengua; Gustavo Solís Campos, después colaborador del mítico México en la Cultura de Novedades, que dirigía Fernando Benítez; Otoniel Hernández, permanente perseguidor de sueños; Armando Fuentes Aguirre, que entonces se estrenaba como locutor; Eduardo Montenegro, fotógrafo, fundador de librerías, dueño de una pluma de precisión quirúrgica, los ya citados Jorge Fuentes y Elías Cárdenas, así como de un jovencísimo Enrique Reyna, capaz de hablar con propiedad del Ser y Tiempo del inescrutable Martin Heidegger. Larga lista de ausencias, enorme carga de recuerdos.

Eduardo Rogelio Blackaller sobresalía por la cortante contundencia de sus opiniones y su nunca desmentida filiación a la izquierda marxista, que encontraba en Saltillo a un único interlocutor, el maestro Casiano Campos. La vida dispersó a aquel grupo, como la danza dispersó a los hombres imaginados por don Andrés Henestrosa. Eduardo Rogelio obtuvo una beca en Rusia para estudiar música.

Nos reencontramos muchos años después, pero reiniciamos nuestras conversaciones como si el calendario hubiera permanecido paralítico. Generoso sin reservas medió para conectar a un gran número de artistas, algunos de los cuales han expuesto sus obras en Saltillo.

Todavía unas semanas antes de que muriera armamos la muestra de la escultora María Eugenia Gamiño, que se inaugurará hoy al mediodía en el Centro Cultural Vito Alessio Robles, la cual se decidió dedicar a su memoria. Resulta difícil asimilar la certeza de su ausencia.

Gustavo Adolfo Bécquer es el autor de unos célebres versos en los que dice: “Dios mío, ¡qué solos se quedan los muertos!”. Equivocado: los que nos vamos quedando cada vez más solos somos los vivos.
02 Septiembre 2018 04:00:00
Primero, justicia
Los linchamientos de supuestos robachicos en los estados de Puebla e Hidalgo, que finalmente resultaron ser inocentes, revela de una manera atroz la crispación y la desconfianza que privan actualmente en la sociedad mexicana. En ambos casos las “ejecuciones” se realizaron con lujo de violencia, quemando vivos a los presuntos secuestradores de menores. Barbarie en su manifestación más primitiva.

Estos hechos, que debieran encender la señal de alerta en todo el país, evidencian, sí, la falta de confianza en que las autoridades cumplan su función primordial: proteger a la sociedad, pero también el daño que están causando las redes sociales al difundir noticias, las más de las veces falsas, sobre el secuestro de infantes. Ignorancia e impotencia se combinan en una mezcla explosiva que conduce a los horrorosos extremos de los que han dado cuenta los periódicos e informativos de la radio y la televisión.

Encima de ello, las autoridades se muestran lentas para hacer las investigaciones e identificar a quienes encabezaron los linchamientos y someterlos a juicio. Solamente falta que los autores de estos crímenes queden sin castigo, amparados en el amplio paraguas de impunidad que cubre a Elba Esther Gordillo.

Una de las pocas voces que se han alzado para condenar los linchamientos ha sido la de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), en unas tibias declaraciones que suenan a perogrullada al referirse a los linchamientos: “No son otra cosa más que aplicar pretendida justicia, porque no es justicia por propia mano; esa no es justicia, es barbarie y hay que sancionar a quienes incitan e impulsan este tipo de soluciones”, dijo –suponemos que enfáticamente– el presidente de la CNDH, Luis Raúl González.

Cuando se requiere una exigencia firme para que se investiguen estos crímenes, González habla para decirnos que los linchamientos no son actos de justicia y, por lo tanto, son ilegales. Y nosotros que pensábamos que estos homicidios tumultuarios se realizaban dentro del marco de la ley. ¡Gracias por la interesante información, señor presidente!

Ante este panorama de violencia, una de las tareas urgentes del próximo gobierno será ocuparse de intentar al menos que las autoridades de todos los niveles recuperen en algo la confianza de los ciudadanos. Persisten la ineficacia en la persecución de los delitos y la violencia que priva en varias zonas del país. Y no se trata únicamente de los cuerpos policiacos, sino de todo el aparato de justicia, desde el uniformado de la esquina hasta los magistrados.

Ardua tarea le espera en este renglón al presidente electo Andrés Manuel López Obrador, quien ha enarbolado la bandera de luchar por los pobres. Ojalá lo cumpla, pues son los pobres los que sí experimentan el rigor de la justicia, como se ha visto con un vendedor de conocida panificadora, quien perdió el trabajo y fue a la cárcel por el delito de robarse dos panecillos, mientras un puñado de gobernadores que saquearon centenas de millones de las arcas públicas disfrutan de sus fortunas mal habidas en completa libertad, sin que nadie los moleste.

Bienvenidos los programas de austeridad. Ya es tiempo de frenar los excesos de la alta burocracia y los desmanes de nuestros representantes populares, que se gastaban el dinero, nuestro dinero, en viajes inútiles. Pero nada se avanzará en realidad si no se reconstruye el aparato de justicia.
26 Agosto 2018 04:00:00
Experto
Viajé por primera vez en avión cuando tenía unos 16 años. En esa ocasión volé de la Ciudad de México –en ese entonces Distrito Federal– a Saltillo en un bimotor DC 3 propiedad de una empresa llamada Aerolíneas del Norte, o algo por el estilo, que cubría la ruta de la capital a Piedras Negras con escala en Saltillo. Meses después, el avión se desplomó y en el accidente falleció el propietario del negocio.

Con el paso de los años he tenido oportunidad de abordar aviones con cierta frecuencia. Como todo buen viajero mexicano he sufrido varias veces el disgusto de los vuelos sobrevendidos, cuando el número de pasajeros con boleto pagado supera al de asientos disponibles. Nunca he aprovechado las ofertas de cambiar de vuelo por boletos gratis y estancia en hoteles, pero más de una vez quedé varado en el aeropuerto por varias horas y hasta un día después del iracundo coro de protestas de pasajeros dejados en tierra.

Estoy curtido en la cancelación de vuelos “por mal tiempo”, en especial en la ruta Ciudad de México-Aeropuerto Plan de Guadalupe, en Ramos Arizpe, lugar que posee una extraña atracción para las nubes y los nublados. Si hay una sola nube en un radio de 500 kilómetros, puede apostar que se encuentra cómodamente posada sobre las pistas del campo aéreo
ramosarizpense.

De los aeropuertos que me han tocado sufrir hay algunos inolvidables. Uno, es el Kennedy de Nueva York. Allí, de la sala de espera al avión nos condujo en autobús y a velocidad endemoniada un chofer deseoso de suicidarse con todo y pasajeros, para luego esperar largas tres horas en el asiento del aparato debido a la congestión del tráfico. Por curiosidad, asomado a la ventanilla, conté 14 jumbos delante del nuestro en espera del permiso de la torre para despegar.

Pero el que se lleva el Oscar en esa categoría es el viejo Dorado, de Bogotá, Colombia, donde, cuando esperaba volver a México se me acercó un joven –muy respetuoso, eso sí– que me preguntó si yo era Javier Villarreal Lozano. Al responderle afirmativamente, siguió el cortés interrogatorio. “¿Cuál fue el objeto de su viaje a Colombia?” “Un Congreso de Historia”, respondí. “¿Aquí, en Bogotá?”. “No, en Cartagena de Indias”. “¿Y hacía frío en Cartagena?”. Eso ya me dio mala espina, pues en esa época en Cartagena ardía de calor. El interrogatorio terminó al preguntarme si tendría yo inconveniente en que tomaran una radiografía. “Ni siquiera he desayunado”, le dije bromeando.

Pero no era broma. Las autoridades colombianas deseaban averiguar si yo, 70 años cumplidos, no era una “mula”, como llaman a las personas que se tragan paquetes de droga para contrabandearla. Firmé el papel autorizando a que me tomaran la radiografía, la cual comprobó que, en efecto, yo no cargaba coca en la panza y ni siquiera había desayunado.

Me vacunaron contra la fiebre amarilla en el aeropuerto de Casa Blanca, en Marruecos, y sobrevolé buena parte de Coahuila gracias a algunos amigos ganaderos de Múzquiz y Sabinas, que antes de la época del narcotráfico utilizaban más la avioneta que la camioneta.

Pero, ¿a qué viene este trozo de autobiografía aeronáutica? Es pertinente para anunciar que, dada mi experiencia, cuando hagan la ridícula encuesta popular sobre si conviene continuar la construcción del nuevo aeropuerto de la Ciudad de México o pegarle dos pistas al de Santa Lucía, escribiré en la boleta: “Yo de eso sé un carajo, como la inmensa mayoría de mis compatriotas. Pregúntenle a un experto”.
19 Agosto 2018 04:00:00
Eduardo
Tres palabras bastaron para desatar recuerdos que creía olvidados para siempre: “Murió Eduardo Guajardo”. En esas circunstancias, uno intenta infantilmente protegerse con el escudo de la incredulidad, pero la realidad acaba por imponerse. Eduardo, “El Guajo” para sus amigos, ya no estará para continuar una sabrosa conversación suspendida hace tiempo. Tampoco se repetirán las largas sobremesas que indefectiblemente desembocaban en su tema predilecto: el paso de Hidalgo y los insurgentes por Coahuila y su aprehensión en Acatita de Baján, del cual era un especialista.

Había estudiado a fondo ese capítulo de nuestra historia hasta casi agotarlo. No había fuente que hubiera dejado sin consultar ni libro relacionado con ello que haya dejado de leer. Tenía, además, la gran virtud de compartir sus conocimientos sin hacer gala de ellos. Lo hacía con naturalidad y sencillez. Cierta noche, en la residencia de don Carlos Abedrop Dávila en Coyoacán, rodeados de obras maestras de grandes pintores mexicanos, Eduardo hizo un pormenorizado y puntual recuento de las actividades de los insurgentes en nuestro estado, exposición que le valió felicitaciones calurosas del propio don Carlos y del entonces gobernador Eliseo Mendoza Berrueto.

Entre mis proyectos se quedó en el frustrante archivo de los nuncas el deseo de concertar una reunión de él con don Carlos Herrejón Peredo, autor de la más completa biografía de don Miguel Hidalgo y Costilla escrita hasta ahora, y con el historiador Lucas Martínez Sánchez. Esa proyectada reunión, que por desgracia no pudo concretarse, hubiera sido una fiesta del espíritu a la que quien esto escribe asistiría en calidad de humilde y mudo oyente.

Siempre apegado al mundo de la historia, Eduardo fue uno de los más activos impulsores de las actividades de la Casa de la Cultura de Sabinas y supo dar vida a los primeros años del Museo de Coahuila y Texas de Monclova, del cual fue director.

Las circunstancias pusieron distancia física entre nosotros, pero no lograron empañar jamás el mutuo afecto. Él había regresado a Sabinas, su tierra natal, donde murió, y separó a tal grado sus visitas a Saltillo que dejamos de vernos. Con su fallecimiento, la lista de amigos sufre otra baja sensible.

Frente a mí, en mi mesa de trabajo, tengo en estos momentos una vieja fotografía tomada en la huerta de Sabinas propiedad de su familia. Allí están, junto a un asador en donde se cocina morosamente un borrego al pastor, don Antonio Malacara, don Melchor de los Santos, Rufino Rodríguez, Álvaro Canales Santos y Armando Fuentes Aguirre. Convocados por Eduardo y su hermano Carlos, disfrutábamos de una comida campestre en la que la sapiencia culinaria del Guajo nos introdujo en las delicias de la patagorría (platillo típico de la región de Sabinas y Múzquiz, hasta entonces desconocido para la mayoría de los comensales), y del adictivo pan de maíz.

Ya no están don Antonio ni don Melchor de los Santos, tampoco él, por supuesto. En aquellos años, todos asiduos a siempre añorados desayunos sabatinos en El Morillo.

Al enterarme de su muerte, de inmediato me vino a la memoria la elegía de Miguel Hernández dedicada a la memoria de Ramón Sijé: “No hay extensión más grande que mi herida, lloro mi desventura y sus conjuntos, y siento más tu muerte que mi vida./ Ando sobre rastrojos de difuntos/ y sin calor de nadie y sin consuelo”… porque hay muertes, como la tuya, querido Guajo, para las que nadie inventó el consuelo.
12 Agosto 2018 04:08:00
Ni perdón ni olvido: justicia
Andrés Manuel López Obrador, presidente electo de México, enfrentó las primeras –y airadas– discrepancias a su proyecto de amnistía. Tanto en Ciudad Juárez como en Torreón, sede de los dos primeros foros sobre la inseguridad, se escucharon voces en contra de la fórmula “perdón, pero no olvido” propuesta por él en el acto celebrado en la frontera chihuahuense.

Sin duda hubo un error de cálculo al calibrar la indignación que priva entre quienes han perdido a un familiar o a un amigo a manos del crimen organizado. Pérdidas rodeadas, además, de bestiales excesos: tortura, mutilaciones, disolución de cuerpos en ácido o sepultados en fosas clandestinas. En reciente artículo publicado en un diario de la Ciudad de México, el doctor Luis de la Barreda se preguntaba si un padre a quien asesinaron o desaparecieron un hijo, o un hijo que perdió a su padre en esta desesperante etapa de violencia podrá perdonar a quienes le arrebataron la vida a ese ser querido. A tal pregunta hay una única respuesta: imposible.

A quienes han afectado de manera directa, inmediata, las atrocidades del crimen organizado, esperan que se les haga justicia. Que la vindicta pública haga cumplir el castigo que merecen quienes cometieron estos crímenes.

Suena utópico y las respuestas obtenidas por la propuesta apuntan hacia la urgencia de que el próximo gobierno del país afine su estrategia para combatir la inseguridad, y vaya más allá, mucho más allá que los pronunciamientos, por atractivos que estos pudieran ser. Para no ir tan lejos, aquí, en Coahuila, hay familias y pueblos enteros con heridas aún no cicatrizadas. La matanza perpetrada en Allende se ha vuelto escándalo y horror internacional. El caso sigue abierto y no se ha llegado hasta las últimas consecuencias en las investigaciones. Y así hay centenas en toda la geografía del país.

Los desencuentros de Juárez y Torreón entre los propósitos y la realidad obligan a López Obrador a replantearse el tema de la inseguridad, que junto con la corrupción ocupa el primer lugar en la agenda de los agravios que más indignan a los ciudadanos. No existe, y esto es seguro, una fórmula mágica para reducir en poco tiempo la inseguridad, que parece haber recrudecido en los últimos meses.

Hasta ahora la “guerra” decretada durante la presidencia de Felipe Calderón y que ha continuado prácticamente sin cambios en el sexenio que está por fenecer, no ha dado los resultados previstos. Habrá que idear otra fórmula. Pero sea cual fuere esta, debe desembocar no en perdón sino en justicia, solamente justicia.

Saqueo impune

La inconsistencia de las acusaciones en contra de la ¿ex? dirigente del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE), Elba Esther Gordillo, le permitió recobrar la libertad. Lo anterior es una demostración de cómo falla la fabricación de culpabilidades, pero también manifiesta la legalidad de un saqueo inmisericorde de los fondos del sindicato que, dicho en otras palabras, son cuotas que profesores de todo el país pagan con mucho esfuerzo, las más de las veces después de cumplir agotadoras jornadas de trabajo.

Según estimaciones, de la caja del SNTE se sustrajeron más de mil millones de pesos que fueron a parar a los bolsillos y cuentas bancarias de la maestra Gordillo. ¡Y esta sangría, de acuerdo con los reglamentos internos de la organización, fue perfectamente legal!

¿No le resulta indignante?
05 Agosto 2018 04:00:00
Salvar a Cuatro Ciénegas
“Cuatro Ciénegas. Urge que las autoridades de nuestro país den pronta atención a diversas especies de animales ‘ancestrales’ que existen en este lugar, para lograr conservarlos y realizar importantes estudios que traigan como consecuencia el descubrimiento de información biológica de trascendencia mundial. Para ello se hace necesario que se establezca una estación biológica…”.

El texto anterior corresponde a un amplio reportaje escrito por el profesor José María Suárez Sánchez que publicamos en el diario El Tiempo de Monclova el 22 de abril de 1969. ¡Hace 49 años! El trabajo periodístico de Suárez Sánchez apareció ilustrado con fotografías de una tortuga bisagra (terrapene coahuilensis) y las de otras especies.

Hoy, casi medio siglo después, pero todavía a tiempo, el gobierno del ingeniero Miguel Ángel Riquelme da los primeros pasos para la instalación de la estación dedicada al estudio de la flora y la fauna del maravilloso valle de Cuatro Ciénegas y sus pozas de aguas azules, donde por las condiciones geográficas diferentes especies de la flora y de la fauna “detuvieron” –por decirlo así– su evolución, convirtiéndose en fósiles vivientes.

Nuestro interés periodístico por el valle de Cuatro Ciénegas ocurrió de manera fortuita. Durante una visita a esa ciudad nos llamó la atención la presencia en el Hotel Ibarra, el único en ese entonces, de un grupo de jóvenes norteamericanos. Eran estudiantes de vacaciones que aprovechaban sus días de descanso para colaborar con su profesor, el doctor Wendell Lee Minckley.

De él escuchamos algo sobre las maravillas que escondía el valle. Relató que cada año organizaba estas expediciones con estudiantes a fin de recolectar especímenes que pudieran ayudar a desentrañar los misterios que guardaba el lugar. Para entonces, el doctor Minckley había identificado una mojarra única en el mundo, la cual lleva su nombre.

En ese tiempo Cuatro Ciénegas era un sitio que circulaba casi únicamente en círculos científicos. “La Puerta del Desierto”, como la llaman sus habitantes, se significaba a nivel local por ser el lugar de nacimiento de don Venustiano Carranza. Las pozas conservaban su belleza natural y no existían amenazas sobre el ecosistema. Preocupaba, sí, que solamente extranjeros se dedicaran a estudiarlo.

Por aquellos años se habló de la posibilidad de que la Universidad Nacional Autónoma de México instalara un laboratorio y el entonces gobernador del estado, don Eulalio Gutiérrez Treviño, hizo algunas gestiones en ese sentido que no fructificaron.

El boom ocurrió después del espléndido reportaje aparecido en la National Geographic Magazine. Entonces fueron los ojos del mundo, ya no sólo de los científicos quienes se fijaron en el lugar. Y empezó el alud de visitantes. La amenaza a la vida del espléndido valle surgió cuando productores de leche laguneros descubrieron a pocos kilómetros de las pozas mantos freáticos explotables para producir alfalfa. Aunque estos tomaron conciencia del daño que estaban causando y dejaron de extraer agua, otros no lo han hecho.

La Estación Biológica proyectada por el Gobierno estatal deberá ser celosa vigilante para que se conserve este santuario donde sobrevive un capítulo de la vida en la Tierra, que podría perderse para siempre si continúa la explotación de los mantos acuíferos que lo alimentan.

Letras sueltas

El 20 de noviembre de 2001, soportando un frío intensísimo, los familiares del doctor Minckley esparcieron las cenizas del eminente biólogo en el valle que tanto amó y estudió.
29 Julio 2018 04:00:00
No es por amargar
La reciente celebración del cumpleaños de Saltillo hizo vibrar las fibras más sensibles del corazón de quienes la habitan, lo cual se tradujo en cataratas de alabanzas a la ciudad que los vio nacer o que los adoptó como hijos. Los adjetivos encomiásticos fluyeron en torrente. La bien amada Saltillo mereció cuanto elogio cabe en la imaginación. Y está bien. Es natural que así sea. Nadie hará notar públicamente el acné de la cumpleañera o la decrepitud del anciano que celebra su onomástico. Es de mal gusto, de pésima educación, arruinar la fiesta. ¿Por qué amargar las ilusiones de la quinceañera tan orgullosa de su vestido ampón?

Pero, como se decía antes, “amor y aborrecimiento no quitan conocimiento”, la objetividad debe imperar sin menoscabo del cariño que se tiene a la hoy capital de Coahuila. La pérdida de la objetividad puede conducir a errores de óptica que impiden a corregir aquello que es corregible y a mejorar lo perfectible. Este cuatricentenario núcleo urbano posee un rostro amable, sí, pero también otro al que no debemos olvidar: barrios marginales, pandillas violentas, ninis, aumento en el consumo de enervantes y opiáceos y cuantos más etcéteras se le ocurran.

Es cierto, Saltillo es una ciudad pujante. Su crecimiento en los últimos 30 años sorprende a propios y extraños. Hace tiempo dejó de ser aquel plácido “rancho grande” habitado solamente, según la conseja popular, por hacendosas mujeres expertas en la elaboración de cajeta, y jóvenes y viejos más o menos inspirados con fama de poetas.

La industrialización no sólo ha dado un nuevo rostro a Saltillo, también ha introducido cambios en las costumbres, al atraer a torrentes de neosaltillenses cada uno con su personal fardo cultural. ¡Ya hay hasta restoranes de comida coreana!

Esta diversidad ha resultado, a no dudarlo, enriquecedora. Sin embargo, asidos a la nostalgia, muchos de nosotros seguimos convencidos de que la torre de catedral, el edificio del Ateneo Fuente y las palomas de ternera del Viena continúan siendo referentes únicos, inmutables e inamovibles de lo que López Velarde llamaba “el ánima y el estilo” de las poblaciones.

Como siempre se ha dicho, el pasado es un lugar muy agradable para ir de visita, pero no para quedarse a vivir en él. Nuestra obligación es enfrentar al Saltillo de hoy con sus ventajas, sus problemas, sus carencias y sus calles urgidas de una reparación a fondo. ¿Ha transitado usted últimamente por el escabroso tramo de la calle de General Cepeda que va de Juárez a Escobedo? Un día de estos va a brotar petróleo de algunos de sus profundos baches. ¿Conoce las colonias que se encuentran al poniente del Cerro del Pueblo?

Amemos a la ciudad, sí, pero no nos quedemos con la visión idílica de ella. Querámosla lo suficiente para empeñarnos en hacerla mejor de lo que ahora es. Hay mucho de qué enorgullecernos, pero también hay mucho que requiere atención. Instalarnos en nuestra burbuja de cristal, cerrando los ojos ante lo que puede resultar desagradable, es una decisión muy cómoda, pero totalmente inútil.

Letras sueltas

La celebración del aniversario 441 obliga a hacer patentes dos felicitaciones. Una para esa gran señora que es doña Graciela Garza Arocha, quien con su restaurante La Canasta puso a Saltillo en el mapa gastronómico de México. Más que merecida la Presea recibió. La otra felicitación es para Iván Márquez y su equipo del Instituto Municipal de Cultura. Ellos hicieron del aniversario una verdadera fiesta tanto popular como de cultura.
15 Julio 2018 04:00:00
La generación AMLO
Andrés Manuel López Obrador, virtual candidato electo a la Presidencia de la República, se propone iniciar a partir de diciembre la tercera transformación del país. Los dos antecedentes históricos de esta serían la reforma encabezada por Benito Juárez y la revolución maderista. Quizá se trate de un buen proyecto, pero con la lista de posibles apoyos en Coahuila, el virtual presidente electo habrá de emprender ese cambio profundo no con una nueva generación de políticos, sino con personajes que vienen del pasado, precisamente de ese México que pretende renovar.

Se comprende que el Movimiento Regeneración Nacional (Morena), dada su reciente creación, se nutra de políticos venidos de otros partidos y de diversas corrientes ideológicas. Sin embargo –siempre desde nuestra perspectiva local–, las pasadas elecciones no representaron, por cierto, la irrupción en el escenario político de una nueva generación de políticos.

En este sentido, la pretendida renovación tendrá características generacionales distintas a las emprendidas por Juárez y por don Francisco I. Madero. Don Benito se rodeó de un grupo homogéneo en edades e ideológicamente. (En 1857, al promulgarse la Constitución, Juárez tenía 51 años; Guillermo Prieto, 39; Ocampo, 43, y Francisco Zarco, 28). Una generación gloriosa. “Parecían gigantes”, diría don Justo Sierra.

Las filas del maderismo, por su parte, se nutrieron de cuadros identificados con la oposición. La juventud de los seguidores del Apóstol de la Democracia es una nota sobresaliente al repasar la biografía de todos y cada uno de ellos. Los menos jóvenes eran los antiguos miembros del Partido Liberal Mexicano, como Antonio I. Villarreal (31 años en 1910), que habían bregado largo tiempo en las riesgosas falanges antiporfiristas.

Con López Obrador la situación es distinta. (Recuerdo que hablo de Coahuila). La opinión pública coloca a la cabeza de los morenistas al candidato electo a senador Armando Santana Guadiana Tijerina, quien hace tiempo militó en el PRI y ocupó una curul en el Congreso del Estado con el respaldo de ese partido. Él acaba de cumplir 72 años.

Otro neomorenista, Javier Guerrero García, coordinador de la campaña en nuestro estado, se inició en las filas de la radical Línea de Masas lagunera. Después fue presidente municipal de San Pedro, tres veces diputado federal –actualmente independiente– y secretario de Finanzas en el gobierno de Enrique Martínez y Martínez, siempre navegando bajo la bandera tricolor. Javier apagará en octubre 60 velitas en el pastel de cumpleaños.

De los diputados de Morena coahuilenses electos, José Ángel Pérez, exalcalde de Torreón y exdiputado local por el PAN, ya cumplió 60 años. De la futura diputada por Monclova, Melba Nelia Farías no se conoce la edad, sin embargo, al renunciar al Revolucionario Institucional para unirse a Morena, dijo hacerlo por la inutilidad de su trabajo de 40 años en ese partido.

Tampoco me fue posible averiguar la edad del futuro legislador federal por el segundo distrito, Francisco Borrego, aunque en las fotos puede deducirse que ronda la sexta década de vida. (Perdón si me equivoco).

El promedio de edad de estos cinco cuadros destacados de la ola coahuilense lopezobradorista es de alrededor de 62.4 años. Hombres y mujeres vigorosos y de experiencia. De ninguna manera descalificados para ocupar cualquier puesto, pero sí lejos de representar a una nueva generación de políticos.
08 Julio 2018 04:00:00
Rescate de una joya
En una suma de esfuerzos del Gobierno federal, a través del Instituto Nacional de Antropología e Historia y el estatal, con la participación de la Secretaría de Cultura, que dirige Ana Sofía García Camil, así como con la colaboración de alumnos de la Universidad Autónoma de Coahuila, finalmente el martes anterior se puso en marcha el anhelado proyecto de restaurar la Capilla de la Concepción en la antigua hacienda de Santa María, en Ramos Arizpe.

Un gran número de veces se hicieron planes, presupuestos y hasta cronogramas para rescatar la capilla, pero a la hora de echar a andar el proyecto algo ocurría y los planes se quedaban en eso, en planes. Hoy se dan pasos firmes para recuperar esta joya del barroco mexicano que, además, cuenta con gran valor histórico.

Aunque se trata de una leyenda de que en esa capilla ofició por última vez el cura don Miguel Hidalgo y Costilla –en el juicio que se le siguió en Chihuahua aseguró haber abandonado todo ejercicio sacerdotal desde el 15 de septiembre–, es muy posible que el Padre de nuestra Independencia haya rezado allí ante la imagen de la Inmaculada Concepción.

En el Museo Nacional de Historia de Chapultepec se exhibe una silla de madera procedente de Santa María, donde se asegura se sentó alguna vez el cura Hidalgo. Quizás sería buena idea replicarla a fin de montar un pequeño museo para aumentar los atractivos del lugar.

Un dato histórico, probado, es que él y los principales insurgentes pasaron la noche del 16 de marzo de 1811 en la casa grande de la hacienda, frente a la pequeña iglesia. También por Santa María, escala en el viejo Camino Real, estuvo don Benito Juárez y cuantos transitaban de Saltillo al norte.

La capilla de Santa María es una construcción humilde, austera. Su presencia exterior no delata la riqueza de su altar, de un barroco desbordado, donde las floraciones en madera dorada invaden con sus caprichosas formas con los estípites de cuerpos bulbosos que marcan lo que los especialistas llaman “calles” del conjunto.

Los estípites constituyen, en materia de columnas, la locura del churrigueresco. Quienes los idearon olvidaron el cilindro de las columnas clásicas y de los rectángulos propios de las pilastras. Echando a volar la imaginación superpusieron volúmenes llenos de adornos hasta rematarlos en un capitel corintio y ramo de hojas de acanto –perdón por la pedantería, pero así se llaman—desbordándose en la parte más alta.

Hoy el ornamentado altar está semidesnudo. Hace ya más de 30 años, la entonces Secretaría de Desarrollo Urbano y Ecología (Sedue) optó sabiamente por retirar las pinturas que existían y depositarlas en un templo católico donde todavía se encuentran. El motivo fue un pleito familiar por la propiedad del inmueble que amenazaba convertirse en saqueo. Entonces tuve el privilegio de ayudar a identificar algunas de las pinturas, algunas de ellas de muy buena factura, que pronto, esperemos, se podrán admirar de nuevo en el sitio que les corresponde.

No es de dudarse que con el apoyo del Gobierno del Estado y bajo la siempre estricta supervisión de Francisco Martínez, delegado del INAH en Coahuila, la restauración observará los cánones para este tipo de delicados trabajos, y que la capilla de Santa María recobrará la prestancia que corresponde a un edificio de tan altos valores artísticos e históricos.

LA DEL ESTRIBO

Hace 106 años, en 1912, el periodista Rafael Martínez, Rip-Rip, escribió una frase que hoy cobra vigencia aplastante: “O nos unimos, o nos hundimos: tenemos el derecho de escoger”.
01 Julio 2018 04:00:00
Hoy
Llegó el día de hacer valer nuestra condición de ciudadanos, la oportunidad de demostrar nuestro deseo de que la democracia se fortalezca en México. Cada compatriota que acuda a la casilla correspondiente, cruce el logotipo de los candidatos que considere idóneos para abrir nuevas esperanzas al país, estará poniendo un grano de arena en la construcción de eso llamado democracia.

Serán millones quienes cumplan hoy con su deber cívico, pero ello no resta importancia al acto personal de votar. Es la suma de voluntades, como la suya, la mía, la de todos, la que hará posible, creíble y fuerte la decisión final.

Habrá, por supuesto, ganadores y perdedores. Eso es parte del juego democrático. No importa de cuál lado hayamos alineado nuestro voto, lo importante es que con nuestra participación –la de todos– quienes tengan en adelante la obligación de dirigir al país, los estados, los municipios, o de representarnos en las cámaras, cuenten con el respaldo que, traducido en responsabilidad, hagan su mejor esfuerzo.

Si nos abstenemos de ir a votar, estaremos anulando el derecho moral de reclamar a quienes no cumplan con sus respectivos deberes y a quienes perviertan el poder o hagan mal uso de este para beneficio personal.

La elección de hoy ha sido considerada por muchos como la más importante de la época moderna. Y lo es, sin duda, no sólo por el número de cargos por los cuales compiten los candidatos, sino por la muy especial y compleja situación por la que atraviesa el país. Sean quienes sean los triunfadores a la hora de contar los sufragios, de ellos espera el pueblo de México no únicamente honestidad, también tino e inteligencia para enfrentar los gravísimos problemas que aquejan a la nación.

El primero de los retos a los que habrán de enfrentarse es el de recuperar la confianza de los ciudadanos, muy erosionada actualmente debido a diversas circunstancias que no es necesario enumerar. Un pueblo sin fe en sus mandatarios acaba, fatalmente, por no creer en sí mismo. Y el pesimismo no es, por cierto, el mejor camino para transitar hacia lo mejor. El pesimismo, ya se sabe, conduce al desaliento y a la parálisis.

Otro de los retos, no menor, será hacer recuperar al Estado el control sobre grandes regiones del país actualmente en manos del crimen organizado. El número de aspirantes a puestos públicos asesinados durante las recientes campañas son una prueba más –por si se requería– de la ineficacia del diseño del combate a la inseguridad.

Uno más, impredecible y peligroso, es el de las decisiones del Presidente de Estados Unidos, cuya volubilidad transforma cualquier tipo de relación en una bomba de tiempo en potencia.

En fin, quien habrá de asumir la Presidencia de la República lo hará también en condiciones muy poco favorables. Requerirá inteligencia y energía, ya no para resolver los problemas, sino al menos ofrecer a los ciudadanos la esperanza de que se marcha por buen camino para solucionarlos, o al menos paliar sus efectos negativos.

Hoy, domingo 1 de julio de 2018 empieza a escribirse un nuevo capítulo de la historia de México, y todos y cada uno de nosotros aportaremos una letra a esa historia con nuestro voto. Pero, eso sí, conscientes de que nuestra obligación hacia el país no termina con el depósito de la boleta en la urna. Allí no concluyen nuestras obligaciones ciudadanas. Estas tienen carácter de permanentes, pues sin ciudadanos vigilantes y prestos a exigir cuando el caso lo amerite, cualquier presidente, gobernador, alcalde, diputado y senador adquiere, en automático, calidad de dictador.
24 Junio 2018 03:00:00
Agua que no has de beber, no la dejes correr
“Las torrenciales lluvias que se abatieron sobre Saltillo revelaron la insuficiente capacidad del drenaje de la ciudad. Numerosas calles recobraron su vocación de arroyos y las alcantarillas se convirtieron en insalubres surtidores de aguas negras.

Millones de litros de agua corrieron calle abajo hasta encontrar el cauce de los pocos arroyos que no han sido taponados por la codicia de los fraccionadores y la lenidad de quienes se encargaban de autorizar la creación de nuevas colonias. (“El agua tiene memoria”, dicen los rancheros).

Estos arroyos desembocan finalmente en ríos del estado de Nuevo León, como el Santa Catarina, que captan el agua de los escurrimientos que cruzan veloces la mancha urbana de Saltillo, dejándonos solamente montones de basura.

Una población como la nuestra, y otras de la entidad, fundadas en el semidesierto, con pocos ríos, lagunas y embalses, dependen de pozos profundos para el suministro de agua potable, cuyo rendimiento tiene relación directa con los niveles de los mantos freáticos, los cuales, en épocas de sequía sufren severo abatimiento. Esto ya hizo crisis en Torreón y Ramos Arizpe, donde se ha tenido que recurrir a la distribución del agua en pipas.

En el sexenio de Enrique Martínez y Martínez se inició un proyecto al que no se dio seguimiento. Consistía en la construcción de pequeñas represas, de las que se hizo sólo una. La función de estos miniembalses es retener agua, con la idea de que al trasminarse al subsuelo se recarguen los mantos freáticos.

Otra solución para aprovechar el agua que corre por nuestras calles la encontraron los monjes de la orden de los mínimos de San Francisco de Paula, en su casa de la calle de Guerrero. Alguna vez, cuando tuve la oportunidad de visitar su convento, uno de los monjes, italiano de origen e hijo de campesinos, me mostró el ingenioso sistema utilizado para regar su huerto.

La casa de los mínimos se encuentra en alto y hacia el poniente, donde está el huerto, el terreno presenta un importante declive. Aprovechando esta circunstancia, los monjes abrieron una alcantarilla en la calle, la cual se conecta con un tanque elevado en el centro de la huerta. El tanque recibe el agua de lluvia captada en la alcantarilla, y con ella mantienen frutales y hortalizas. Sistemas parecidos usaban en los conventos de la Nueva España. Allí, los techos inclinados hacían llegar el agua de lluvia a una cisterna ubicada en el centro del patio para almacenarla.

Comentando con un conocedor, señaló que un sistema parecido funciona en Santiago de Chile, donde cisternas subterráneas alimentadas con agua de lluvia, se utilizan para regar jardines públicos. Esto, aseguró, significa, un ahorro económico para la ciudad y evita la sobreexplotación de los mantos freáticos.

¿No será posible implementar estos sistemas en Saltillo, donde la dependencia de los pozos profundos, sin temor a exagerar, deja en manos de la naturaleza el suministro de lo que los periodistas de antes llamaban “el vital líquido”? Dependencia riesgosa cuando la presa importante más cercana, la Venustiano Carranza, conocida popularmente como Don Martín, se localiza a casi 100 kilómetros al norte de Monclova, o sea a poco más de 300 de Saltillo. Perforar más pozos, es bien sabido, equivale a meter más popotes al mismo vaso, pues el manto freático sigue siendo el mismo.

Ahora, cuando estamos a punto de elegir autoridades municipales, quizá sea el momento de buscar nuevas soluciones a problemas añejos.
17 Junio 2018 04:00:00
De domingo a domingo
Elecciones y futbol. ¿O futbol y elecciones? Dos acontecimientos que en uno u otro orden acaparan hoy la atención de los mexicanos. Unos pensarán primero en las elecciones, muchos en el Mundial de Rusia. Aunque las encuestas señalan desde hace tiempo un puntero en las preferencias de los ciudadanos, queda en el aire el destino de los llamados “votos útiles” y hacia dónde se inclinarán los sufragios de los indecisos.

El futbol, ya se sabe, es hoy una suerte de religión que, en buena medida gracias a la televisión, se ha convertido en universal, como el catolicismo. Esta universalización del deporte de las patadas ha borrado fronteras. Hace años, por ejemplo, solamente a algunos miembros de la H. Colonia Española en México les interesaba si el Real Madrid superaba al Barcelona en el campeonato español, o el blaugrana vencía a los merengues. Hoy, en cambio, millares, quizá millones de mexicanos profesan la fe madrilista como si hubieran nacido en el barrio de Atocha o siguen al Barsa con una fidelidad rayana en el fanatismo digno de los vecinos de las Ramblas.

En el mismo tenor, de hacer una encuesta actualmente, nueve de cada 10 niños y jóvenes dirán sin titubear las nacionalidades de Leo Messi y Cristiano Ronaldo y los equipos en que juegan, pero, posiblemente –para no decir seguramente– no sabrán el nombre del actual diputado local y el senador que los representa.

Respecto a la Selección Nacional hay todavía menos dudas que sobre las próximas elecciones. Nuestros seleccionados despiertan más incertidumbres que entusiasmo, a pesar de los esfuerzos de las televisoras por alentar un nacionalismo futbolero que no acaba de prender. Para colmo de males, los nuestros debutarán en el Mundial enfrentando a esa potencia llamada Alemania y, como se sabe, el muro teutón ha resultado históricamente infranqueable para las huestes mexicas.

Pero eso sí, no cabemos de gozo porque la FIFA decidió que la copa del lejano 2026 se llevará a cabo en México, Estados Unidos y Canadá. Tres países de América del Norte que lograron ser designados sede de la fiesta máxima del futbol, pero son incapaces de arreglar sus diferencias a propósito del Tratado de Libre Comercio. Ces’t la vie, dirían los franceses: Estamos de acuerdo en el fut, pero nos agarramos a patadas cuando de comercio se habla.

Así las cosas. La decisión acerca de quién habrá de ser el próximo presidente la tomaremos el 1 de julio próximo, o sea dos domingos después de que hayamos sabido cómo le fue a los tricolores en su complicado partido contra los hijos de Ángela Merkel, quienes para un buen número de analistas se perfilan como posibles triunfadores de la justa deportiva.

en uno u otro caso, es necesario guardar la calma y tomar las cosas con filosofía. Nada de soltar el tigre si no gana el candidato de nuestras preferencias, ni rasgarse las vestiduras o formar un lago de lágrimas en torno a la Columna de la Independencia si la Selección Nacional resulta eliminada rápidamente. Será la mayoría de los ciudadanos la que decidirá a quién desea como Presidente, y la habilidad o falta de ella marcará el destino de nuestros representantes en Rusia.

En dos domingos más sabremos qué pasó. Lo que a nosotros corresponde es votar el 1 de julio y apoyar moralmente al “Chicharito” y compañía. En otras palabras: llevar la fiesta en paz y que la amargura de la eventual derrota no nos envenene ni nos divida. En la democracia y en el futbol se gana o se pierde, sólo que en la primera no hay empates ni decisiones por medio de tiros de penal.
10 Junio 2018 04:00:00
Ni tragedia ni farsa
De cumplirse los pronósticos de las encuestas, después de 18 años de comprar talonarios completos de boletos, por fin, el 1 de julio Andrés Manuel López Obrador podría ganar el primer premio de la rifa del tigre. El persistente tabasqueño, siempre según los encuestadores, está a punto de ver coronado su añejo sueño de ser Presidente. Un sueño que en las actuales circunstancias puede convertírsele en pesadilla.

Además de los retos que eventualmente ha de enfrentar si gana la elección: inseguridad, corrupción, agresividad de Donald Trump, devaluación del peso –los economistas dicen “deslizamiento”– y lo que se acumule de hoy al día de la toma de posesión, AMLO deberá responder a las expectativas que él mismo se encargó de sembrar entre sus simpatizantes. Y ya se sabe, la esperanza caduca pronto cuando la realidad no le corresponde.

A esto debe sumarse un problema de gran calado que Carlos Loret de Mola consignó en una de sus recientes columnas: armonizar, ya en el poder, a un equipo de campaña compuesto de las más diversas y a veces contradictorias tendencias ideológicas. Mezcla donde caben desde el radicalismo de Paco Ignacio Taibo II, amenazando con la expropiación de industrias, hasta la actitud proempresarial de Alfonso Romo, para no hablar de ese ente llamado Partido Encuentro Social y su religiosidad medioeval.

Decía Carlos Marx que “la historia se repite dos veces, primero como tragedia y después como farsa”. Pues bien, sin afán de forzar paralelismos, la situación en que se verá colocado López Obrador, de llegar a Palacio Nacional, guarda semejanzas al arribo al poder de uno de sus santones cívicos, don Francisco I. Madero. Después de provocar una euforia nacional, ya en el Ejecutivo federal el coahuilense fue incapaz de cumplir las expectativas de gran número de personajes que lo apoyaron y lucharon en la revolución.

Y en política, es bien sabido, el amigo desengañado se torna enemigo irreconciliable. Madero sufrió en carne propia este aserto. Dos ejemplos: Emilio Vázquez Gómez, perfilado para la vicepresidencia, y Pascual Orozco, uno de sus primeros seguidores y coautor, con Francisco Villa, de la toma de Ciudad Juárez, victoria revolucionaria que marcó el final del Porfiriato. El doctor Vázquez Gómez fue sustituido por José María Pino Suárez en la fórmula presidente-vicepresidente, y Orozco se desencantó cuando Madero le ofreció un puesto que él consideró muy menor para el tamaño de sus
merecimientos.

Ambos, de aliados desde la primera hora se volvieron feroces enemigos de Madero. Vázquez Gómez hizo una muy eficaz labor de zapa debilitando al régimen, y Orozco fue de los primeros en levantarse en armas contra don Francisco. Y no fueron los únicos. Con ser tan grande el aparato burocrático que depende del presidente, su amplitud resulta insuficiente si la fila de quienes creen tener derecho a una tajada del pastel del poder es tan larga.

De triunfar en los comicios, López Obrador requerirá de una enorme habilidad política para convertir la heterogénea turbamulta que lo apoya en su campaña en un equipo de trabajo capaz de marchar en pro de un objetivo común, a pesar de las diferencias ideológicas. Cosa nada fácil, por supuesto.

Esperemos, por bien del país, que, de llegar López Obrador al poder, la sentencia de Marx no se cumpla y que la historia no se repita ni como tragedia ni como farsa.

Aviso inquietante

El artero asesinato de Fernando Purón es un ominoso recordatorio de que el mal sigue allí.
03 Junio 2018 04:05:00
¡Cuidado!
La pregunta es obvia: ¿Serán tan optimistas o, mejor dicho, ingenuos, los capitanes del gran capital para creer que tendrán algún efecto las advertencias hechas a sus empleados y trabajadores, a quienes conminaron a rechazar a candidatos –en realidad, a un candidato– populistas en las próximas elecciones? ¿En serio considerarán que su autoridad moral es tal, que son capaces de influir en el ánimo de sus asalariados al elegir a quienes desempeñarán los cientos de cargos públicos que se disputarán en las urnas?

¿Se verán ellos mismos como amados benefactores de la clase obrera, dignos no sólo de gratitud, sino vistos cual guías cuya sabiduría hace recomendable seguir sus consejos, aun en temas tan delicados como el comportamiento a la hora de llegar frente a las urnas?

Es difícil, francamente, pensar que los autores de tales prédicas antipopulistas confíen en que harán cambiar de opinión a quienes trabajan para ellos. Más difícil todavía, creer que los receptores de los mensajes consideren que apoyar a un candidato populista perjudicará por igual a patrones y empleados. En otras palabras les dicen: ‘Tú y yo pondremos en riesgo nuestro futuro en el caso de que un político de esa peligrosísima tendencia llegue a la Presidencia de la República; el peligro del populismo nos iguala y anula diferencias de clase social y la abismal distancia económica que nos separa’.

La campaña patronal, que algunos consideran puede resultar incluso contraproducente, no parece tener como fin inducir a votar por cualquier candidato. Posiblemente se trata de una carambola de tres bandas, para usar el lenguaje de los amantes del billar. Es decir, la idea no es influir en el ánimo del trabajador-votante, sino enviar un mensaje al candidato al que las encuestas dan desde hace meses como seguro triunfador.

Un mensajepara recordarle que no se olvide que allí están, y que son ellos precisamente quienes forman y timonean uno de los principales segmentos de los poderes fácticos. La advertencia de que chocar con ellos causaría serias averías a la nave del Gobierno, y que lo más recomendable es llevarla en paz y dedicarse a buscar acuerdos.

Sea como fuere, esta novedad de que el gran capital entre al juego de las confrontaciones en vísperas de una elección, no presagia nada bueno. Ya de por sí las campañas, cuya columna vertebral ha sido en la mayoría de los casos la descalificación o el insulto a los contrincantes, provocaron ya esa sí riesgosa polarización de la sociedad mexicana, los barones del dinero deberían abstenerse de echar gasolina al fuego.

¡Cuidado! Los radicalismos de cualquier color no abonan nada a esa indispensable unidad que permita al país sumar fuerzas para afrontar los muchos y graves problemas, internos y externos, que le aquejan. Si algunos fanáticos de Andrés Manuel López Obrador parecen confundir la jornada electoral del 1 de julio con la Revolución de Octubre y sus 10 días que conmovieron al mundo, a quienes tienen tanto que cuidar, como son los grandes industriales, les corresponde mostrar cordura y una actitud conciliadora.

La recienteocurrencia del impredecible Trump de aplicar aranceles al acero y al aluminio es una llamada de alerta. La confirmación de que enfrentar al pelirrojo de la Casa Blanca no resulta tarea sencilla, y mucho menos lo será si después de las próximas elecciones nos encuentra divididos y con los distintos sectores en pie de guerra. No se trata de ser alarmista, pero, otra vez: ¡Cuidado!

27 Mayo 2018 03:00:00
Privatización de las calles
Calle Secundino Siller. Frente al negocio, alguien pone todos los días un bloque de cemento en el arroyo de la calle. Encima de este, un recipiente de plástico de cuatro litros al que pegó un cartón que tiene impresa la señal de “No estacionarse”.

Bloque y bote están a un lado de la salida de vehículos, es decir, a unos metros de la rampa. Otros no son tan sofisticados: sólo colocan conos color naranja de plástico, de esos utilizados por la policía para delimitar ciertas áreas en determinadas circunstancias. Pero cualquier cosa sirve, incluyendo sillas desvencijadas.

Este es el método por medio del cual particulares, comerciantes o residentes se reservan un lugar para estacionar su auto, y hasta ahora no he visto a ninguna autoridad ordenar el retiro de tales estorbos.

A lo anterior habrá que sumar la proliferación, esta sí legal, de áreas exclusivas de estacionamiento concesionadas por el Ayuntamiento, las cuales se consiguen mediante una cuota anual. No importa el número de cajones.Pueden ser cuantos el cliente esté dispuesto a pagar.

En la calle de Allende, una de las de mayor tránsito en la ciudad, frente al Mercado Juárez, una casa de empeños se reservó, mediante las consabidas rayas amarillas, ¡tres cajones de estacionamiento! A fin de reafirmar su propiedad, ponen conos anaranjados con el letrero de “Empeño”.

Botes, bloques, sillas, rayas amarillas son manifestación de una galopante privatización nunca antes vista de las calles de la ciudad.

Desconozco cuánto reditúa a las arcas municipales la concesión de estos espacios, pero es fácil  imaginar las repercusiones –molestias– que ocasionan a cientos, quizá miles, de automovilistas en las cada vez más congestionadas calles citadinas.

Sería interesante establecer el comparativo entre el aumento del parque vehicular de Saltillo y el crecimiento exponencial, legal e ilegal, de estacionamientos “exclusivos”.

Tal estudio ayudaría a dimensionar el incremento de los problemas de estacionamiento, el cual provoca la creación de puestos de trabajo informales para los llamados “franeleros”.  

En teoría, las calles son públicas, de todos. En la práctica, al menos aquí en Saltillo, este viejo concepto no opera.

A tal grado ha llegado el crecimiento del binomio: número de vehículos-número de cajones exclusivos, que los pocos estacionamientos existentes se saturan y no se dan abasto con la demanda.

En una sola cuadra de la calle de Bravo, entre Aldama y Pérez Treviño, hay tres, todos hasta el tope casi siempre. Lo anterior es uno de los factores de la paulatina agonía del Centro Histórico, del que tanto decimos estar orgullosos.

Una de dos: o se caen más casas viejas en Saltillo para que los herederos conviertan en estacionamiento la que fuera residencia de sus abuelos –negocio muy saltillero–, o las autoridades ponen freno a la privatización de las calles.

Quizá ninguna de las dos opciones resuelva el problema, pero es posible que lo alivie.     

Habría que señalar también que los concesionarios de cajones exclusivos, virtuales dueños de la calle, tienen buen cuidado de que las rayas de un amarillo que ya hubiera querido Van Gogh para sus girasoles, se mantengan nítidas, brillantes y limpias, pero son incapaces de mandar poner medio kilo de cemento y arena en los hoyancos de las destrozadas, en ocasiones inexistentes, banquetas frente a sus propiedades.

Ellos son dueños de la calle. De las banquetas que se ocupen otros.
20 Mayo 2018 04:09:00
Un banquete
Adolfo Castañón, escritor, académico de la lengua, “bibliófilo hasta el sopor”, Premio Xavier Villaurrutia, Caballero de la Orden de las Artes y las Letras por la República Francesa y “gastrónomo completamente autodidacto”, es un hombre a quien considero simple y llanamente sabio. Sí, sabio sin adjetivos, habría dicho su amigo Octavio Paz. Su enciclopédica erudición resultaría apabullante en cualquier otro. No en él, quien vive, disfruta y comparte sus astronómicos saberes con una naturalidad y una bonhomía enemiga jurada de pedestales y de torres de marfil.

Castañón estuvo en Saltillo el jueves pasado. Vino a presentar la más reciente edición de su libro Grano de Sal y Otros Cristales, sabrosísimo texto condimentado en el que el autor aborda desde distintas perspectivas su amor a la comida. “Libro rico no sólo en sabores, olores y texturas, sino en vocabulario”, como bien dijo Soledad Loaeza.

La presentación, hay que decirlo, se llevó a cabo en el sitio más adecuado: el restaurante Don Artemio, a unos pasos de la cocina donde cual alquimista medieval, el chef Juan Ramón Cárdenas reinventa y reconstruye guisos tradicionales en busca permanente de la piedra filosofal de la delicia absoluta.
Flanqueado por Gilberto Prado Galán y el propio Juan Ramón –teoría y praxis del buen comer–, Adolfo desplegó ante el salón abarrotado una síntesis de su obra, en cuya advertencia liminar asegura con modestia que a veces se expresa mejor con el tenedor que con la pluma. Gilberto y Juan Ramón se encargaron, por decirlo así, de los aperitivos, deleitable preludio del plato principal: la intervención del autor.

Un paladar de la finura y la educación del de Adolfo no admite ni permite fronteras, procedencias y mucho menos escalas sociales cuando de comer se trata. Lo mismo disfruta de un jabalí con salsa de castañas en el restaurante Saint Michel, en el castillo de Chambord, en Francia, que de la infinita variedad de los tacos creados por el ingenio y la necesidad de nuestro pueblo. Sin faltar, por supuesto, el obligado elogio a la tortilla: “Donde hay maíz, hay país” y “Donde hay tortilla, hay patria”.

Además, el libro ofrece, entre otras muchas, una deleitosa sección dedicada a mil voces de cocina y comida, entresacadas de Los refranes del habla mexicana en el siglo xx, de Herón Pérez Martínez.

Pero, finalmente, ¿qué es Grano de Sal y Otros Cristales? Aproximación a los fogones, alabanza de la buena cocina, cita de más de un centenar de autores, desde el anónimo creador del Popol Vuh hasta la alabanza a la alcachofa de Pablo Neruda, sin faltar –¿cómo olvidarlo?– ese gran señor de las letras y de las mesas que fue don Alfonso Reyes.

Acotación al margen: No creo que nadie conozca y haya estudiado con más profundidad a don Alfonso Reyes que el maestro Castañón, a quien El Colegio de México y la Universidad Autónoma de Nuevo León acaban de publicar la sexta edición de Alfonso Reyes; caballero de la voz errante, recopilación de textos de Adolfo en torno a la vida y obra de don Alfonso.

El libro también rescata el recetario del bisabuelo materno del autor, don Juan A. Morán, formulado en 1883 en San Gabriel, Jalisco. Una verdadera joya. Documento valiosísimo que nos acerca a las mesas de los mexicanos del siglo antepasado, cuando en las cocinas se hablaba de “cuatro cuartillos de leche” y la preparación se “deja toda la noche al sereno”.

Un libro, 309 páginas más bibliografía: un banquete.
13 Mayo 2018 04:00:00
El rábano por las hojas
En su artículo publicado el día 7 de este mes, el editorialista Sergio Sarmiento incluyó un disparate indigno de su inteligencia, el cual resulta imposible pasar por alto. En el remate de su texto, Sarmiento dice:

“Este 5 de mayo se cumplieron 200 años del nacimiento de Karl Marx. Muchos lo celebraron, a pesar de que los regímenes inspirados en sus ideas han matado a 100 millones de personas por hambre y purgas políticas. Supongo que tendremos que celebrar también el aniversario de Adolfo Hitler”.

Cuando leí el párrafo apenas podía creer que apareciera bajo la firma de Sarmiento, cuya admiración por el capitalismo y el mercado global son respetables, pero no es ni siquiera creíble que lo orillen a escribir tamañas barrabasadas.

Culpar a Marx de los crímenes cometidos por José Stalin, Mao Zedong y compañía es inconcebible si se dispone de un grano de lógica o, como decía, la profesora Amador en segundo año, si se tienen dos dedos de frente. El autor de una teoría no es, por supuesto, responsable de los actos de quienes dicen aplicarla y hasta torciéndola a su propia conveniencia.

De acuerdo al razonamiento de Sarmiento, cometemos una imbecilidad al celebrar la Navidad, o sea la conmemoración del nacimiento de Jesucristo, pues durante varios siglos hubo quienes, ostentándose seguidores de su doctrina, crearon ese repulsivo organismo conocido como la Santa Inquisición. Como es bien sabido, la Inquisición o Santo Oficio se empeñaba en realizar las poco cristianas tareas de encarcelar, torturar y quemar en la hoguera a miles de personas acusadas de profesar una religión distinta a la católica, ser homosexual, blasfemar o tener sospechas de que se era discípulo de Satanás o practicante de la brujería.

Siguiendo la lógica aplicada por Sarmiento, podríamos responsabilizar a Jesús de Nazaret del inhumano comportamiento del dominico Tomás de Torquemada. También es posible condenar a Jorge Washington, padre de la democracia norteamericana, por la guerra de Vietnam o las decenas de invasiones a países prácticamente indefensos. Por favor, seamos serios.

Peor aún es el absurdo de medir con la misma vara a un filósofo como Marx con ese loco furioso llamado Adolfo Hitler. No, señor, hay una distancia insalvable entre un pensador cuyas teorías pueden no convencernos, y un asesino capaz de instrumentar uno de los más horrendos genocidios registrados en la historia, enarbolando la asquerosa bandera de la pureza de la raza.

Karl Marx –que no debe confundirse con José Stalin, señor Sarmiento– fue un filósofo que en los últimos años ha sido objeto de interesante revaloración. En la portada de uno de los más recientes números de la revista Letras Libres, a la que nadie se atrevería de acusar de socialista o marxista, apareció el retrato de Marx.

En las páginas interiores, la revista incluyó varios artículos acerca de sus libros y la explicación del porqué se ha vuelto de nuevo un personaje atractivo para no pocos teóricos de la economía y más de una docena de biógrafos. 

Lo paradójico de este fenómeno es que lo alentó el capitalismo salvaje, depredador, propiciatorio de la acumulación de la riqueza en una elite reducidísima a costa de la pobreza de grandes masas de la población. En otras palabras, es el enemigo natural de las ideas de Marx, el capitalismo, el que ha conducido a un buen número de analistas y escritores de las más diversas posiciones políticas a interesarse en el autor de El Capital. Moraleja: no hay que confundir el rábano con las hojas.

06 Mayo 2018 04:00:00
¡Gracias!
¡Gracias! es una de las palabras más bellas de nuestra lengua. Sin embargo, admite gradaciones de acuerdo al talante y el tono de quien la pronuncia. Decir “gracias” puede ser a veces demostración de educación, de buena crianza, pero en su más alto significado es expresión que brota natural, espontánea, desde el fondo del corazón. Cuando es así, creo, debe escribirse con mayúscula inicial y flanqueada por signos de admiración.

Un ¡Gracias! con mayúscula inicial y signos de admiración es el que deseo escribir hoy. Un ¡Gracias! rotundo en su sinceridad, sonoro, cálido, capaz de expresar mis sentimientos más profundos hacia quienes organizaron y tomaron parte en el homenaje organizado en mi honor.

Esa tarde, para mí inolvidable, dije, entre otras cosas:

“Aquí se cometió un grave error. Este homenaje debí organizarlo yo para agradecer a la Universidad Autónoma de Coahuila y a su Facultad de Ciencias de la Comunicación, que a lo largo de casi 40 años fueron tan generosas al aceptarme como profesor o, mejor dicho, como estudiante perpetuo de lo mismo que pretendía enseñar.

“He aceptado este reconocimiento, totalmente inmerecido, por brindarme la oportunidad de hacer público el lazo moral y afectivo que sigue y seguirá ligándome a la Universidad y a la Facultad.

“Estos muros no pueden recibirme con indiferencia o extrañeza; guardan entre ellos muchas memorias que hoy no puedo recordar sin cierta especie de melancolía, anuncio de que la puesta del sol está próxima. Sin embargo, como decía Don Quijote, todavía hay sol en las bardas y aún no es tiempo de descansar. Bastante tiempo tendremos para hacerlo después de llegada la gran noche.

“Nostálgico y agradecido, la Facultad y quien habla no han tenido, por cierto, vidas paralelas. Nos conocimos cuando ella apenas nacía en unas aulas a espaldas del Ateneo Fuente, y yo transitaba la madurez. Ella creció y maduró mientras yo envejecía, ¡y vaya que lo he hecho!, con decirles que en mi pasado cumpleaños salieron más caras las velitas que el pastel. (La última frase se la robé a Lou Holtz, el legendario entrenador de futbol americano de la Universidad de Notre Dame).

“Me uní al claustro de maestros de la entonces escuela con la encomienda de venir a enseñar, pero en lugar de hacerlo, día tras día, a lo largo de los años, no hice sino aprender. Lo digo con toda honestidad y sin sombra de falsa modestia: no sé si fui un buen maestro, pero no tengo duda de que disfruté cada hora de clase”.

“Me enriqueció el trato con los demás maestros, el personal y con mis alumnos. Estos me obligaban a una constante actualización, nada mal para un periodista que la primera nota que escribió era alertando a los peatones de la calle de Victoria sobre el peligro representado por los dinosaurios que circulaban a exceso de velocidad. Al mismo tiempo, ellos, los estudiantes, me compartían el vigor, los sueños y la rebeldía que deben acompañar a una juventud bien vivida.

“Hace tiempo un periodista me preguntó: ‘¿Cómo le gustaría ser recordado?’ No vacilé al responder: ‘Como maestro… me gustaría ser recordado como maestro, pero un maestro fiel a la fórmula de Plutarco, quien rechazaba la idea de que la enseñanza consiste en llenar la cabeza de conocimientos, como quien llena un vaso’. El verdadero maestro, decía, es aquel que enciende una llama destinada a brillar con luz propia. Ojalá haya sido yo uno de esos maestros’.

“Gracias, señor director, maestro Miguel Barroso. Mil gracias a todos y cada uno de ustedes. ¡Gracias!”

29 Abril 2018 04:05:00
No confío
Obligado por las circunstancias, debo rescatar algo de mi biografía para dar sentido a lo que hoy escribo. Principio: pasé un tramo inolvidable de mi juventud en la Escuela Nacional de Artes Plásticas de la Universidad Autónoma de México (Antigua Academia de San Carlos), instalada todavía en su majestuoso edificio neoclásico en el cruce de las calles de Moneda y Academia, donde la Victoria de Samotracia nos daba todas las mañanas los buenos días.

Eran los años 50 del siglo pasado. Dos de los tres grandes de la Escuela Mexicana de Pintura, Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros, empezaban a ser cuestionados por jóvenes que formarían después la llamada “ruptura”. José Luis Cuevas acababa de acuñar aquello de “la cortina de nopal”, burlándose de la temática nacionalista de los muralistas, la cual, aseguraba, impedía la entrada al país de influencias estéticas renovadoras venidas del extranjero.

En el mundo del arte era inocultable la efervescencia anunciadora del cambio, pero San Carlos era una burbuja. Allí Diego y Siqueiros seguían siendo gurús intocables. De cuando en cuando dictaban conferencias en la escuela. Hablaban algo de pintura y mucho de política. Ambos, como se sabe, profesaban ideas radicales de izquierda y militaron en el Partido Comunista Mexicano, en ese tiempo una organización clandestina.

Años después, con algunos compañeros de estudios recordábamos el ambiente que privaba entonces en la Academia. Uno de ellos explicó bromeando la semilla de su simpatía nunca desmentida por el socialismo: “Es que sólo había tres cosas para elegir: o eras mariguano, gay o comunista. Y como a mí no me atraía ninguna de las dos primeras opciones, pues me volví comunista”.

Fue broma, pero lo cierto es que entonces nació en muchos de nosotros el interés por la izquierda. Era maravilloso perseguir la utopía de luchar por una sociedad más justa. Y así empezamos a asistir a reuniones “del partido” en la casa de la bella Rosaura Revueltas, hermana de José, el escritor. La verdad, los interminables rollos de los camaradas resultaban soporíferos, pero sí participé en manifestaciones antiimperialistas a raíz de la caída del presidente guatemalteco Jacobo Árbenz, en 1954, tras el golpe de estado perpetrado por la CIA en connivencia con la United Fruit.

Mucho después ocurrió la Primavera de Praga, donde el socialismo real mostró su verdadero rostro. Fue el detonante de la decepción total. En esos días charlaba frecuentemente con el maestro Casiano Campos, icónico comunista saltillense, a quien propuse en tono de chacota abandonar el socialismo y volvernos anarquistas. De inmediato reviró: “No, Javier, el anarquismo no resuelve los problemas sociales”. “Ya lo sé, maestro –respondí–, pero mi propuesta no es para salvar al proletariado, sino como una vía casi religiosa de salvación ideológica personal”. Rio a carcajadas.

Ya en serio, la izquierda–con los matices que usted quiera ponerle– me sigue pareciendo una posición éticamente impecable. Pensar en el bien común, en la justicia distributiva de la riqueza, en el mejoramiento de los que menos tienen, es plausible desde cualquier punto de vista. ¿Pero, a dónde voy con todo esto? Simplemente a una conclusión: mi pasado y mi respeto y admiración por la izquierda me impiden confiar en Andrés Manuel López Obrador, quien ha desvirtuado los principios de la izquierda al organizar, no una coalición, sino un monstruoso mazacote de partidos e individuos indeseables.
22 Abril 2018 04:01:00
Morena y los neoizquierdistas
Armando Guadiana Tijerina. Alumno destacado del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey, donde estudió gracias a una beca del Sindicato Nacional de Trabajadores Minero Metalúrgicos, entonces dirigido por Napoleón Gómez Sada, padre de Napoleón “Napito” Gómez Urrutia, quien heredó el sindicato de su progenitor. Guadiana Tijerina se inició en el servicio público durante el sexenio del ingeniero Eulalio Gutiérrez Treviño, en el área de finanzas. Después fue diputado local. Ocupando una curul en el Congreso, rompió las reglas del juego priista al enderezar una serie de acusaciones contra el ingeniero Luis Horacio Salinas Aguilera, en aquellos días presidente municipal de Saltillo.

Fue un choque frontal y estridente, pero que no pasó de las columnas de los periódicos. Este pecado contra la solidaridad partidista le costó el destierro a la congeladora política y lo enrutó en una exitosa carrera empresarial en el ramo de la minería. Hoy es un hombre de gran fortuna al que se le reavivó el gusanillo de la política. Dueño de explotaciones de carbón en el riñón hullero de Coahuila, que maneja en compañía de uno de sus hermanos, en sus nóminas están los nombres de cientos de mineros.

Por lo demás, nadie le niega capacidad intelectual y una afilada intuición para los negocios. Actualmente es candidato a senador por la coalición Juntos Haremos Historia, cuya cabeza visible e indiscutible es Andrés Manuel López Obrador, líder de Morena.

Claudio Bres Garza. Licenciado en Administración de Empresas. Nació, como dicen los norteamericanos, con una cucharita de plata en la boca, o en sábanas de seda, como decimos en México. Su padre, don Alfonso Bres Burckhardt, fue todo un personaje. Agente aduanal y pionero de la radio en Piedras Negras, fundó la estación XEMU, en el ya lejanísimo año de 1937. En otras palabras, la concesión administrada por la familia cumplió 81 años. Cuando murió don Alfonso, Claudio se convirtió en el concesionario. Dos veces presidente municipal de Piedras Negras y diputado federal por mayoría relativa, Bres Garza militó desde muy joven en el PRI, bajo cuyas banderas hizo una exitosa carrera en el servicio público.

Su momento dorado le llegó en el sexenio del doctor Rogelio Montemayor Seguy, cuando ocupó la dirección de Comunicación Social. Una publicación de 2007 lo incluyó entre los 50 políticos más poderosos de Coahuila.

En la órbita empresarial tampoco le ha ido mal. Fue presidente de la Cámara Nacional de Comercio nigropetense y presidente de los radiodifusores del estado. Recientemente abandonó el PRI y es uno de los dos aspirantes a la presidencia de Piedras Negras por la coalición Juntos Haremos Historia.

En estos tiempos se ha vuelto espectáculo cotidiano –incluso aburrido– que políticos se acuesten perteneciendo a un partido y amanezcan al día siguiente en las filas de otro, aunque proponga proyectos totalmente distintos al anterior. Quienes así actúan lo hacen por muy diferentes razones, válidas en su caso, y nadie les discute el derecho de hacerlo. Decía Eduardo Galeano que uno puede cambiar de país, de religión, de partido, pero nunca cambiar la camiseta del equipo de futbol del cual se es fanático.

Guadiana Tijerina y Bres optaron por cambiar de partido, y eso es muy su gusto o su conveniencia. Pero cabe preguntar: ¿son dos candidatos que encajen ideológicamente en esa izquierda pregonada por Morena y López Obrador?


15 Abril 2018 04:07:00
Sócrates y el celular
Dos mil años atrás, Sócrates, el más grande de los filósofos griegos, sin proponérselo vaticinó el daño que causaría al ser humano el uso del celular. (Los choques y atropellamientos provocados por quienes lo utilizan cuando van conduciendo un auto no lo predijo, porque en sus tiempos no había automóviles). Sin embargo, profetizó con claridad meridiana otros peligros que esconde el teléfono móvil.

En el diálogo Fedro, que a ciencia cierta no se sabe si realmente lo escribió Platón, Sócrates habla de un dios egipcio llamado Teut, quien inventó los números, el cálculo, la geometría, la astronomía, así como los juegos de ajedrez y los dados, y también la escritura. Un buen día, Teut se presentó ante el faraón Tamus, y le hizo una demostración de todo lo que él había inventado, y la forma de usarlos.

Tamus, agrega Sócrates, según transcripción de Platón, le preguntó cuáles eran los beneficios de sus inventos, pero las explicaciones del dios sabio no acababan de convencer al faraón. Cuando llegaron a la escritura dijo Teut: “¡Oh rey! Esta invención hará a los egipcios más sabios y servirá a su memoria; he descubierto un remedio contra la dificultad de aprender y retener”.

Con una sonrisa, seguramente de escepticismo, el faraón Tamus respondió al inventor: “Ingenioso Teus, el genio que inventa las artes no está en el mismo caso que el sabio que aprecia las ventajas y desventajas que deben resultar de su aplicación. Padre de la escritura y entusiasmado con tu invención, le atribuyes todo lo contrario de sus efectos verdaderos. Ella sólo producirá el olvido en las almas de los que la conozcan, haciéndoles despreciar la memoria; confiados en este auxilio extraño, abandonarán a caracteres materiales (las letras) el cuidado de conservar los recuerdos”.

Hagan de cuenta que Sócrates está hablando de mí. No por culpa de las letras, sino por el teléfono dizque inteligente he olvidado especialmente los números telefónicos. Cuando vivía en la Ciudad de México –¡Uy, muchos años atrás–, recordaba 10 o 15 números, en aquel entonces de hasta ocho dígitos! Hoy, me da pena reconocerlo, no recuerdo ni el número del teléfono de mi casa.

Lo que es más terrible, a la hora de ir a depositar mi ayuda mensual para el señor Carlos Slim en alguna oficina de su compañía telefónica, ¡debo consultar la pantallita para darle al cajero el número de mi celular! Estamos ante una dependencia diabólica, que un mal día nos obligará, como a los habitantes de Macondo, a poner letreritos a las cosas para acordarnos cómo se llaman: taza, pluma, computadora, lápiz, borrador, etc.

¿Qué caso tiene retener en la memoria tanto número si basta un clic para conectar con cualquier teléfono registrado en el nuestro? sea sincero: ¿Recuerda usted los cumpleaños de sus amigos o espera que Facebook le avise cada mañana la obligación de felicitar a fulano o a zutana? para colmo, aunque nunca le contesto, de las entrañas de mi celular sale a veces una comedida vocecita instándome a que le haga preguntas sobre todo lo habido y por haber, mientras Google ofrece la respuesta para prácticamente todas las dudas.

El faraón Tamus tenía sobrada razón cuando para concluir dijo al dios inventor: “Con las letras (léase celular y Google) das a tus discípulos la sombra de la ciencia y no la ciencia misma. Porque, cuando vean que pueden aprender muchas cosas sin maestros, se tendrán ya por sabios, y no serán más que ignorantes y falsos sabios insoportables.”
08 Abril 2018 04:07:00
A palabras de borracho
A riesgo de ser tachado de traidor –un Santa Anna cualquiera escribiendo en computadora–, me resulta difícil unirme a quienes se han desgarrado las vestiduras tricolores a propósito de la declaración del presidente Enrique Peña Nieto con respecto a la orden de Donald Trump de enviar la Guardia Nacional para detener “una oleada drástica de actividad ilegal” en la frontera.

Dos aclaraciones: el respeto a México exigido por el presidente Peña Nieto es impecable. Ni siquiera es necesario insistir en ello, pues debe estar en el corazón y el ánimo de todo mexicano bien nacido. Tampoco tengo duda de que la movilización de la Guardia Nacional es un gesto evidentemente inamistoso –no necesariamente una agresión–, una más de las tantas y peligrosas, pero no tan ingenuas, ocurrencias del actual ocupante de la Casa Blanca.

Sin embargo, estoy convencido de que la mejor respuesta hubiera sido la indiferencia. ¿Por qué? Por dos razones: la primera de ellas es que Trump está actuando en su territorio, donde puede hacer lo que desee, en tanto que el Congreso y los ciudadanos se lo permitan, y porque la presencia de la Guardia Civil en la frontera no pasa de ser una burda provocación, y creo que lo aconsejable es atenernos al viejo dicho mexicano: “A palabras de borracho, oídos de mostrador”.   

La ocurrencia de Trump es en realidad una elaborada carambola política para consumo interno de Estados Unidos. El gesto está dedicado a las galerías, a los seguidores del Presidente, a quienes ha vendido, y muy bien, la idea de que buena parte de los males que aquejan a Estados Unidos proviene de su frontera con México. Como el muro prometido desde la campaña se antoja lejos de concretarse debido a la falta de presupuesto, ahora ofrece un paliativo envuelto en un argumento tramposo: “Como no he podido construir el cacareado muro y México se niega a costearlo, entonces, y por lo pronto, voy a colocar una valla humana para resguardar nuestra frontera”.

En otras palabras: “Miren, aun sin muro, los voy a proteger de la mala influencia venida del sur que en forma de drogas e indocumentados amenaza nuestro sagrado american way of life y la supremacía blanca”.

Por otra parte, la orden le es útil para demostrar a quienes lo apoyaron en las urnas que no ha cambiado de opinión acerca de los mexicanos. Y de pasada, reprocharnos nuestra real o supuesta incapacidad de sellar convenientemente –para Estados Unidos– la frontera sur, por donde cruzan millares de centro y sudamericanos que pasan por México con la idea de introducirse sin papeles a Estados Unidos.

Debido a la ola de violencia desatada por los narcotraficantes en buen número de ciudades fronterizas, ha crecido notablemente la presencia de las fuerzas militares, soldados y marinos, en estos lugares. No obstante, nadie, ni aquí ni en el otro lado del río Bravo, habla de la militarización mexicana de la frontera con Estados Unidos.

Trump nos ha dado tiempo suficiente para conocerlo. Es un ser impredecible, xenófobo, racista, iletrado, rencoroso y dado a lanzar baladronadas a diestra y siniestra. También sabemos de tiempo atrás que México es uno de los temas preferidos de su xenofobia, hasta haberla vuelto una cantilena. Además, hay abundante información de que las cosas se han complicado dentro de su país, y de que enfrenta el repudio de las minorías, del partido opositor y de miles y miles de mujeres y jóvenes. Por eso, quizá, lo más conveniente es no darle el gusto de que puede irritarnos, y ver cómodamente cómo sale de su atolladero, si es que sale.

01 Abril 2018 04:07:00
Fanáticos
Partidos contrarios a Morena, voceros gubernamentales, cónclaves de banqueros, economistas estadunidenses, expertos en finanzas y analistas, tanto extranjeros como nacionales, insisten en señalar los graves problemas que enfrentaría el país de triunfar Andrés Manuel López Obrador el próximo mes de julio. A pesar de que AMLO ha moderado su discurso hasta colocarse en el extremo derecho del cuadrante ideológico, según lo señaló en una entrevista el respetado Roger Bartra, algunos pronunciamientos del tabasqueño siembran inquietud en amplias capas de la población que esgrimen buenas razones para fundamentar la desconfianza.

¿Es todavía López Obrador un peligro para México, como lo tildaron tiempo atrás? Tal vez, pero observando la actitud y el comportamiento de un buen número de sus seguidores, la respuesta, sin duda, es afirmativa. Ante este fenómeno, cabe preguntar: ¿quién resulta más peligroso para el futuro de la nación: el abanderado de Morena o quienes lo apoyan?

Quizá se piense que esto es una barbaridad, pero en lo personal, me causan más temor ciertos lopezobradoristas que el mismo candidato de Morena, porque el abanderado de la coalición de partidos Juntos Hagamos Historia no tiene simpatizantes ni seguidores, tiene fanáticos. Y los fanáticos, a los que guían los sentimientos, no la razón, son capaces de las más terribles barbaridades en defensa de la que creen es “su causa”.

Diversos opinadores profesionales han externado su extrañeza por la aparente invulnerabilidad de ALMO. Diga lo que diga, haga lo que haga, sus fanáticos no oyen, no ven, no razonan, mucho menos cuestionan. Puede designar al impresentable Germán Martínez –“sapo”, lo llamó un lopezobradorista de hueso colorado, Paco Ignacio Taibo II– candidato a una senaduría plurinominal. También es capaz de establecer alianzas con el Partido Encuentro Social, una agrupación política salida de las catacumbas, y tampoco eso le resta simpatías –¿debí escribir adoración en lugar de simpatías?– de quienes lo veneran.

Hace años, Enrique Krauze calificó de mesías tropical al candidato de Morena. Es posible que el mote no se ajuste del todo a la personalidad del AMLO de hoy, pero desde la perspectiva de los lopezobradoristas, el calificativo es impecable. Probablemente él no tenga en el fondo un carácter mesiánico, pero resulta indudable que hay quienes lo consideran un ser providencial, reencarnación de Benito Juárez y Lázaro Cárdenas, portador de la verdad venido desde Tabasco a estas tierras para salvar a la Patria.

Tales sentimientos cuasi religiosos entrañan, sí, un gravísimo peligro. Nadie sabe de lo que es capaz un fanático. Andrés Manuel predijo que de no haber elecciones limpias, confiables, se “soltaría el tigre”, y que en esta ocasión él no se ocuparía de amarrarlo. La metáfora, de la que Porfirio Díaz podría alegar derechos de autor, es una clara amenaza y, además, una manifestación monstruosa de egolatría al considerarse el único capaz de aplacar a su rebaño.

Otra característica de ese fanatismo es el hecho de que los adherentes a Morena ven desde ahora a López Obrador en la silla presidencial. Si bien las encuestas le dan una ventaja considerable sobre el resto de los aspirantes, los amloistas no “confían” en que ganará las elecciones; ellos “saben” que las ganará. Certezas propias de fanáticos, insisto.

25 Marzo 2018 04:07:00
Anticorrupción: un primer paso
Según revelan estudios sobre la percepción de los ciudadanos, el problema de la corrupción desbancó, mandando al segundo lugar el de la inseguridad. Queda más atrás la preocupación por la economía, no obstante la amenaza latente representada por ese ser impredecible que gobierna actualmente Estados Unidos. Ya lo sabemos, sus opiniones, amenazas o promesas dependen del humor con que despierte en la Casa Blanca.

Aunque la corrupción ha sido históricamente un mal endémico de México, es ahora cuando el ciudadano de a pie, “la gente del común”, como diría Montaigne, la coloca en primer lugar de la lista de causas que provocan su irritación y hartazgo. Es lógico que así suceda, pues nunca antes habíamos conocido una corrupción de esta escala, la cual incluye triangulaciones maquiavélicas tanto dentro del país con participación de ciertas universidades como en el tablero de los llamados paraísos fiscales del mundo.

También resulta relativamente nueva la ostentación que gustan hacer algunos políticos y líderes sindicales de su mal obtenida riqueza: autos italianos para el júnior, relojes de marcas prestigiadas, residencias palaciegas, departamentos en Miami y cuentas con decenas de ceros en bancos del extranjero.

Hoy podemos recordar con nostalgia aquella terrible acusación lanzada por los periódicos de la época contra el yerno de don Adolfo López Mateos, después de que este dejara la presidencia. Un sagaz reportero de un diario capitalino reveló que el esposo de Avecita López Mateos se había enriquecido en el sexenio de su suegro, pues, asómbrese usted, tenía el suficiente capital para ¡abrir una casa de té en el Paseo de la Reforma de la Ciudad de México! No se ría, esta noticia apareció bajo grandes titulares allá por 1965 y provocó un escándalo.

La escala de la corrupción que ahora se descubre un día sí y otro también afecta al ánimo de más personas gracias a la comunicación, especialmente las redes sociales, donde la hija de un líder petrolero no siente rubor al informarnos que en uno de sus viajes a Europa compró un boleto extra en primera clase para ¡su perrito de peluche!, o el júnior exhibe un flamante Ferrari, regalo de papá.

Hay suficientes motivos para la indignación ciudadana. Esto es innegable. Sin embargo, a pesar de que es de esperarse que los aspirantes a suceder al presidente Peña Nieto orbitarán sus discursos en torno al combate a la corrupción, esta no se terminará por arte de magia o por el simple cambio de residente de Los Pinos.

Además, los electores deben estar conscientes de que en el caso de que se haga un combate frontal a la corrupción y se castigue a los corruptos, eso por sí solo no resolverá los otros grandes problemas del país: el decepcionante desempeño de nuestra economía, la pobreza en que sobreviven millones de compatriotas, el incremento de la inflación y la ya arcaica desigualdad del reparto de la riqueza, que hace más de 200 años sorprendía al barón de Humboldt cuando anduvo por estas tierras.

La corrupción es un gran problema, pero no el único. Atacarla sería, a no dudarlo, un buen punto de partida, pero no hay que confundir esto con la meta final. Incluso con todos los corruptos en las cárceles, los mexicanos que viven en la miseria continuarán viviendo en la miseria y la inseguridad seguirá imperando en muchas ciudades. Se requiere más que promesas de honestidad para superar los rezagos económicos y sociales que arrastra el país. Mucho más.
18 Marzo 2018 04:08:00
El antes sagrado hogar
Hay un viejo cuento británico que retrata a la perfección la celosa defensa que hacen de sus derechos individuales los hijos del Imperio Británico: “Habla un campesino muy pobre, casi miserable: ‘Mi casa es muy humilde. Cuando llueve, entra el agua. Cuando sopla el viento, entra el aire. Sí, a mi casa entran el agua y el aire, pero el rey no puede hacerlo si antes no le doy permiso’”. La defensa del espacio sagrado del hogar, la inviolabilidad del domicilio, ha sido una constante. En esto, como en otras reformas legales, los ingleses fueron pioneros. Se adelantaron más de un siglo a la Revolución Francesa en lo que hace a la defensa de los derechos del hombre.

Con base en experiencias en otros países, en México existía hasta hace poco el requisito de que un juez extendiera una orden de cateo, para permitir a cualquier autoridad entrar a un domicilio a realizar un registro. Sin embargo, por una controvertida decisión de la Suprema Corte de Justicia, ahora las fuerzas de seguridad pueden entrar y registrar un domicilio sin necesidad de solicitar al juez una orden. Sólo se requiere, según la SCJ, la presunción de un delito. Ya ocurridos los cateos –después de atole, dirían mis tías–, una autoridad competente juzgará si las razones que los motivaron eran válidas.

Aunque se trata de un campo donde es deseable que los especialistas emitan sus opiniones, el anuncio de esta medida produjo de inmediato un alud de reacciones en contra. La presidenta del Tribunal Superior de Justicia del Estado, Miriam Cárdenas cuestionó de inmediato la decisión de la Corte, al considerarla inadecuada, ya que, dijo, “rompe con nuestra tradición jurídica. Y si antes era una exigencia y había abusos, pues puede abrir la puerta para que se den más”.

Argumento incuestionable. Si se deja al criterio de los policías la necesidad de catear un domicilio, no se requiere de mucha imaginación para pensar en un crecimiento exponencial de los ya de por sí frecuentes e indignantes abusos de las fuerzas de seguridad pública.

La intensidad del rechazo fue tan firme, calificada y unánime, que la Suprema Corte realizó el jueves anterior una sesión para precisar puntos, que a juicio de los ministros no estaban del todo claros. Con ello lanza una mala señal a los ciudadanos, pues la falta de claridad –ambigüedad– de cualquier ley no solamente propicia interpretaciones a conveniencia de autoridades y particulares, también, en automático, prohijará abusos que ya se cometen sin necesidad del permiso de la Corte.

Como lo señalan órganos internacionales, México ocupa un pésimo lugar en lo que se refiere al respeto de los derechos humanos. También es cierto, y nadie podrá negarlo, que nuestro país enfrenta gigantescos problemas por la inseguridad imperante en numerosas regiones. Sin embargo, tampoco es posible negar que en muchas ciudades y municipios las policías no sólo conviven con la delincuencia, sino, lo que es el colmo, están a sus órdenes. Ante esta realidad resulta evidente que el problema no se resolverá vulnerando los derechos de los ciudadanos.

Esperemos que los señores ministros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación definan con toda claridad, y en lenguaje comprensible para los legos, los alcances de la medida aprobada. Ya de por sí los ciudadanos tienen suficientes motivos para volverse suspicaces, y este es el momento menos propicio para alimentar su desconfianza en el Estado y las autoridades que lo representan.
11 Marzo 2018 04:08:00
Información vs diversión
La popularización de Netflix y otras empresas afines provocó la caída de la televisión como principal espectáculo familiar. En los últimos años, la TV ha registrado un descenso en picada de sus niveles de audiencia, sin que se vislumbre la posibilidad de un repunte. Pero el fenómeno Netflix –llamémosles así a todas las ofertas de series y películas a elección del cliente– ha traído otras consecuencias, algunas preocupantes.

Entre ellas, quizá puramente anecdótica, está el hecho de que ver telenovelas se haya convertido en costumbre “intelectualmente correcta”, para decirlo de alguna manera. Claro, ya no se llaman telenovelas, ahora son series. Hace años los telechurros, como se les rebautizaba con un pedante dejo de dizque superioridad cultural, eran diversión propia de amas de casa ajenas al mundo superior de las ideas (bueno, es un decir). Nadie que se considerara intelectual se atrevía a confesar que seguía las peripecias de la guapa Verónica Castro en Los Ricos También Lloran, y mucho menos las maldades de Catalina Creel de Cuna de Lobos, villana clásica personificada por la recientemente fallecida María Rubio.

No, ¡qué va! Eso era para señoras cansadas de planchar y lavar los platos de la cena, deseosas de escapar de la monótona cotidianeidad de sus vidas. Hoy, gracias a Netflix, hasta los académicos más conspicuos comentan entusiasmados lo emocionante que les resulta seguir la carrera criminal del “Chapo” Guzmán y las trapacerías de los políticos en House of Cards. Esto es, ya lo decíamos arriba, aceptable e “intelectualmente correcto”. Pero, ¿qué son esas series sino teledramas alargados hasta la novena temporada? Hay poca diferencia, si acaso existe alguna.

Ahora bien, si antes me parecía que un ama de casa, después de ocho horas de trabajo en la oficina o en la industria, haber preparado a oscuras el desayuno de los niños, y regresar a casa ya casi de noche a dar de cenar a su familia, tenía todo el derecho de buscar diversión acompañando en sus temporales sufrimientos a Angélica María. ¿Pues qué esperaban? ¿Acaso pensaban que después de una jornada agotadora, de un correr de un lado para otro y acostar a los niños, tendría ánimos de ponerse a leer la Crítica de la Razón Pura de Kant, o Ser y Tiempo de Heidegger? ¡Por favor!

Pero hay otros efectos menos inocentes. Uno, muy notable, quebradero de cabeza de un gran número de profesores de periodismo, es el hecho de que la pantalla chica, como la llamaban los periodistas de antes –ahora las hay gigantescas– olvidó dos de los tres compromisos que hipotéticamente se le asignaban: divertir, informar y educar. Netflix redujo la triada ideal a uno solo: divertir. Debido a ello, para estos profesores resulta desesperante que lleguen sus alumnos a clases vírgenes de información.

Quienes veían o aún ven televisión, de pronto, al hacer cambio de canal pueden tropezarse con un programa informativo. Ahora ya no sucede. El hommo netflixensis enciende la tele o la computadora para ver el capítulo de la serie que desea ver y entretenerse un rato. ¿Información? ¿Qué es eso?

Los jóvenes han abandonado los periódicos sustentados en papel, como dicen los elegantes, y no ven informativos en la tele. Su conexión con el mundo se reduce a unas cuantas frases e imágenes leídas y vistas de prisa en el teléfono inteligente. Eso sí, están enterados a todo color qué comió un amigo amante de subir a la red el platillo que está dispuesto a devorar. Pero casi de nada más.
04 Marzo 2018 04:08:00
Impunidad al volante
Martes 27 de febrero. 4:30 pm. Esquina de Presidente Cárdenas y Zaragoza. Semáforo en rojo. De pronto, un auto compacto con un letrero al costado que dice “Seguridad Privada” arranca y a toda velocidad cruza Zaragoza mientras el semáforo sigue en rojo. Y no sólo eso. Una cuadra más adelante repite la hazaña: cruza la calle Hidalgo, donde otro semáforo luce también un rojo intenso.

Jueves 1 de marzo. 7:48 am. El congestionado periférico Echeverría, a la altura del Centro Metropolitano. La circulación de sur a norte es un enorme gusano de luces que se mueve lentamente. De norte a sur el tráfico es más fluido. La aguja del velocímetro se acerca a la marca de los 80 kilómetros –hipotética velocidad máxima en esa vía. Sorpresivamente, por la derecha rebasa un pequeño auto rojo. Pasa tan rápido que al conductor respetuoso de la velocidad permitida le es imposible siquiera echarle un ojo al conductor o conductora del pequeño bólido color fuego, que lo pasa fácilmente, dejándolo atrás como si se tratara de “un perro amarrado”, para usar la gráfica expresión de un amigo. Si el conductor respetuoso circula a 80 kilómetros por hora, el o la del cochecito meteoro debe de ir al menos a 110 o 120 kilómetros, dada la rapidez con que se pierde a lo lejos culebreando entre otros autos.

Viernes 2 de marzo. 10:30 am. Esquina de Allende y Aldama. Semáforo en rojo. El conductor se orilla a la izquierda de Allende, con la intención de tomar Aldama. Decenas de peatones cruzan la bocacalle, mientras los automóviles esperan el cambio de luces del semáforo. Intempestivamente, ante la fila de coches detenidos, se adelanta un motociclista. Usa un casco negro y lleva en el asiento trasero de la moto a una mujer morena sin casco. El motociclista se detiene invadiendo la franja a rayas, que marca –también hipotéticamente– el paso reservado a peatones. No ocurre nada. La moto sigue allí hasta que el semáforo marca el siga.

Tres estampas urbanas. Usted seguramente puede agregar más de una docena de historias semejantes vistas y sufridas en las calles de Saltillo, donde el respeto al reglamento de tránsito y a los límites de velocidad parecen estar hechos para unos cuantos conductores anticuados carentes de audacia. Automovilistas con el celular a la oreja o incluso tecleando mensajes. Jóvenes y no tan jóvenes hundiendo el acelerador hasta el piso. Desdén por las rayas amarillas, algunas desteñidas casi hasta la invisibilidad, pintadas en las bocacalles.

Los mexicanos nos quejamos de la caterva de pillos, gobernadores y funcionarios públicos, que luego de saquear el erario y organizar sofisticadas triangulaciones financieras, logran que los dineros públicos vayan a parar a sus bolsillos o a los de sus familiares, y que después no reciban castigo. ¡Impunidad!, gritamos hasta desgañitarnos.

Esa, la de la impunidad, es la peor plaga del país, afirman opinadores profesionales.

Es verdad. ¿Pero la impunidad de los automovilistas y choferes saltillenses? ¿Quién se queja de ella? No es cosa nueva. Sin embargo, parece que el reciente anuncio de las autoridades del Ayuntamiento de suspender las fotomultas e incluso no cobrar las infracciones generadas por ese sistema fue el banderazo de salida para gozar a plenitud de impunidad, pues hasta ahora, quizá por mala suerte, quien esto escribe jamás ha visto a un agente detener a un infractor del Reglamento de Tránsito.

¿Por qué hemos de esperar a que ocurra una tragedia para empezar a pensar en ponerle remedio a esto?




25 Febrero 2018 04:08:00
¿Eso en el Senado?
Con la inclusión en las listas de legisladores plurinominales de Morena del exdirigente obrero (bueno, es un decir) Napoleón Gómez Urrutia, ahora sí quedó fuera de duda que el peor enemigo de Andrés Manuel López Obrador se llama Andrés Manuel López Obrador.

El tabasqueño parece obstinado en provocar el rechazo de grandes grupos de ciudadanos y aun de algunos de sus más fieles seguidores. Se diría que el todavía puntero en las encuestas en la carrera por la Presidencia abrió las puertas de par en par de Morena, en una suerte de “open house”, que aprovechó para colarse una horda de alimañas políticas altamente tóxicas y no pocos pillos impresentables. Todos, suponemos, apostándole al triunfo del Peje y deseosos de estar cerca de quien esperan empiece a repartir puestos a fines del año.

Su alianza con un partido medievalmente conservador y el descarado coqueteo con la profesora Elba Esther Gordillo levantaron las cejas –de sorpresa– de muchos. ¿Un político que intenta venderse como de avanzada pacta con un grupúsculo escapado de los sótanos de la inquisición? ¿Por qué ese acercamiento con Elba Esther, recluida en su prisión particular de cinco estrellas en la colonia Polanco de la Ciudad de México? La maestra, incluso suponiendo que haya sido aprehendida por motivos políticos, tiene bien ganada y comprobada fama de corrupta aficionada a la vida de dispendios y de compradora compulsiva de ropa y accesorios de marca, pagados por la fatigosa tarea de miles de profesores.

Un buen número de analistas explica esto como producto de la nueva imagen de López Obrador, que de político radical se transformó en un pragmático a rajatabla. Le interesa engordar a Morena, sin importarle si el alimento del partido procede de un basurero. Pero agregar a la lista a Napoleón Gómez Urrutia es la cereza de ese extraño pastel tabasqueño compuesto de cualesquier ingredientes, varios de ellos de probada eficacia como vomitivos.

Una sola vez he coincidido con Napoleón Gómez Urrutia. A su padre lo entrevisté en numerosas ocasiones, pero al príncipe heredero lo vi por primera, y espero que última vez, en la presentación de un libro, en Monclova.

Un periodista monclovense escribió la historia de la Sección 147 del Sindicato Minero Metalúrgico y me pidió lo prologara, lo cual hice con mucho gusto. Después me invitó a presentar el libro.

No sé si Napito, como le llaman, se robó 50 millones de dólares de los mineros sonorenses, pero sí me resulta extraño que haya podido vivir 10 años en Canadá sin tener una fuente de ingresos conocida. Aun suponiendo sin conceder que sean falsas las acusaciones en su contra –una persecución organizada por la mafia del poder, según dice López Obrador– con sólo haberlo visto una vez me parece indigno de representar a nadie en el Senado de la República.

En aquella ocasión, para tomar notas de lo dicho por un presentador, sacó una pluma Mont Blanc de oro, edición especial, objeto muy poco adecuado en manos de un supuesto defensor de la clase trabajadora. Pero eso no fue todo. Lo peor vino después. Al abandonar el salón tuve la mala fortuna de atestiguar un espectáculo indignante. En la salida aguardaba al líder una valla de obreros. Sí, dos hileras formadas por varias decenas de trabajadores (¿vasallos?), que aplaudían al paso de su majestad Napoleón II con un entusiasmo digno de mejor causa. ¿Ese ridículo reyezuelo de pacotilla en el Senado de la República? Me parece aberrante hasta imaginarlo.

18 Febrero 2018 04:08:00
Un rector diferente
Además de convertirse, a partir de mañana, en el primer rector lagunero de la Universidad Autónoma de Coahuila, el ingeniero Salvador Hernández Vélez posee otras particularidades inéditas o poco frecuentes, si se le compara con sus antecesores inmediatos. Una de esas características es su participación, tiempo atrás, en la lucha de causas populares.

Allá en los años 70 del siglo pasado, tomaron fuerza dos movimientos ubicados a la izquierda del cuadrante ideológico: Línea de Masas y Línea Proletaria. La primera con foco principal en Torreón y municipios circunvecinos; la segunda, de perfiles obreristas, con la Sección 147 del Sindicato Minero Metalúrgico de Monclova como punta de lanza.

Hernández Vélez participó en ambos movimientos y no hace mucho publicó un libro recordando esa etapa de su autobiografía política. Muy activo en Torreón, también formó parte de Línea Proletaria en Monclova, donde pertenecía a un grupo de intelectuales que apoyaba a los trabajadores simpatizantes de la Línea.

Tiempo después se adhirió al Partido Revolucionario Institucional, del que llegó a ser dirigente en el estado. Con tal historial no es riesgoso predecir que su labor al frente de la Universidad habrá de adquirir un tono –digámoslo así– distinto, novedoso. Además, al revisar esos antecedentes, se vuelve comprensible que el eje maestro del discurso de su campaña en busca de la rectoría fuera la palabra “cambio”.

Por otra parte, de los últimos cuatro rectores, solamente uno antes que él –Mario Alberto Ochoa Rivera– egresaron de escuelas públicas de educación superior. El resto (tres) cursó y terminó su carrera en una institución privada, el Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey.

Su currículum hace suponer que la rectoría de Hernández Vélez irá acompañada de transformaciones, algunas de las cuales resultan urgentes. Entre ellas, en primer lugar, la forma de elección de rector y directores de escuelas y facultades, que quienes encabezaron el movimiento por la autonomía de la Universidad, insuflados por el ambiente ideológico del momento, democratizaron a ultranza.

Como se sabe, en esas elecciones se implantó el voto paritario, es decir, dando el mismo valor al voto de un profesor con doctorado y 30 años frente a grupo, que el de un preparatoriano recién ingresado.

En este renglón, la UAdeC es una pieza de museo, pues en la mayoría –si no es que todas– las universidades del país, incluyendo la Nacional Autónoma de México, la designación del rector y de los directores de escuelas y facultades es responsabilidad de un consejo formado por destacadas figuras de la misma universidad, que antes de tomar una decisión evalúan y entrevistan a los aspirantes.

También se antoja impostergable fortalecer la figura de los directores, que en algunos casos se ven maniatados, e incluso nulificados, por consejos formados por alumnos y maestros, quienes, en ocasiones, obedecen más a intereses de política interna y no a una verdadera preocupación académica.

El nuevo rector enfrenta grandes retos que, dado el respaldo demostrado por la comunidad en las pasadas elecciones, habrá de superar con el apoyo de una inmensa mayoría de profesores y alumnos.

La promesa está allí: habrá cambios. Esperamos, por bien de la Universidad, en particular, y de Coahuila, en general, que esos cambios la pongan en el rumbo de la superación en todos los órdenes, teniendo como meta la excelencia.
11 Febrero 2018 04:07:00
Yo, el analfabeto
A fines de los 60 o principios de los 80 del siglo pasado, apareció un libro revelador, El Shock del Futuro, de Alvin Toffler. Sin ser una secuela del primero del autor, La Tercera Ola, este enfrentó al lector a una realidad cotidiana sobre la que no se había reflexionado a fondo: los cambios operados en la vida de los seres humanos debido a los avances tecnológicos. Los vertiginosos progresos de la ciencia y de la técnica prácticamente colocaban entonces a la humanidad en un mundo nuevo.

En uno de los capítulos, para dramatizar las transformaciones operadas gracias, o por culpa, de la tecnología, Toffler señalaba que si su bisabuelo resucitara, sería prácticamente un analfabeto, pues no sabría lo que era la electricidad, ni los focos, ni los plásticos ni los vuelos transatlánticos.

Pues bien, sin necesidad de resucitar –lo cual espero no ocurra–, este escribidor no ha caído en el más profundo analfabetismo gracias a una forzada adaptación a aparatos y expresiones de los que nunca tuvo idea. A pesar de haber sido un niño fanático de las aventuras de Buck Rogers, al paso de los años hubo de ir agregando a su vocabulario palabras que no existían o que aprendió con significado diferente.

Quienes, como decía José Emilio Pacheco, somos los últimos mexicanos a los que no arrulló esa nana electrónica llamada televisión, nos asomamos al mundo a través de la radio y del cine. Quizá, con alguna barnizada de raíces griegas y latinas hubiéramos podido pensar que televisión era un vocablo primo hermano de telescopio, digamos, por cuyas raíces, tele –lejos– y visión –ver, mirar– podríamos soñar un aparato entonces inexistente capaz de trasmitir imágenes a larga distancia. ¡Si nos asombraba que Dick Tracy se comunicara con su jefe utilizando un minúsculo transmisor-receptor de radio incrustado en su reloj de pulsera!

Eso para no hablar de computadoras, chips, ratones o mouses, Facebook, Instagram, WhatsApp, megas, emoticones, cursores o incluso arrobas. Esta última palabreja, si se estaba un poco familiarizado con la historia, la asociaba a una anticuada medida de peso. “Estar en línea” era imaginar hacer cola frente a una ventanilla. ¿Postear? Los muros eran los que pintaba Miguel Ángel o Diego Rivera y no había más pantallas que la del cine o la de las lámparas, y un meme era un estúpido.

Pero no sólo la tecnología trajo un vocabulario inédito. También lo hicieron asuntos ajenos a ella. Si entonces alguno decía de otro que era gay, el traductor rudimentario del inglés con que estaba equipado el cerebro interpreta literalmente: “persona alegre”. Tampoco había homofóbicos ni hogares monoparentales, los que existían eran niños huérfanos de padre o de madre. ¿Y qué les parece eso del jet lag, escuchado por primera vez hace apenas dos o tres décadas atrás?

La lista es interminable: chido, antro, table dance, scort, amigovio, cool, fajar, dar el rol, chatear, dejarte en visto, celular, el ya olvidado casete, sustituido por los más sofisticados CD o el bluetooth; zapear, pintarrón –nieto del viejo gis–, escanear, pixeleado, bolsas de aire, videojuego, modisto, jueza, presidenta y demás etcéteras, cinturón de seguridad, staff, banner, aromaterapia, yim –abreviatura de gimnasio–, spinning, aeróbico, aeroespacial, CEO, micro, pashmina y delate, por citar unas cuantas.

Centenares de nuevos términos. Han sido años y años de aprendizaje para más o menos estar al día y medio hacernos entender en esta cuarta, quinta o sexta ola.


04 Febrero 2018 03:00:00
Tiempo y forma
Por inesperada, la reaparición del exgobernador Rogelio Montemayor Seguy en la escena política estatal provocó diversas reacciones. Aunque un par de meses antes había tenido una salida que podríamos calificar como discreta, al externar su intención de competir por una senaduría, su carta y un artículo periodístico con su firma publicados el jueves anterior lo colocaron, para decirlo lopezvelardianamente, en la mitad del foro. Esta vez no fue la expresión de una aspiración personal. No, ahora asumió una postura crítica sobre las condiciones del país y del estado.

Los últimos años hemos atestiguado el rompimiento de cánones políticos que durante décadas fueron ley no escrita sobre el “correcto” comportamiento de, por ejemplo, los exgobernadores de Coahuila. Salvo una excepción muy reciente, la costumbre imponía que quienes abandonaban el Gobierno estatal, aunque continuaran de una u otra manera en el servicio público, mantenían una sana, discreta y silenciosa distancia respecto a sus sucesores.

La regla fue observada incluso por aquellos que, como don Braulio Fernández Aguirre, al terminar el periodo al frente del ejecutivo coahuilense (1970-1976) continuaron en el servicio público. Don Braulio fue elegido senador y, posteriormente, director de la Comisión Nacional de Zonas Áridas. Pero ni como funcionario federal ni como senador hizo referencia, a no ser laudatoria y de respaldo, a quienes ocuparon el despacho principal del Palacio Rosa después de él. Eso no obstante haber tenido con uno de ellos, don Óscar Flores Tapia, relaciones poco amistosas en el pasado.

Quizá se trate de un efecto de la efervescencia política que se vive en el país por las próximas elecciones, las cuales se anuncian reñidas y han provocado confrontaciones verbales incendiarias entre los precandidatos y sus partidos. Puede ser. Sin embargo, y a pesar de los antecedentes, no deja de sorprender esta súbita irrupción en el escenario por parte de un hombre del carácter y la formación académica y política del doctor Rogelio Montemayor Seguy.

Él, como cualquier otro ciudadano, goza del derecho de expresar sus opiniones, pero quienes le conocen y le han tratado tienen –tenemos– una impresión que no acaba de encajar en el perfil del autor de la carta y del artículo. Normalmente cauto, racional a la hora de tomar decisiones, de pronto rea-pareció, aunque sin abandonar las buenas maneras, dejando sentir en la carta la decepción que le causara no haber alcanzado la candidatura a la senaduría y haciendo propuestas en el artículo. Extraña, además, que en su escrito caiga en señalamientos que suenan extemporáneos, como el tema de la deuda estatal, sobre la cual no recuerdo que se haya pronunciado en público.

Es difícil pensar que un tropiezo de ese calibre –no ser postulado candidato– haya podido detonar la irritación que se trasluce en sus escritos, pues su biografía consigna desventuras de gran calado. Entre ellas el asesinato de su íntimo amigo Luis Donaldo Colosio y el llamado Pemexgate, las que superó al retomar con éxito sus actividades industriales, impulsando en los últimos años el proyecto de aprovechamiento del gas shale.

La de un hombre de la preparación y la experiencia del doctor Montemayor es una voz valiosa, atendible. Sin embargo, los medios, el tono y las circunstancias que eligió para hacerse escuchar no parecen ser en el momento actual los más apropiados.
28 Enero 2018 04:08:00
Coincidencias inesperadas
A 106 años de distancia e instalados ideológicamente en las antípodas, resultan más que curiosas, reveladoras, las coincidencias entre el Premio Nobel de Literatura peruano Mario Vargas Llosa, nacido en Arequipa, Perú, en 1936, y el historiador saltillense Carlos Pereyra, quien nació en Saltillo en 1875.

Sin embargo, al leer el más reciente artículo del autor de Pantaleón y las Visitadoras publicado en El País, donde aborda Fire and Fury, éxito instantáneo de librería dedicado a exhibir al impredecible e impresentable presidente de Estados Unidos, Donald Trump, de inmediato viene a la memoria el libro de Pereyra El Mito de Monroe, aparecido en 1912. Ese año, otro racista, William Howard Taft, ocupaba la Casa Blanca, quien contaba entre sus hazañas el haber despedido a la mayoría de los negros que ocupaban puestos públicos en el sur del país.

“Parecería –escribía Vargas Llosa hace una semana– que la política de Estados Unidos atrae a mediocridades irredimibles, ciegas al idealismo y a toda intención altruista o generosa, sin ideas, ni principios, ni valores, ávidos de dinero y de poder”.

En 1912, Pereyra pensaba: “Los Estados Unidos es un país sin clases directoras, en que los negocios públicos, bajo sus dos aspectos de política interna y de relaciones con otros pueblos, están entregados a la explotación de las bandas mercenarias, llamadas partidos, bajo la mirada indulgente de una plutocracia que emplea para sus propios fines, indistintamente, a los hombres de esos partidos… La plutocracia, invisible e omnipotente, no representa ninguna tradición nacional”.

Vargas Llosa también hace referencia a la plutocracia de la que hablaba el saltillense: “Los billonarios juegan un papel central en esta trama y, desde las sombras, mueven los hilos que ponen en acción a parlamentarios, ministros, jueces y burócratas”.

Estilos diferentes, ideas afines.

Acerca del nativismo racista de Trump, su odio a los mexicanos y los peligros que conlleva su desprecio a países por él considerados agujeros de mierda, el peruano hace predicciones ominosas: “Es probable que jamás en la historia de Estados Unidos se haya empobrecido la política intelectualmente tanto como durante la presente Administración. Esto es grave para el país, pero es todavía más para el Occidente democrático y liberal, cuyo líder y guía va dejando de serlo cada vez más”.

Más de un siglo antes, el saltillense percibía las relaciones internacionales estadunidenses como una calamidad, en su caso, para todo el continente. “De allí que la diplomacia yanqui, cruel, como tiene que serlo en sus tendencias necesarias de hegemonía, de absorción y de conquista, no es siempre verdaderamente nacional, sino una proyección gigantesca, continental, de las condiciones de esa cloaca política que tiene su representación más inmoral en las relaciones del trust con los gestores de la política”.

Es obvio que Vargas Llosa no comparte los sentimientos antiyanquis que distinguían a Pereyra, y que sus críticas están dirigidas no a un sistema, sino a un hombre. También lo es que el saltillense registró a lo largo de su vida la transformación de su óptica acerca de los vecinos del norte. En un principio, durante el porfiriato asumía una posición ambigua, que se radicalizó con el tiempo. Radicalización también experimentada por Vargas Llosa al enfrentar a ese fenómeno llamado Donald Trump.

A veces se lleva uno sorpresas y encuentra novedades leyendo viejos libros que ya nadie, o casi nadie, lee.
21 Enero 2018 04:05:00
Agua vs hielo
Sucedió en Saltillo. En cierta ocasión, al presentarse una antología de textos de escritores coahuilenses, los encargados de los comentarios se dedicaron a criticarla. Uno habló de la pésima selección de los trabajos incluidos en el volumen. Otro arremetió contra lo que él consideraba un pésimo diseño y el mal gusto de las ilustraciones. El tercero tomó el libro entre sus manos y abriéndolo ante el auditorio demostró su deplorable encuadernación. En fin, aquello fue una hora dedicada a afear la edición, la pobreza del contenido y los defectos técnicos, sin faltar uno a quien tampoco le gustó el papel utilizado en la portada y en las páginas interiores.

El editor había delegado la organización de la presentación a un hombre de confianza. Irritado, al terminar aquella carnicería disfrazada de acto cultural, encaró al encargado de invitar a los presentadores: “¿Por qué invitaste a estos tres…?”. Este, sin poderse borrar del rostro el gesto de desconcierto, se quedó callado. El editor insistió: “¿Por qué los invitaste?”, a lo que el aludido, con voz apesadumbrada respondió: “Pues, por pendejo”. Ante una explicación tan sincera, el enojo del editor se disolvió en una sonrisa. Dio dos palmadas en el hombro del responsable y con ello terminó el asunto.

La anécdota viene a cuento a propósito de lo que los periódicos bautizaron como megacarambola al accidente ocurrido en uno de los pasos elevados del periférico Echeverría de Saltillo. Como es sabido, en este choque participaron más de 40 vehículos, entre ellos una camioneta-patrulla de la Policía Municipal.

Cuando los periodistas intentaron averiguar las causas de la multitudinaria colisión, más de tres de los conductores involucrados aseguraron que la carpeta asfáltica estaba cubierta de hielo. La versión de las autoridades correspondientes, como les dicen los reporteros de policía, fue diferente.

Culparon a tres factores: la neblina y la consecuente escasa visibilidad, el pavimento mojado y la alta velocidad a la que conducían los automovilistas.
La versión oficial no resiste al ser confrontada con lo dicho por los participantes en el accidente. Además, aplicando la más simple lógica, cabe preguntar: ¿por qué no ocurrieron accidentes similares en los tramos bajos del periférico, donde también había niebla y humedad? Es lógico pensar que en los pasos elevados, más expuestos al viento del norte, de donde llegó la onda gélida, la lluvia se congeló. Esto no sucedió en los tramos a nivel de la calle, protegidos por las construcciones que los flanquean.

Podría argumentarse que ese mismo día se registró otro choque múltiple en la salida a Zacatecas. Sí, pero allí fue diferente: un chofer adormilado embistió con su camión a cinco o seis autos detenidos en el rojo del semáforo.

La cosa es más trascendente de lo que parece, pues se trata de una autoridad que intentando negar la realidad deteriora su credibilidad. Y eso tiene consecuencias graves. Si se niega de esa manera, ¿por qué no poner en duda cualquier declaración que haga en el futuro? ¿Por qué no reconocer que el frente frío los sorprendió y hubo retraso al tomar las medidas pertinentes, como cerrar el acceso al paso elevado? Nadie espera –estaría loco– autoridades perfectas que jamás se equivocan y cometen errores. Nadie espera eso, pero todo ciudadano puede alentar la esperanza –y el derecho– de tener autoridades dignas de crédito.
14 Enero 2018 03:00:00
Uno de esos días
Hoy sábado es uno de esos días. El solitario cursor de la blanca pantalla de la computadora aparece y desaparece. Semeja el latir de un corazón. Su cadencia no cambia, lo cual, si se tratara de un corazón, seguramente haría feliz a cualquiera sometido a un electrocardiograma. Sin embargo, tratándose de una computadora, el acompasado ritmo del cursor tiene por momentos efectos hipnóticos en quien lo mira con la mente en blanco sin encontrar un tema capaz de cumplir al menos dos condiciones: interesar al lector y hacer posible teclear 3 mil 400 caracteres (espacios incluidos) intentando ser original, sin usar paja de relleno o repetir lo que otros han dicho hasta el cansancio.

De pronto, el latir del cursor deja de hipnotizar y parece impacientarse. Le desespera la falta de actividad de quien está obligado a ponerlo en movimiento e ir llenando la pantalla con letritas. Pero el presunto escribidor sigue allí sin empezar ni siquiera una frase. Sólo mira fijamente la pantalla en cuyo impoluto vacío palpita el solitario cursor. Por la mañana leyó un par de periódicos y leyó noticias en su celular. No puede negarlo, hay en la agenda de los medios infinidad de asuntos merecedores de un análisis o una opinión. Ninguno que le atraiga y lo induzca, finalmente, a trabajar.

Quizá los avances tecnológicos hayan aumentado el número de musas, y exista alguna ocupada de inspirar a los opinadores. Si la hay, como diría Joan Manuel Serrat, andará de vacaciones o de plano ya se jubiló. De nada sirve apartar la vista de la pantalla, mirar el techo, observar la vieja fotografía donde aparece niño con mirada ausente rodeado de sus hermanos, hacer como que acomoda los libros que fatigan a la mesa de trabajo o tomar un paño para limpiar el inexistente polvo en la computadora. Nada. Y el cursor, dale que dale. No para.

Claro, está la política como tema posible. No. Más que un analista, la clase política mexicana urge de un réferi, como los de la lucha libre, del box o del futbol americano. Alguien capaz de amonestar a quien en el ring castiga a su contrincante con golpes bajos y lance un pañuelo al campo cuando un jugador se excede utilizando rudeza innecesaria. No, la política no le atrae este día.

¡La inflación y la cuesta de enero! Decenas de especialistas han abordado ya estos graves asuntos económicos, y cosa rara, todos han coincidido que son muy malos para el bolsillo de los ciudadanos y el bienestar de las familias. ¡Ni modo que buscando ser original, defienda la inflación y la cascada de aumentos de precios de los productos básicos! Tampoco está tan desesperado.

¿Y el libro de moda? Sí, ese, Fire and Fury, de Michael Wolff. No, definitivamente no es necesario leer 336 páginas para saber que Donald Trump, en mala hora Presidente de Estados Unidos, es imbécil. Imbécil, y encima arrogante, capaz de llamar países de mierda a un puñado de naciones africanas y centroamericanas.

También está la galopante corrupción que agobia a México. ¿La corrupción es un mal endémico? ¿Es parte de nuestra cultura? ¿Históricamente acompaña a nuestra patria desde la conquista, o incluso antes? Sí, es cierto, pero con perdón de ustedes, eso de condenar la corrupción e instar a tirios y troyanos a ponerle freno es más viejo que la misma corrupción. ¿Y los chapulines que brincan de un partido a otro? Tampoco. La verdad es un tema desechable alegando escrúpulos tanto estéticos como morales.¿Para qué gastar más tinta en gente así?

Tú sigue palpitando, cursor… Hoy es uno de esos días.
07 Enero 2018 04:06:00
Cuarenta años del Pape
Cuando se escriba la historia de la cultura de Monclova será indispensable dividirla en dos periodos: antes y después de Harold R. Pape y Suzanne Lou Robert de Pape. Su arribo, a principios de los años 40 del siglo pasado, a la antigua capital de Coahuila y Texas no solamente representó el despegue industrial de la ciudad, también marcó el inicio de un vigoroso movimiento cultural cristalizado luego en el Museo-Biblioteca Pape, que ha cumplido ya 40 años de servir a la comunidad.

Don Harold y doña Suzanne formaron un matrimonio que conjugó el empuje y la visión de él con la sensibilidad y la bondad de ella. De esta mezcla surgió la Fundación Pape, la cual no sólo ha mantenido sino ampliado cuatro décadas y por tres generaciones la misión trazada por sus iniciadores.

Graduado en Estados Unidos, el ingeniero Pape conoció a su futura esposa en París, donde él trabajaba temporalmente. Ella, diseñadora de sombreros en la casa de Caroline Reboux, gustaba de pilotear los entonces frágiles aviones, afición que en ese tiempo demandaba una gran dosis de audacia. Al celebrarse el 25 aniversario de la fundación del Museo-Biblioteca, Elena Poniatowska recreó con su particular estilo ese salto desde la avene Matignon, en el distrito de la moda parisino, hasta el cielo:

“¿Qué le pasa a una francesa que diseña sombreros? Seguramente también le crecen las ideas, porque Lou Pape no sólo se quedó en diseñadora de sombreros, sino que sus ideas la jalaron hasta el cielo, piloteó un avión y fue la primera mujer en volar de París a Casablanca (en 1931). Su nombre de soltera fue Suzanne Robert y cuando su madre le dio a luz no supo hasta qué grado las hadas le habían bendecido con una niña de múltiples dones, una niña que llevaba la estrella del talento en la frente”.

El edificio original del Museo-Biblioteca, al parecer inspirado en el Panteón de Roma, es obra del ingeniero Antonio Harb Karam. Ha crecido en tamaño y en servicios, agregándosele una ludoteca para niños, el Mini Pape, y un edificio exclusivo destinado a la biblioteca, cuyo crecimiento exigía espacios más amplios. Exposiciones, presentaciones de libros, conferencias y una feria anual de libro mantienen en permanente actividad al Museo-Biblioteca, por cuyos muros han pasado las creaciones de los más importantes artistas nacionales.

A la muerte de doña Suzanne, su hija, esa inolvidable dama llamada Amparo Pape de Benavides, no se conformó con mantener las ya de por sí plausibles tareas de la Fundación. Trabajó para hacerla crecer, ofreciendo a Monclova dos hermosos parques bautizados Xochipilli en honor del dios de la flor y el canto de los aztecas.

Hoy, Gerardo Benavides Pape, hijo de doña Amparo, se ocupa de continuar la labor iniciada por sus abuelos. En Gerardo confluye venturosamente la visión empresarial de su abuelo y de su padre con la sensibilidad de su abuela y de su madre. Además, heredó de su padre y de su bisa-buelo –el papá del señor Pape diseñaba parques de beisbol– la pasión por el Rey de los Deportes. Es propietario del equipo de los Acereros de Monclova y de los Pericos de Puebla.

En cierta ocasión, el presidente Adolfo López Mateos preguntó a los señores Pape por qué vivían en Monclova cuando su fortuna les permitía residir en cualquier ciudad del mundo. “Porque esta es nuestra tierra”, le respondieron aquel ingeniero y aquella pintora que por puro amor canjearon Estados Unidos y París por Monclova, donde desde hace 40 años se levanta el más bello de sus monumentos, el Museo-Biblioteca Pape.
31 Diciembre 2017 04:01:00
Corte de caja
Salvador Novo se impuso como tarea escribir un soneto cada fin de año. Imprimía unos cuantos ejemplares, pues los destinatarios de la corta edición eran los miembros de su círculo más íntimo. Lo selectivo de la distribución era aconsejable dado el contenido francamente pornográfico de algunos. Se diría que el compromiso autoimpuesto le pesaba algunas veces, como le ocurrió seguramente en diciembre de 1959, cuando salieron de su pluma versos donde se mezclan la sátira y la amargura: “Juguemos al pendejo, vida mía,/ verás qué divertido, cuando a huevo/ tienes que celebrar el año nuevo/ con sonetos y muecas de alegría”.

Sin el deber de componer un soneto, quienes escribimos para los periódicos parece estamos obligados a intentar un recuento –un corte de caja– del año viejo, o bien hacer predicciones acerca del nuevo asomado en el calendario desde el balcón del 31 de diciembre. Como profetizar es actividad propia de unos señores barbudos del Antiguo Testamento, lo más conveniente será espigar entre los acontecimientos ocurridos que marcaron su huella en los 12 meses anteriores.

Este agonizante 2017 nos dejó, como todos sus congéneres, nacimientos y funerales, risas y tristezas, despedidas y bienvenidas, esperanzas y frustraciones. Intentemos un apretado y fatalmente incompleto recuento.

En Coahuila, 2017 estuvo marcado por la política. Tras unas competidas elecciones y más de cinco largos meses de suspense, las autoridades electorales dieron a conocer que el sucesor del licenciado Rubén Moreira Valdez sería el ingeniero Miguel Ángel Riquelme Solís. Contra lo esperado por quienes auguraban un apocalipsis estatal, el ingeniero Riquelme tomó posesión en un acto significado por su tersura. El nuevo gobernador dio desde el primer día muestras de oficio político. De espaldas al triunfalismo, restañar heridas fue la consigna. También tuvimos la novedad de estrenar micropresidencias municipales que tendrán una duración de solamente 12 meses, aunque se teme que algunos de los alcaldes resulten como de medio tiempo, pues se dedicarán simultáneamente a administrar a los municipios y a buscar su reelección.

La política nacional estuvo igualmente muy movida. Los aún precandidatos a la Presidencia de la República iniciaron sus campañas. En busca de fortalecerse, los partidos amasaron coaliciones con objeto, además, de negar el viejo dicho de que el agua y el aceite no se mezclan. “Cosas veredes, Sancho”, vaticinaba Don Quijote a su escudero. Lo inédito en esta ocasión fue el lanzamiento de la precandidatura de José Antonio Meade en el PRI, por tratarse de un hombre que nunca ha sido priista, mientras en la esquina contraria se armó una coalición –mazacote, la consideran algunos– de dos corrientes históricamente irreconciliables.

En el mundo de la cultura, 2017 fue con todo merecimiento del escritor Julián Herbert, cuyo volumen de cuentos Tráiganme la Cabeza de Quentin Tarantino incluyó El País en su lista de los mejores 20 libros latinoamericanos aparecidos en el año por fenecer. Otras publicaciones, entre ellas Forbes, dedicaron a Julián comentarios laudatorios. Asimismo, resulta destacable la ratificación de Ana Sofía García Camil como secretaria de Cultura, decisión del gobernador Riquelme bien recibida por una comunidad de suyo difícil de complacer.

Pero el espacio se acaba y solamente me resta desearles lo mejor para el inminente 2018.
24 Diciembre 2017 04:08:00
Memorias de la melancolía
Celebración ineludible. Es Navidad y abordar el tema se vuelve poco menos que obligatorio, aunque lo redactado esté dirigido a eventuales lectores ahítos de pavo, tamales o pierna de puerco, todo ello bañado con bebidas bien pertrechadas de alcohol y sin ganas de leer. Sin embargo, hay distintos ángulos para elegir. Depende del humor de cada cual. Habrá quienes prefieren instalarse en la euforia navideña. A otros los inspirará el fastidio provocado por los problemas de tráfico y la aglomeración en los comercios. No faltan los que, enarbolando la espiritualidad, condenan la forma en que el nacimiento de Jesús se ha desvirtuado hasta convertirse en la fiesta mayor del consumismo desenfrenado. También es posible echar a retozar la nostalgia, recordar sillas vacías en el comedor, rememorar ingenuas esperanzas infantiles y enlistar juguetes que hace años, muchos años, los hicieron felices.

En fin, enfoques no faltan, pero lo difícil, por no decir imposible, es encontrar algo novedoso, no trillado. Empeño harto espinoso. Literatos geniales se han ocupado de la Navidad. Charles Dickens lo hizo como todo lo que hacía, magistralmente, en el Cuento de Navidad, y hasta creó un personaje paradigmático, Scrooge, enemigo oficial del 25 de diciembre desde hace 174 años. El norteamericano O’Henry nos legó una estampa navideña clásica: el cuento de la pareja de jóvenes esposos sin dinero que, tratando de halagarse mutuamente, él vende su reloj a fin de poder regalarle a su esposa una bella peineta para adornar su hermosa cabellera, mientras ella vende su cabello para comprarle una cadena para el reloj de su marido. Ahora bien, los nacionalistas pueden acudir a La Navidad en las montañas de Ignacio Manuel Altamirano.

Después de tales monumentos compuestos con letras, a uno solamente le queda la disculpa de León Felipe: contar cosas de poca importancia. Extraer recuerdos ajados por los años, pero siempre gratos, pues, como es bien sabido, la bruma del tiempo todo lo vuelve azul. Memorias de la melancolía, como reza el título del libro autobiográfico de la injustamente olvidada María Teresa León. Memorias de la melancolía despertadas al recordar a aquel niño de 10 u 11 años arrobado ante los aparadores de la Ferretera Sieber, luminosos cofres de tentaciones que en la época decembrina rebosaban de juguetes enlistables en la carta al Niño Dios– Santa Claus aún no se popularizaba de este lado del río Bravo.

Recordar a ese mismo niño ante el lujo que a él le parecía faraónico de la mesa del comedor, donde el cristal de las copas centuplicaba la luz del candil, mientras al centro se alineaban cuatro velas rojas sostenidas en un tronco adornado con piñas a modo de candelero, hecho con las manos mágicas de su madre. Y al día siguiente, sentado en el piso, mirando como hipnotizado el trenecito eléctrico Lionel dando vueltas alrededor del pino colmado de luces y esferas.

Recordar a ese niño, ya hombre, eligiendo regalos para sus hijos, con un sabor agridulce en el corazón, por la lejanía de algunos de ellos. Recuerdos para contar hoy casi con impunidad absoluta, en el entendido de que sus presuntos lectores seguramente se reducirán a un mínimo microscópico después de una cena pantagruélica, el intercambio de regalos y repetidos brindis deseando a familiares y amigos una Feliz Navidad, misma que el escribidor desea a todos ustedes sin copa en la mano y la pantalla de la computadora frente a él. Ni modo, no hay justicia en este mundo.
17 Diciembre 2017 04:09:00
A ponerse serios
Pelele, pirruris, señoritingo, desquiciado, pollo que llegó desplumado, autor de disparates, cara pálida necesitada de sol… Eso y más sólo para empezar. De seguro aún faltan muchos calificativos y cientos de frases presuntamente injuriosas por escuchar y leer, siempre y cuando el ciudadano tenga el humor y la paciencia de ponerse a oír o leer los ataques que se lanzan y se lanzarán los miembros de la clase política nacional, en estos rounds de calentamiento de las precampañas y durante las campañas rumbo a las elecciones presidenciales del año próximo. Tales disparos de ingenio, verdaderos monumentos a la creatividad político-literaria, parten de todos los frentes apuntando hacia todos los frentes. Ninguno de los aspirantes a suceder al presidente Peña Nieto está a salvo de los dicterios y de las frases burlescas.

¿Y la intransigente posición de Donald Trump en las negociaciones del Tratado de Libre Comercio, la que pone en riesgo –entre otras cosas– la buena marcha de la industria automotriz del país? ¿Y los alcances del proyecto de la controvertida Ley de Seguridad Interior? ¿Y la amenaza de concretarse deportaciones masivas de Estados Unidos a nuestro país? ¿Y la histórica pobreza de millones de compatriotas? ¿Y la corrupción? ¿Y la inflación que insiste en empujar hacia arriba? ¿Y el bailoteo de nuestro peso? ¿Y las desapariciones forzosas? ¿Y los feminicidios? ¿Y las fosas clandestinas? ¿Y… y… y…?

Fruslerías, pensarán los autores de tales ocurrencias. ¿A quién le pueden importar los temas aburridos? De eso que se ocupen los opinadores, siempre tan amargos y tan proclives a ver la realidad a través de cristales oscurecidos por el pesimismo. Hagamos a un lado esas cuestiones. Utilicemos el cerebro en imaginar nuevos adjetivos para resaltar los defectos (ciertos o inventados) de los rivales de nuestro candidato. Eso resulta más divertido y esperemos reditúe buenos dividendos a la hora de la votación.

Lo que es peor: ni siquiera es una idea original de la joven camada de políticos mexicanos. Hay antecedentes. Vicente Fox, a quien México tuvo la mala fortuna de soportar como presidente 6 años, acostumbraba llamar “La vestida” al candidato del PRI, Francisco Labastida Ochoa, y en 2006 López Obrador vociferó a Fox un “¡Cállate, chachalaca!”. Con tales referencias no hay mucho espacio para dar paso a la esperanza de que finalmente se eleve el nivel de los discursos, y de las injurias se pase a las propuestas.

A nadie se esconde que el México de hoy vive un momento crítico. Hay acechanzas del exterior, pero también, no menos graves, del interior. A meses de una elección presidencial, en las que están en disputa gobiernos de varios estados y decenas de presidencias municipales, es obligación de los políticos y de los partidos hacer planteamientos serios y ofrecer proyectos viables. Es mucho lo que se jugará en 2018 en unos comicios que se anuncian desde ahora competidos. Se jugará, sin exagerar, el futuro del país.

Resultará fatal que frente a las urnas, los ciudadanos deban elegir entre un pirruris y un irresponsable, o entre un cara pálida y un pollo desplumado. Es hora de olvidarse de la adjudicación de motes a los contrincantes en un juego que recuerda los chacoteos de muchachos preparatorianos.

Por favor, señores aspirantes y dirigentes de los partidos, ya es hora de ponerse serios. Estamos hablando de México. Ni más ni menos.
10 Diciembre 2017 04:01:00
Gracias a la nieve
Y de pronto al agonizante otoño le dio por adelantarnos algunas estampas navideñas. Se diría que este año gustó de competir con las tiendas departamentales, donde un sudoroso Santa Claus empieza a recordarnos allá a principios de noviembre la muy relativa cercanía de las fiestas decembrinas. En estos lugares, como por arte de magia, desaparecen las calabazas, los disfraces de brujas y los murciélagos de plástico del Halloween, para abrir espacio a multicolores esferas, pinos de Navidad, juguetes y ventrudos individuos vestidos de rojo y barbas de algodón que desoyeron los sabios consejos de la campaña “mídete y actívate”.

Antes, la proximidad de la Navidad empezaba en diciembre, pero el márquetin es el márquetin (así dice la Real Academia que se escribe en español), y es necesario adelantarse por aquello de la competencia. Por pura imitación climatológica, este año desde el jueves a la medianoche empezó a cubrir la ciudad una nevada que se prolongó durante el día siguiente. La nieve llegó del norte, alcanzando primero –en territorio coahuilense– a la fronteriza Piedras Negras. Luego tomó por la carretera 57, pasó por Monclova y llegó a Saltillo, que desde hace mucho tiempo no veía una buena nevada.

Ahora, con perdón del difuntito (así dicen en Castaños, Coahuila) Gabriel García Márquez, la del 7 y 8 de diciembre fue una nevada anunciada. Las redes sociales la pronosticaron, mientras los teléfonos celulares predecían temperaturas bajo cero para esos días. Lo que es la modernidad. Cuando las gentes de mi generación éramos niños y aun jóvenes nos ilusionaba la posibilidad de una nevada al descender la temperatura y el cielo se encapotaba de gris. Las más de las veces nos quedábamos con las ganas de hacer monos de nieve y organizar batallas lanzándonos bolas, como veíamos a niños de otras latitudes hacerlo en las películas. Era frustrante dormir pensando en la inminente nevada y despertar con un sol abrasador en todo lo alto.

En aquel tiempo la caída de los primeros copos despertaba en los saltillenses una adormecida vocación de fotógrafos. Se apresuraban a comprar rollos –las cámaras digitales eran cosa del futuro–, abarrotando el comercio anexo a la papelería de don Humberto Castilla, en la calle de Allende, proveyéndose del material que les serviría para captar desde todos los ángulos posibles a la Alameda Zaragoza.

Hoy, gracias a la popularización de los celulares, las personas toman fotografías de cualquier cosa, incluyéndose a ellas mismas, y cómo no habrían de aprovechar el espectáculo del blanco manto cubriendo banquetas, parques y monumentos: la rojiza cúpula de catedral con una chistosa boina blanca, el tlaxcalteca de la estatua que está detrás del Palacio de Gobierno seguramente tiritando en bronce y el águila del Museo de las Aves sin poder levantar el vuelo por el peso de la nieve acumulada en su cola. Sin faltar, por supuesto, la inevitable selfie arrebujados en ropas pachonas.

En lo personal, me alegró la presencia del meteoro pensando en don Guillermo Purcell, el millonario irlandés que hace más de un siglo construyó una casa medio neogótica en la calle de Hidalgo dotada de tejados que hubieron de aguardar pacientemente más de 100 años en espera de una nevada que justificara su atrevida inclinación. No fue mucha, pero algo es algo.

Gracias a la nieve, que me ha dado tema –parafraseando a Violeta Parra–, y a la oportunidad de ver un paisaje urbano de Saltillo diferente, aunque el día de Navidad seguramente amanecerá con un sol radiante y una temperatura tropical. No soy un Grinch, pero de mí se acuerdan.
03 Diciembre 2017 04:07:00
A prueba
Unidad se constituyó en el sustantivo eje de la nueva administración estatal encabezada por el ingeniero Miguel Ángel Riquelme Solís. En su discurso, el Jefe del Ejecutivo coahuilense hizo referencia a ello. “Gobernaré para todos”, afirmó en el Congreso estatal, y al hacer el esbozo de las líneas generales de lo que será su gobierno, en la ceremonia posterior celebrada en un salón al norte de la ciudad. También, en el mismo tenor, instó a dejar en el pasado los avatares de la campaña preelectoral.

Estos reiterados llamamientos a la unidad resultan pertinentes después de unas campañas especialmente ríspidas, el resultado muy cerrado de los comicios y una larga y desgastante espera de la decisión de las autoridades competentes. En efecto, tirios y troyanos están de acuerdo con que cualquier intento de mantener viva la división de los coahuilenses no beneficiará a nadie y sí perjudicará –y gravemente– a la entidad.

Ante las circunstancias inéditas a las que hace frente el nuevo Gobierno, sin mayoría de su partido en el próximo Congreso y varios municipios demográfica y económicamente importantes con alcaldes salidos de las filas de la oposición, entre ellos Torreón y Monclova, la madurez política y cívica de la clase política, en particular, y de los coahuilenses, en general, está sometida a prueba desde el viernes anterior.

Intentaré explicarme: por primera vez en los últimos 88 años habrá de probarse nuestra capacidad de navegar hacia buen puerto en ese barco llamado pluralidad. Debido a ello, la negociación deberá imperar a fin de armonizar los puntos de vista de todas las fuerzas políticas y los poderes fácticos actuantes. Sin los consensos indispensables será punto menos que imposible alcanzar las metas que el estado requiere.

De allí que suenen discordantes las declaraciones de uno de los excandidatos al Gobierno de Coahuila, Guillermo Anaya, quien anunció una oposición “férrea” al Gobierno del ingeniero Riquelme Solís. El uso del adjetivo “férrea” resulta desafortunado. El adjetivo remite a su raíz: fierro o hierro, y sus connotaciones de impenetrable, sin fisuras. Vaya, una oposición sistemática de no porque no.

De nada servirá a Coahuila una oposición férrea, cuando lo que requerirá los próximos años será una oposición firme y vigilante, sí, pero a la vez inteligente, constructiva y responsable, capaz de colocar el bien común por encima de las respetables lealtades hacia determinado partido o determinada posición ideológica. Esas son las características, en cualquier parte del mundo, de las oposiciones dedicadas a construir, no a destruir movidas por fobias o resentimientos.

La política, según los clásicos, desde Aristóteles hasta nuestros días, “es la actividad orientada en forma ideológica a la toma de decisiones de un grupo para alcanzar ciertos objetivos”. Otros la definen como “una manera de ejercer el poder con la intención de resolver o minimizar el choque entre intereses encontrados que lógicamente existen en el seno de cualquier sociedad”.

Y no debe olvidarse que no sólo el Ejecutivo es un poder. Lo son también el Legislativo, el Judicial y las presidencias municipales en sus ámbitos particulares. Todos, en conjunto, forman eso que conocemos como gobierno. Se trata, pues, de una responsabilidad compartida.

Hoy, cuando esa corresponsabilidad está marcada por la pluralidad sabremos de qué están hechos nuestros políticos… y nosotros, los ciudadanos. Llegó la hora de demostrar qué tan modernos somos en realidad.
26 Noviembre 2017 04:01:00
Después del Trife
En La Rebelión en las Cañadas, Carlos Tello Díaz incluye un párrafo esclarecedor sobre los terribles acontecimientos ocurridos en Chiapas después del levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional.

“Para comprender su profundidad es necesario recordar que los indígenas en general no se consideran a sí mismos individuos soberanos en una sociedad, sino miembros orgánicos de una comunidad. Discutían horas y horas, noches enteras, durante meses y meses, hasta llegar por fin a lo que llamaban un ‘acuerdo’. Al tomar el acuerdo, quienes estaban en contra no tenían otra opción: o seguían a los demás o dejaban la comunidad. Esta manera de pensar explica también las expulsiones por motivos religiosos…”.

Muchos la dejaban, agrega Tello Díaz, para buscar la vida en otras partes. Era frecuente, señala el autor, que la causa del descontento fuera incendiada por el resto de quienes aceptaban el “acuerdo”. Así se explica la matanza de Acteal, entre otras barbaridades.

Fraguados en el molde cultural de Occidente, los coahuilenses –y muchos millones de mexicanos más– no comparten la idea de ser “miembros orgánicos de una sociedad”, sino individuos soberanos. Y como tales actúan bajo ese benéfico paraguas llamado tolerancia. Esa es la razón de orden ético por la cual se considere innoble, acomodaticio y hasta cobarde, ensañarse con los perdedores. Para ellos, los viejos españoles acuñaron una frase demoledora: “A moro muerto, gran lanzada”.

Esto viene a cuento a raíz de la decisión del Tribunal Federal Electoral declarando gobernador electo al ingeniero Miguel Riquelme, después de unas competidas elecciones y 5 meses y 20 días de espera. Una decisión que causó alborozo en muchos, y que, como es lógico, dejó descontentos a otros.

Aquí, a diferencia de los indígenas chiapanecos, quienes están en desacuerdo no están obligados a autoexiliarse o a vivir como apestados. La cultura occidental nos lleva a procesar las divergencias de criterio de distinta manera. Aprendemos, o debemos aprender desde pequeños, a respetar a los otros. La otredad, diría Octavio Paz. Careciendo de ese aprendizaje irremisiblemente damos pasos hacia la barbarie del racismo, la persecución religiosa y otras lacras humanas que de cuando en cuando afloran todavía por allí.

Ante esa realidad, a la pregunta de ¿qué habrá después del Trife?, no se me ocurre sino una sola respuesta: Coahuila. ¿Muy simple? Quizás. Pero Coahuila es nuestra casa. Aquí seguiremos, y nuestro deber es mantenerla en orden y, de ser posible, engrandecerla. En ese sentido, el llamamiento del ingeniero Riquelme a la unidad resulta pertinente, pues unidad no significa uniformidad, sino convivencia civilizada.

Por muy adictos que seamos a uno u otro partido, a uno u otro candidato, es necesario recordar que las elecciones no son una guerra donde participan enemigos, sino competidores. Como ejemplo: para hallar una elección semejante a la que hemos vivido este año, debemos remontarnos a 1929, cuando compitieron por el Gobierno estatal don Nazario Ortiz Garza (Partido Nacional Revolucionario, el abuelo del PRI) y don Vito Alessio Robles (Partido Antirreeleccionista). Don Nazario fue gobernador y lo hizo muy bien. Don Vito, por su parte, escribió un libro vitriólico sobre el tema, Mis Andanzas con Nuestro Ulises, donde acusó a don Nazario de todo lo imaginable. Al paso de los años se reconciliaron y, paradójicamente, don Nazario pronunció la oración fúnebre ante la tumba de don Vito.
19 Noviembre 2017 04:08:00
Juicios sumarios
La superficialidad ha tomado por asalto no sólo a las redes sociales, también a los medios de comunicación tradicionales. En ocasiones hasta las peores barbaridades aparecidas en las redes encuentran eco en periódicos sustentados en papel –como ahora se dice– y en los informativos de la radio y la televisión. Gracias a la pereza mental imperante, el “meme” acabó convertido en el sustituto de la reflexión. Es más cómodo sentirse satisfechos con una ocurrencia, que darnos a la fatigosa tarea de pensar y, en casos extremos, investigar. Y así, de ocurrencia en ocurrencia, de “meme” en “meme”, se construye una idea de la realidad cuyas características son la superficialidad y la frivolidad.

Basta una palabra mal pronunciada, un desatino, una expresión desafortunada o, como decían mis tías, un desfiguro, para que ciertos navegantes de las redes se consideren suficientemente enterados como para emitir un juicio definitivo. Tal superficialidad no pasaría de ser una anécdota si no fuera también indicativo de la inmadurez democrática que aqueja a México, pues ciudadanos mal informados no podrán construir jamás una democracia sólida.

Durante los últimos días la superficialidad ha campeado en celulares y computadoras, proponiendo linchamientos. No se trata, por supuesto, de abogar por quienes son sometidos a estos juicios exprés, sino de señalar la frivolidad de los receptores de los mensajes.

Elena Poniatowska, premio Cervantes y cronista de excelencia, fue una de las primeras, en días recientes, en pasar bajo las horcas caudinas y subir al cadalso acusada de racista, para ser ejecutada envuelta en el aplauso del populacho cibernético. Cuando la autora de La Noche de Tlatelolco dijo que las juchitecas de hoy, en comparación con las de hace 60 años, son “gordas e inmensas”, bastó para que la cloaca en que suelen convertirse las redes sociales descalificara su brillante carrera en el mundo de las letras.

Por otra parte, mientras los analistas investigan yerros o aciertos del Gobierno federal, a veces en tareas prolongadas durante muchos meses, los cibernautas, émulos de los césares, levantan de inmediato la mano mostrando el pulgar hacia abajo cuando el presidente Peña Nieto dice que cinco son menos que uno y alguno de sus redactores fantasma –negros, les llaman en Francia– en lugar de escribir Uruguay escribió Paraguay.

De inmediato, el presidente Peña Nieto fue sepultado de nuevo por una catarata de comentarios adversos. La equivocación dio pasto a centenas de comentarios. Es indudable que un Mandatario debe ser más cuidadoso de lo que dice, pero su Administración merece un análisis serio y ponderado para calificarlo. Sin embargo, resulta más cómodo, fácil y rápido enjuiciarlo basándose en la prueba de un video de 3 o 4 segundos.

El siguiente escándalo corrió a cargo de un grupo de diputadas que confundió el recinto de la Cámara con un estadio de futbol y lanzaron el ya famoso “Ehhhhhh p…” a un legislador de un partido diferente al suyo cuando hacía uso de la palabra. Después trataron de disfrazar su grosera actuación asegurando haber dicho “bruto” y no el vocablo utilizado por los fanáticos del futbol. Pero vale preguntar si es correcto juzgar a las señoras diputadas sólo por la vulgaridad mostrada, o debiéramos preguntarnos: ¿qué hacen?, ¿cuál ha sido su desempeño en el Congreso?, ¿en realidad sirven a México?, preguntas cuyas respuestas sí van a lo sustantivo y no se quedan en lo superficial.
12 Noviembre 2017 04:01:00
El antes olvidado sur
El súbito despertar urbano e industrial del sur de Saltillo puede calificarse, sin exageraciones, de sorprendente. Tanto, que la ciudad, acostumbrada a que el desarrollo apuntara en sentido contrario, hacia el norte, no estaba prevenida para afrontar el inesperado fenómeno. Pero ese sur antes adormilado se convirtió casi de la noche a la mañana en un vibrante sector con un explosivo aumento del número de habitantes, mientras las plantas fabriles instaladas en el valle de Derramadero son un polo de atracción capaz de provocar serios problemas de tráfico en la antes solitaria carretera a Zacatecas. En esta situación, al no existir vías alternas hacia Derramadero, la anunciada ampliación de esa carretera constituirá, por ahora, una solución, aunque lejos de ser la definitiva.

En un reportaje escrito hace unos 30 años se consignaba que de la calle Juárez al sur no existía un banco, una farmacia y una tienda de departamentos. A quienes no tengan memoria de aquellos tiempos, tal afirmación les resultará increíble. Sin embargo, así era. Cuando se construyó la hoy Facultad de Ciencias de la Comunicación (FCC), a principios de los años 80 del siglo pasado, los alumnos bromeaban diciendo que estudiaban en la unidad Concepción del Oro de la Universidad Autónoma de Coahuila.

La broma no carecía de bases. El núcleo urbano más próximo era la colonia Parques de la Cañada, hasta donde llegaban los autobuses de las rutas urbanas. Los futuros comunicólogos debían caminar desde la entrada de esa colonia a su escuela, alrededor de 700 metros, y no era raro avistar conejos y liebres al salir del aula. Ahora, una decena de colonias populares se levantan al sur de la FCC. Algunas de ellas trepan por las faldas de la sierra de Zapalinamé y alcanzan casi la boca del cañón de San Lorenzo. Frente a la facultad funciona un gigantesco centro comercial con grandes tiendas y media docena de cines y en sus inmediaciones surgen cada semana nuevos negocios.

Uno de los detonantes del crecimiento de la zona fue la construcción de la carretera que conecta la de Zacatecas con la 57, espina dorsal que nos comunica tanto con la Ciudad de México como con la frontera. Esta vía de comunicación alentó la instalación de industrias en el valle de Derramadero, habiendo sido la pionera una armadora de automóviles.

Por fortuna, en el próximo presupuesto de egresos de la Federación se contempla ampliar la carretera a Zacatecas, lo cual ayudará a desfogar el tráfico, que en las horas pico se torna imposible desde el ejido La Angostura. No obstante, la ampliación está lejos de ser la solución a largo plazo del problema, por lo que es necesario ir pensando en otros proyectos.

La geografía de esa parte del municipio es particularmente difícil. Sin embargo podría empezar a estudiarse la posibilidad de una vía alternativa, ya sea por las faldas de la sierra o siguiendo, si ello es posible, el trazo de las vías del ferrocarril que conecta a Saltillo con el centro del país. De mayor aliento es la idea de construir en Derramadero una ciudad satélite. Esto ahorraría a trabajadores y empleados de la industria el viaje diario de ida y vuelta a Saltillo o Ramos Arizpe.

Una tercera opción, que seguramente a muchos sonará fantasiosa en estos momentos, sería un tren rápido para conectar Derramadero con la vieja estación de nuestra ciudad. ¿Un sueño? Posiblemente, pero más viable y mucho menos costoso que el tren rápido a Monterrey del que se ha vuelto a hablar en estos días.
05 Noviembre 2017 04:01:00
Muy mezquino
Aquel 1 de diciembre de 2011, el ambiente en el abarrotado salón de Villa Ferré era distinto al de cualquier otro acto de toma de posesión de un gobernador de Coahuila en la era moderna. Rubén Moreira Valdez asumió el Gobierno estatal en el marco de un escándalo que envolvían a su antecesor Jorge Torres López y a Humberto Moreira, en ese momento todavía presidente nacional del Partido Revolucionario Institucional; dejaría de serlo dos horas después.

Alejandro Poiré, secretario de Gobernación, asistió con la representación del entonces presidente Felipe Calderón, pero los reflectores estaban dirigidos hacia Enrique Peña Nieto, el aspirante mejor posesionado en busca de la candidatura presidencial por el PRI. El secretario Poiré era el pasado; Peña Nieto, el futuro.

Inmediatamente después de hacer el juramento de rigor, Rubén Moreira Valdez produjo un discurso en el que incluyó con especial énfasis una frase: “De la seguridad me encargo yo”. La expresión fue recibida con un denso escepticismo por parte de la mayoría de los presentes. Escepticismo explicable. Coahuila atravesaba entonces por la más terrible etapa de violencia cuyo antecedente más cercano era la Revolución Mexicana.

No es exagerado decir que el Estado ardía en llamas. La delincuencia se había apropiado de las calles de las principales ciudades, e incluso de pueblos enteros. Aunque se desconocían detalles acerca de la magnitud de la masacre perpetrada en Allende y de los asesinatos cometidos en el interior de la cárcel de Piedras Negras, cualquier ciudadano más o menos enterado tenía información fragmentaria de ambos sucesos.

Información transmitida de boca a boca, pues los medios de comunicación, aherrojados por el miedo a las represalias del crimen organizado, callaban cualquier noticia que pudiera provocar la ira de los delincuentes.

En esos días –no debemos olvidarlos– a partir de las 10 de la noche las calles de Saltillo y demás ciudades del estado lucían desiertas. Por cuestiones de trabajo, quien esto escribe acompañaba a cenar a conferenciantes y artistas provenientes de la capital del país. Al término de la cena, la soledad de las calles y aún de las principales avenidas constituía una señal inquietante. Este escribidor debe confesar que, normalmente respetuoso de las reglas, por primera vez cruzaba bocacalles con el semáforo en rojo ante la eventualidad de que un auto tripulado por los “malos” se le emparejara mientras esperaba el verde.

“De la seguridad me encargo yo” era, en tales circunstancias, una promesa riesgosa, casi descabellada. Empresarios, funcionarios públicos y legisladores coahuilenses optaban por rentar casa en Estados Unidos para enviar a sus familias a sitios más seguros.

Eran los tiempos en que los puentes elevados servían a los criminales para colgar a sus víctimas, las frecuentes balaceras regaban de sangre el asfalto y, para decirlo como Artemio de Valle-Arizpe, eran los tiempos en que el sosiego se fugó de nuestras vidas.

Hoy, poco antes de cumplirse seis años de aquella ceremonia de toma de posesión, Coahuila es una isla de tranquilidad en medio de una geografía dominada por la violencia. No estamos en Islandia ni en Suecia, es cierto –además, nunca lo estuvimos–, pero ya a casi nadie le espanta salir a la calle durante la noche.Al final de cuentas debemos reconocer que Rubén Moreira Valdez sí se encargó de la seguridad. Cumplió la promesa que muchos dudaron pudiera cumplir. No reconocerlo resultaría mezquino. Muy mezquino.
29 Octubre 2017 04:01:00
Tardanza inaceptable
Resulta desconcertante para el ciudadano de a pie –votante de a pie– los hasta ahora interminables juicios en las instancias encargadas de la validación de los comicios, un proceso que se prolonga ya casi casi 5 meses en el caso de Coahuila. Ese ciudadano de a pie del que hablábamos arriba, si tiene dos dedos de frente, como solía decir la señorita Amador, profesora del segundo grado de primaria del colegio Zaragoza, de seguro se estará preguntando si no habrá forma de agilizar el trabajo de los órganos encargados de organizar las elecciones y decidir su validez.

Porque hasta parece un juego. Hace apenas un par de días, el Tribunal local encargado de esos asuntos anunció que Miguel Riquelme sería el nuevo gobernador del estado, pues tras revisar todo lo revisable llegó a la conclusión de que no había elementos para nulificar la elección. Dos días después los medios de comunicación informan que la Comisión de Fiscalización del Instituto Nacional Electoral (INE) descubrió, más de 100 días después de los comicios, que el candidato Riquelme no había reportado el costo de la grabación de videos ni tampoco la inserción de publicidad en medios impresos.

Sorprende la rapidez de las investigaciones del INE, pues solamente tardó más de 4 meses en descubrir gastos hechos hace medio año. ¿No sería mejor realizar la fiscalización de los gastos de los candidatos durante las campañas? ¿Por qué esperar tanto tiempo para descubrir la existencia de videos que se hicieron públicos y las inserciones en periódicos vistas por cuantos compran ejemplares de los diarios? ¿Usted lo encuentra lógico?¿Cómo es posible que en Estados Unidos, por ejemplo, se conozcan los resultados de una elección presidencial pocas horas después de cerrar las casillas?

Quizá los sistemas utilizados por nuestros altos órganos supuestamente ciudadanos sean tan complicados que no están diseñados para ser comprendidos por esos mismos ciudadanos a los cuales afirman representar. Posiblemente todas las anteriores reflexiones sean producto de la mente de un lego en la materia. Sin embargo, somos muchos los que no acabamos de entender la tardanza en la toma de decisiones. Pero sí entendemos que este sainete de validez e invalidez acaba por hartar al votante, quien sabrá meses después de depositar la papeleta en la urna si el candidato por el que votó fue el triunfador o el derrotado. Yo no sé a usted, pero esto se me antoja kafkiano en una época de avances tecnológicos accesibles a cualquiera que traiga un celular.

Tales contradicciones –unos dicen sí; los otros afirman que no– tienen repercusiones graves y provocan daños difíciles de reparar. La ya de por sí endeble confianza ciudadana en la democracia, se ve seriamente perjudicada. Si las autoridades del INE y demás órganos creen que estos procedimientos abonan la percepción de certidumbre en los procesos electorales, están muy equivocados. Por el contrario, lo único que hacen es aumentar la incertidumbre, pues la mayoría piensa que detrás de este largo y contradictorio manoseo de cifras y datos se esconden intereses oscuros o arreglos cupulares impublicables.

No sé francamente si es la ley la que lleva a estos laberintos administrativos o es la ineptitud de las instituciones encargadas de aplicarla. No lo sé, pero estoy cierto de que esto no funciona ni hace bien a la democracia que México intenta construir.
22 Octubre 2017 04:01:00
Fontaneros e independientes
Si el lavabo de su baño sufre una avería y amenaza con inundar su casa convirtiéndola en un miniXochimilco sin trajineras ni chinampas, requerirá de tiempo, paciencia y suerte para encontrar un fontanero dispuesto a arreglar el desperfecto. La razón es sencilla: escasean los expertos en este tipo de trabajo. Sin embargo, cuando las autoridades electorales anuncian que se solicita una persona dispuesta a ocupar el año próximo la vacante de Presidente de la República, decenas de ciudadanos, seguros de poseer la inteligencia, el valor, los conocimientos, la experiencia y el talento requeridos para dirigir a la nación, abarrotan la ventanilla donde se reciben las solicitudes de candidatos independientes. ¿Será más fácil gobernar México que manejar unas pinzas y una llave Steelson? Por lo visto, gran número de mexicanos cree que sí.

Con la avalancha de aspirantes a puestos de elección popular, la apertura democrática representada por admisión de candidatos independientes acabó volviéndose a algo parecido a un sainete. “Oye, vieja, estoy aburrido, no hay futbol, mi compadre anda crudo y no completamos el cuatro para el dominó, ¿qué haré? La verdad no sé si ver el beisbol o ir a inscribirme de candidato independiente. ¿Cómo te caería ser la próxima primera dama?”. Y decenas, en lugar de seguir por televisión la arrolladora marcha de los Yanquis de Nueva York rumbo a la Serie Mundial, optaron por ir a registrar su candidatura independiente.

En principio se pensó que lo de las candidaturas independientes era una magnífica idea. Tal apertura respondía al hartazgo de los ciudadanos por los partidos, cuyo descrédito se mide ya en años luz. Pero nadie imaginó que esta oportunidad perdería seriedad a causa de la desorbitada autoestima o a la irresponsabilidad de multitud de compatriotas.

La epidemia candidatil es achacable en parte al actual gobernador de Nuevo León, Jaime Rodríguez Calderón, mejor conocido como “El Bronco”. Sin el apoyo de ningún partido, él le arrebató el triunfo en las urnas al Partido Revolucionario Institucional y al Partido Acción Nacional. Fue una sorpresa de resonancia mundial. Sin embargo, las circunstancias y el estado donde ocurrió el sorpresivo éxito de un candidato independiente fueron muy especiales, poco menos que irrepetibles:

1.- La sociedad neolonesa estaba cansada de las presuntas trapacerías del antecesor de “El Bronco”, Rodrigo Medina. El enojo permeó hasta lo más alto de la pirámide del poder económico. Esa irritación sirvió de combustible a su exitosa campaña.

2.- Influyentes medios de comunicación hicieron eco del disgusto ciudadano y apoyaron sin reservas a “El Bronco”, aunque posteriormente se rompió la alianza, pero esto, como decía el viejo comercial de la televisión, es otra historia.

3.- La demografía jugó un papel decisivo. Monterrey y su poblada área metropolitana representan la mayor parte del estado. No obstante aglutinar a varias ciudades: Santa Catarina, San Pedro Garza García, Guadalupe, Escobedo y otras, quienes habitan en ellas, sobre ser sampetrinos o guadalupanos se consideran “regios”. Lo único que los divide es el futbol: unos son Tigres y otros Rayados.

La conjunción de estas circunstancias, que los neoindependientes no toman en cuenta, hizo posible el arribo de Rodríguez Calderón al Palacio de Gobierno neolonés. Eso alienta las esperanzas y las ambiciones de aquellos que se inscriben en la lista de independientes como quien compra un billete de lotería. 
15 Octubre 2017 04:01:00
Paco de la Peña
Periodista todoterreno, tenaz, estricto respecto a la exactitud de los datos, amigo del orden, dueño de una memoria privilegiada que le permitía reportear sin hacer apuntes en la libreta e incansable, Francisco “Paco” de la Peña inició desde muy joven su carrera en los medios de comunicación. Se hizo reportero en la talacha diaria –como llamaba Manuel Buendía al trabajo periodístico. Entonces uno aprendía el camino andándolo y tropezando por él, igual que lo dice el verso de Antonio Machado vuelto canción por Joan Manuel Serrat. De vez en cuando, y si había suerte, un jefe de Redacción amable y comprensivo daba consejos acerca de qué hacer o la manera de mejorar los textos.

Paco se distinguió pronto en el desaparecido El Sol del Norte por su capacidad para cubrir las fuentes agropecuarias: cultivos, cosechas, plagas, irrigación y demás cuestiones agrarias que para el resto de los reporteros resultaban arcanas. Él no solamente conocía el campo, lo amaba. Tenía una doble vocación, mejor dicho, una doble pasión: el periodismo y el campo. Y como agricultor o como periodista demostró la misma cualidad: perseverancia. Esto le permitió convertir baldíos en hermosas huertas de manzanos y de nogales, y sostener contra viento y marea su diario.

Al igual que muchos periodistas, incursionó en el servicio público. Antes de cumplir 25 años ya era jefe de Prensa –ahora diríamos director de Comunicación Social– en el Gobierno del general Raúl Madero González. Terminado el sexenio del general volvió a sus huertas, hasta que el inolvidable Roberto Orozco Melo inició una aventura que tuvo la virtud de propiciar el cruce de nuestros caminos.

El arribo, en 1955, de El Sol del Norte, eslabón de la entonces poderosa cadena propiedad del coronel José García Valseca, provocó una revolución mediática en Saltillo. La modernidad de su maquinaria, los servicios informativos con los que contaba y una respetable capacidad económica pusieron a temblar a los dos modestos diarios locales: El Heraldo del Norte y El Diario. El Heraldo murió por un acuerdo cupular, mientras El Diario entró en una larga agonía, hasta desaparecer.

Orozco Melo era director de El Heraldo del Norte cuando dejó de publicarse. Eso le clavó una punzante espina que lo llevó en 1963 a fundar El Heraldo de Saltillo, con la intención de convertirlo en la voz local ante la abrumadora presencia de El Sol, cuyos intereses eran ajenos a la ciudad. Más que un proyecto, el nuevo periódico fue la conjunción de sueños de un grupo de jóvenes apasionados del periodismo convocados por Roberto. Uno de ellos fue Paco. Al correr de los años se convertiría en su propietario y director.

Fue ese cruzamiento de nuestros caminos el que me permitió aquilatar no solamente su calidad como periodista, sino su calidad humana. Hombres sin dobleces, directo, estricto consigo mismo y con quienes con él colaboraban, logró la hazaña de mantener vivo el sueño de Orozco Melo hasta nuestros días. Contrastantes en carácter y a veces en puntos de vista, no siempre coin-cidíamos, pero la diferencia de opiniones jamás abrió una fisura en la solidez de nuestra amistad. Nuevos proyectos me alejaron de El Heraldo, al que nunca he dejado de considerar “mi periódico”.

El jueves anterior recibí la desconsoladora noticia de su deceso. Me afectó profundamente. Siento su pérdida y aún no me hago a la idea de no volverlo a saludar los domingos por la mañana en el restaurante al que concurría para desayunar con sus compañeros de generación del colegio Zaragoza. No me hago a la idea.   
08 Octubre 2017 04:01:00
Separatismo vanidoso
Resulta paradójico y desalen-tador que en un mundo globalizado, donde la red de relaciones económicas es cada vez más ancha y abierta, la comunicación se ha vuelto instantánea, aboliendo distancias y fronteras, y el intercambio cultural es asunto cotidiano, se produzcan movimientos separatistas radicales tendentes a desintegrar acuerdos multinacionales construidos con enormes esfuerzos. Y lo que resulta más preocupante es que al parecer el separatismo se alimenta de vanidad, no de la reflexión y el cálculo.

El regionalismo a ultranza se manifestó primero con el Brexit, por el cual la Gran Bretaña abandonó la Unión Económica Europea (UEE) después de 43 años de pertenecer a ella. Ahora, en un ámbito nacional, pero de consecuencias no menos desastrosas, Cataluña pretende separarse de España y convertirse en país independiente. Tanto ingleses como catalanes están apostando por la balcanización del Viejo Continente, cuya unidad fue pensada después de la Segunda Guerra Mundial para evitar conflictos entre naciones y los astronómicos costos en vidas humanas y daños materiales provocados por estos.

El proyecto llevado a la realidad ha traído grandes beneficios, y no sólo a los países altamente industrializados, como es el caso de Alemania, sino a los menos avanzados, los cuales reciben fuertes apoyos de la UEE con la intención de cerrar la brecha que los separa de los económicamente poderosos.

Para principiar, la independencia de Cataluña supondrá su exclusión inmediata de la UEE, lo que le representará la ruptura de acuerdos comerciales de vital importancia con el resto del continente. Esto supone la reducción de las exportaciones acordadas en el seno de la Unión Europea. Aunque eventualmente los acuerdos podrán ser reconstruidos, no será al corto plazo y sin dificultades.

Estudios atendibles acerca de las repercusiones de la separación de Cataluña de España apuntan que la secesión resultará ruinosa para los mismos catalanes. Una de las primeras consecuencias sería la salida del equipo de futbol Barcelona de la Liga Española. Y este no es un asunto frívolo ni baladí, pues involucra no solamente al mundo del deporte, sino también, y de manera importante, a la economía.

El equipo representativo de la Ciudad Condal es una de las organizaciones deportivas más costosas del mundo. Su valor, según datos proporcionados por Raymundo Rivapalacio el viernes anterior, es de 993 millones de dólares. A esta cantidad deben sumarse los mil 690 millones de dólares que recibe el equipo por derechos de televisión y los mil 388 millones provenientes de la venta de copias de las camisetas de sus estrellas y de souvenirs. Un mundo de dinero.

En el plano meramente deportivo, al salir de la Liga Española, y mientras la ONU no reconozca a Cataluña como nación independiente, el equipo queda fuera de las competencias europeas y del Mundial de Futbol. Duros golpes para una de las aficiones más apasionadas del planeta, pues los hinchas del azulgrana se cuentan por centenas de miles repartidos en todo el orbe.

Por otra parte, aún antes de oficializarse unilateralmente la secesión, un buen número de empresas optaron ya por trasladar sus sedes fuera de Cataluña.

Visto lo anterior desde la perspectiva local, aunque las circunstancias son diametralmente distintas, es deseable que quienes pugnan por la creación de un estado de La Laguna separado de Coahuila antepusieran la razón y el cálculo a la vanidad nacida de una real o supuesta autosuficiencia.
01 Octubre 2017 04:02:00
¿Y después del sismo?
La reacción de millones de personas ante la tragedia provocada por el terremoto que sacudió buena parte del territorio nacional es motivo de legítimo orgullo para nosotros los mexicanos, y causa de admiración para el resto del mundo. Quienes espontáneamente salieron a las calles de la Ciudad de México a sumarse a las tareas de rescate de quienes estaban aún vivos bajo las montañas de escombros adquirieron la estatura de héroes anónimos. Sin el halo de heroicidad que los envuelve a ellos, en miles de poblaciones del país hubo loables demostraciones de solidaridad. Los centros de acopio de alimentos, medicinas y ropa también polarizaron la voluntad de multitudes deseosas de tender la mano a compatriotas en desgracia.

El terremoto de 2017, al igual que el de 1985, sacó a flote lo mejor de un pueblo generoso, capaz de hacer grandes sacrificios por ayudar a personas a quienes ni siquiera conocían y quizá nunca volverán a ver otra vez. Obligó, asimismo, a reconsiderar juicios –mejor dicho, prejuicios– acerca de la supuesta abulia de los jóvenes llamados millennials. Estos muchachos, tachados de engreídos y sibaritas, incapaces de grandes esfuerzos, retiraron con las manos desnudas toneladas de escombros y formaron cadenas para hacer llegar alimentos a los brigadistas.

Pero también este año, como en 1985, el país trajo a la luz nuestra lacra mayor: la corrupción. Corrupción de autoridades al permitir construcciones ilegales y corrupción de constructores que por la ambición de obtener mayores ganancias usaron materiales deleznables que terminaron sirviendo de sepulcro a cientos de hombres, mujeres y niños.

Toda esta maravillosa demostración de solidaridad y el destape de la cloaca de la corrupción también sirvió para hacer aflorar el descontento y la indignación, una indignación que hizo reaccionar a los partidos políticos y a las cúpulas del poder. Y es que luego de los huracanes y los sismos queda en el aire y en la boca de muchos una pregunta: ¿Después, qué?

En opinión de la mayoría, el país urge a gritos de un rediseño político y económico. No es posible continuar sosteniendo partidos políticos con las cantidades estratosféricas que reciben anualmente. Ni tampoco es prudente continuar manteniendo instituciones que operan con presupuestos calculados como si México fuera un emirato árabe.  

En este aciago septiembre, pareciera que la Naturaleza se ensañó con varias zonas del país. No nos engañemos culpando a los fenómenos naturales. Estos causaron las más terribles de las devastaciones en pueblos y regiones donde impera la pobreza, como Chiapas y Oaxaca y un buen número de pueblos del estado de Morelos.             

Es cierto, los fenómenos naturales son incontrolables, pero sí podemos empezar a hacer algo para reducir la abismal brecha producto de la inequitativa distribución de la riqueza. Imaginemos por un momento el mejor de los escenarios: imaginemos que gracias a los esfuerzos del Gobierno y las aportaciones particulares se reconstruyen Jojutla, Juchitán y decenas de comunidades más. Los damnificados tendrán casas nuevas, pero después de recibir las llaves de éstas seguirán tan pobres como lo han sido siempre y trabajarán –si encuentran trabajo– por un sueldo miserable, en espera del próximo desastre que los dejará otra vez sin nada.

Ya no es posible. Estamos obligados, como país, a encontrar una respuesta diferente, más justa, a la pregunta que hoy nos hacemos: Y después del sismo, ¿qué?
24 Septiembre 2017 04:09:00
Las dos caras de la tragedia
Las estrujantes escenas vistas por televisión en los últimos días evocan, guardando las distancias, los Cuentos de Nueva York de O’Henry, seudónimo de William Sidney Porter. En ese libro, el autor bucea en el corazón de la Gran Manzana y descubre que tras la máscara de aparente indiferencia  de la enorme aglomeración de personas, existen rasgos de bondad, amor y disposición, incluso, para sacrificarse en bien del prójimo.

Salvo sujetos pertenecientes a la escoria humana que aprovecharon la confusión para robar y asaltar, los capitalinos dieron muestras una vez más de su capacidad de unirse espontáneamente para salvar lo salvable debajo de las montañas de escombros. Es posible que al subir al Metro se empujen unos a los otros sin mayores consideraciones, pero en los momentos críticos se unen y responden para formar un maravilloso haz de voluntades. 

Escenas indelebles. Una muchacha delgada, apenas rozará los 20 años, pantalón negro y blusa sin mangas, formaba parte de una cadena humana pasándose de mano en mano baldes llenos de escombros. ¿De dónde sacaría fuerzas para realizar por puro afán de ayudar una labor tan dura? Sólo se me ocurre una respuesta que a algunos sonará cursi: del corazón. ¿Qué otra cosa pudo empujar al historiador Luis Arturo Salmerón Sanginés –a quien me enorgullezco de llamar mi amigo– a salir de su casa que resistió sin daño el terremoto, cruzar la Calzada de Tlalpan y unirse a un grupo de desconocidos para retirar escombros y salvar a dos personas atrapadas bajo la losa de un edificio colapsado? 

Otros, arriesgando sus vidas, entraron por resquicios imposibles para salvar una vida o recuperar el cuerpo de una víctima. Seres anónimos que no requirieron de un líder para organizar ese concierto de voluntades, en el que se incluyeron amas de casa dispuestas a llevar comida a los brigadistas, y hombres, mujeres y niños que se acercaban a los lugares de las catástrofes para colocar botellas de agua, medicinas, vendas, una pala, un pico, una sierra, una barra de pan.

Imposible no sentirse conmovido ante esas manifestaciones de solidaridad. Imposible no sentirse orgulloso de ser compatriota de seres de tan alta talla moral. Dentro del dolor de la tragedia brota el optimismo, porque un pueblo así es necesariamente invencible.

Sin embargo, la tragedia tiene dos rostros. Uno de ellos, los ejemplos de admirable solidaridad. Pero hay otro que debe mover a la reflexión, especialmente a las cúpulas del poder político. Los ciudadanos hacen su parte. Cumplen más allá de los dictados más exigentes del humanitarismo, y ahora esperan una respuesta de las autoridades. Exigencia hecha en todos los tonos y por diferentes medios de comunicación.

Y no se trata solamente de maldecir a un grupo de imbéciles diputados, quienes la noche del mismo martes cenaban en uno de los restaurantes más caros de la zona de Polanco. No. Las exigencias van más allá, mucho más allá, hasta la reducción drástica del dinero que se destinará a los partidos políticos en las elecciones del próximo año. También el presupuesto del Instituto Nacional Electoral, que recibe un presupuesto mayor al que se aplica para hacer frente a las catástrofes como las que han flagelado al país en  las últimas semanas.

La coyuntura vuelve indispensable revisar prioridades, pues si es tiempo de aplaudir, es también tiempo de reflexionar y actuar en consecuencia.
17 Septiembre 2017 04:01:00
Álvaro Matute
Era en el corazón del Centro Helénico de la Ciudad de México. El escenario, imponente: una capilla gótica del siglo 12 transportada piedra por piedra de España a Estados Unidos por el legendario periodista William Randolph Hearst, y traída a México por un millonario. Ventanas con vitrales, columnas de capiteles florales y una alta bóveda. Pero si el escenario resultaba imponente, no lo eran menos con quienes habría de compartir la mesa esa noche: Gloria Villegas, entonces directora de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México; el prestigiado editor Miguel Ángel Porrúa y el historiador Álvaro Matute Aguirre.

A la doctora Gloria y a Miguel Ángel Porrúa los conocía de tiempo atrás. Puedo ufanarme de considerarlos amigos. Al doctor Matute era la primera vez que lo veía. Delgado, de mirada profunda, bigote y piocha entrecana  y lentes de gran armazón negra, parecía lo que era exactamente: un intelectual. No, quizá mejor: un sabio profesor, que también lo fue.

El motivo: la presentación de los tres gordos tomos del Diario y las memorias de don Vito Alessio Robles, cuya transcripción y notas habían corrido por cuenta de quien esto escribe. La doctora Villegas se refirió afectuosamente al autor del trabajo y a la importancia de que el diario y las memorias de un historiador de la talla de don Vito se dieran a conocer. Miguel Ángel fue el de siempre: amable y generoso. Era el coeditor de la obra gracias a la promoción del gobernador Rubén Moreira Valdez. Más de mil páginas con el cuidado y el buen gusto tipográfico característicos de su casa editora.

El doctor Matute escuchaba con atención. Sin hacer un gesto seguía las palabras de quienes le antecedieron en la presentación. Discretamente tomaba notas en una libreta negra. ¿Qué irá a decir?, me preguntaba. Solamente una vez anterior habíamos estado a punto de coincidir. Se presentaba un libro de este escribidor en el Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM), pero compromisos de última hora le impidieron asistir.

La duda me daba vueltas en la cabeza: ¿Qué dirá? Ya se sabe lo duros que pueden ser algunos académicos en trances como este.

Por fin, le llegó el turno de hablar. Me sorprendió. “Es una magnífica idea de JVL publicar las memorias de don Vito Alessio Robles, después de haber dado a conocer las de su hermano Miguel Alessio Robles. Con estos siete tomos –cuatro de Miguel y tres de Vito– tenemos acabados retratos de dos personajes claves en una de las etapas cruciales de la Historia de México.”

Terminada la ceremonia, Luis Arturo Salmerón me dijo: “No estés sorprendido, Matute ha leído todo…y cuando digo todo, es todo”.

Álvaro Matute murió intempestivamente el miércoles anterior. Tenía 74 años. Avalaría, sin quitarles ni ponerles una coma, lo dicho por otro gran historiador mexicano, Javier Garciadiego Dantán:

“México  pierde a un gran historiador, un gran universitario, un hombre sensible y, para ser honestos, a un hombre muy sabio. En el gremio era una persona muy querida por su calidez y su tremenda cultura. Álvaro Matute sí puede ser considerado un intelectual en todo el sentido de la palabra”.

Posteriormente haría gala de conocimientos, pero sin falsas poses ni pedantería, con una sencillez que difícilmente resultaba a adecuada para un historiador-filósofo y maestro de bien ganado renombre.

Es extraño. Hay personajes con quienes basta conocer una noche y compartir una cena para guardarles sólido afecto y admiración.
10 Septiembre 2017 04:01:00
De sainetes y tragedias
A medida que se aproxima el año decisivo de 2018 las fuerzas políticas del país se ven envueltas en una escalada de ebullición. Ni siquiera las furias naturales –huracanes enfilados uno tras otro con enorme fuerza devastadora contra ambos lados del continente–, parecen distraer a la mayoría de los políticos mexicanos, que, se diría, traen grabados a fuego en la frente solamente cuatro dígitos: 2018.

El sainete escenificado el martes anterior en la Cámara de Diputados es solamente el prólogo de lo que podemos esperar en los próximos meses. No es necesario ser profeta para asegurar que las posiciones se endurecerán y los desencuentros irán subiendo de tono.

Y es que esta vez no se trata ya de la vieja adivinanza del “tapado”, al que el genial caricaturista Abel Quezada colocó una simpática capucha y hasta lo convirtió en anuncio de cigarrillos de la marca Elegantes.

Aquel era un juego o, si usted quiere, una suerte de ejercicio detectivesco. Consistía en interpretar hasta el menor gesto del Presidente en turno para descubrir hacia cuál de los miembros de su Gabinete, “el tapado”, apuntaría el gran dedo elector.

En la baraja sobre la mesa, ¿cuál de ellos será el elegido? ¿Acaso José Antonio Meade, el hombre que ha transitado con éxito y sin señalamientos lo mismo por sexenios pintados de azul que por el de tres colores? ¿El Gran Elector se inclinará por quien se dice es su más cercano amigo, Aurelio Nuño, sobreviviente del feroz bombardeo desatado por la reforma educativa? Sin descartar, por supuesto, a nuestro paisano José Narro Robles, considerado por ciertos opinadores como la versión nacional de Bernie Sanders.

Pero México dejó de ser hace tiempo una monarquía sexenal, según la definición de don Daniel Cosío Villegas, y si algunos –que los hay– gustan de seguir jugando al “tapado”, lo hacen conscientemente de que la elección presidencial no conllevará esta vez la unción automática del próximo mandatario. El designado será la carta a jugar por el partido del Presidente.

Y será un candidato que, además, se verá forzado a remar contra la terca corriente de las encuestas, las cuales colocan a Andrés Manuel López Obrador como favorito. Sin olvidar a otras fuerzas políticas que eventualmente pudieran coaligarse para competir. (Ahora prevalece el cálculo sobre cualquier otra consideración). La política se hace hoy, en muchos casos, con una sumadora en la mano, no mostrando a los electores una carta de principios o plan de trabajo.

Es esta la razón por la cual atestiguamos uniones sorprendentes que en otros tiempos hubiéramos calificado de pecados contra natura. Supuestas izquierdas y supuestas derechas se unen y forman al calor de las elecciones frentes comunes echando mano de una muy útil amnesia que les hace olvidar antiguas diferencias que creíamos insalvables.

Tal pragmatismo pedestre incrementa la incertidumbre y alimenta el escepticismo del ciudadano, quien asiste al proceso de la sucesión presidencial con notable indiferencia, considerándolo asunto de las “cúpulas”, el cual le resulta ajeno.
 
TRAGEDIAS

Al golpe inmisericorde de los huracanes que castigan amplias zonas del país, se sumó el sismo de 8.2 de intensidad en la escala de Richter, acumulando para México las situaciones de emergencia. Millares de compatriotas enfrentan la tragedia. Es una buena llamada de atención para advertirnos que debemos ocuparnos de lo verdaderamente importante: tenderles la mano.
03 Septiembre 2017 04:01:00
Herencia maldita
Ya lo he dicho antes: el caricaturista José Trinidad Camacho, “Trino”, y este escribidor comparten el sufrimiento causado por una herencia maldita que además es irrenunciable. El padre de “Trino” le heredó su fanatismo por el club de futbol Atlas de Guadalajara, un equipo cuya vocación perdedora es casi récord Guinness en el renglón de constancia. La última vez que el Atlas logró brillar en las finales del futbol mexicano está consignada en un papiro egipcio fechado meses antes de la huida de los israelitas del territorio del Faraón. Con el agravante de que un puñado de sabios arqueólogos afirma que se trata de un papiro apócrifo presumiblemente redactado en Tlaquepaque, Jalisco, para avivar las mortecinas esperanzas de los atlistas. 

Un servidor recibió herencia similar de parte de sus dos tíos maternos, Ramiro y Alfonso Lozano. El legado, al igual que el del sufrido “Trino”, ha sido, si se tratara del guion de telenovela, una corona de lágrimas. Mis señores tíos, que de paz gocen, me heredaron la fidelidad a los colores del equipo de beisbol de casa desde que jugaba en el desaparecido Estadio Saltillo, frente a la Alameda. ¡Ya podrán imaginarse mi desfalleciente ánimo al terminar la actual temporada!

El viejo Estadio Saltillo merecía con todo derecho el calificativo de rústico. Por supuesto no tenía pasto, y cuando un jugador se barría en home levantaba tal polvareda que el ampáyer podía marcar igual out o safe a sabiendas de que no habría protestas, pues lo único que podían ver los jugadores y el público era una impenetrable nube de polvo. Sus graderías eran planchas corridas de cemento. Para comodidad del respetable con recursos suficientes, se alquilaban cojines, los cuales, parte de la cultura beisbolera de entonces, al terminar el partido los aficionados gustaban de hacerlas volar hasta al campo de juego.

¿Alumbrado? Ni soñarlo. Los juegos se disputaban normalmente por la tarde, así que la sección de espaldas a la calle Ramos Arizpe era la de sol, mientras la ubicada al hilo de la calle Salazar, la de sombra.

 Para evitar la eventualidad de que cualquier faul descalabrara o causara un daño mayor a los aficionados, la gradería ubicada detrás del home estaba protegida por alambre de gallinero. No exagero: era tela de gallinero. Ahora, la totalidad de las graderías laterales del parque Francisco I. Madero tienen una malla, por aquello de que los aficionados descuidados reciban un pelotazo cuando en lugar de estar viendo el juego miran hacia otra parte o revisan su celular (esto último es lo más frecuente).

Había otra regla no escrita: después de un faul o jonrón que alcanzara la calle, el afortunado que recogía la pelota podía entrar gratis a ver el partido, a condición de regresarla. Definitivamente, la Liga no nadaba en recursos. Hoy, cualquier rasponcito sufrido por una bola es causa suficiente para decretar su inmediata jubilación. Eso se lo copiamos a los gringos, tan ricos y desperdiciados.

 Al concluir el partido prolongábamos la diversión discutiendo ante dos refrescos en el Centro Alameda, sobre supuestos errores de estrategia del mánager Agustín Verde: “Debió ordenar toque de bola, no bateo libre”.  “¿A quién se le ocurre dejar a Limonar Martínez después de haber regalado dos bases por bolas en la séptima entrada?”.

 Todo pasa, es cierto. Ya casi nadie recuerda al Estadio Saltillo. Pero no todo se ha perdido: el equipo de casa mantiene viva la tradición de perder. Y lo hace de maravilla.
27 Agosto 2017 04:01:00
¿Qué hacer en un año?
Saltillo y el resto de los 37 municipios del Coahuila vivirán próximamente un relevo sui generis en sus ayuntamientos. Por primera vez desde los nacientes años del siglo pasado, las autoridades municipales verán reducido a un año su periodo de gobierno. Muy poco tiempo, en verdad.

Aquellos mandatos de 12 meses eran adecuados a las circunstancias. Los presidentes municipales y sus cabildos gobernaban comunidades pequeñas, muchas de ellas todavía con aroma semirrural, con la agravante de tener que hacer frente a los retos disponiendo de un presupuesto raquítico, en ocasiones insuficiente incluso para hacer frente a los gastos de su propio sostenimiento. Hoy, aquel Saltillo de alrededor de 40 mil habitantes se ha convertido en una ciudad que roza el millón de habitantes. Y del tamaño del crecimiento de la zona urbana y del demográfico ha sido el  crecimiento de las necesidades y los problemas.

¿A qué puede aspirar un presidente municipal que estará solamente un año en el cargo? Lo corto del periodo le obliga, primeramente, a tener en cuenta que su de-sempeño será una lucha constante contra el reloj. Además, deberá tener proyectos muy concretos, viables, que sea posible llevar a buen fin en unos cuantos meses. De lo contrario, al terminar el año estaría condenado a heredar obras inconclusas cuyo destino se puede vaticinar en vista de experiencias anteriores sería el abandono. Elefantitos blancos que servirán, en el peor de los casos, de refugio de malvivientes y drogadictos.

Con el ímpetu de su juventud, Manolo Jiménez, el próximo alcalde saltillense, ya se arremanga la camisa para, aseguró, ponerse a trabajar desde el primer día. Trabajo no le faltará. Sin embargo, hay varios problemas cuya complejidad resulta difícil solucionar en 365 días. Uno de ellos es el tránsito vehicular, que en algunos puntos alcanza ya niveles preocupantes. Si usted transita por el periférico Echeverría al sur de Valdés Sánchez poco antes de las 8 de la mañana, verá hileras de autos de dos kilómetros de largo no es exageración avanzando a vuelta de rueda de sur a
norte.

El mismo fenómeno se presenta durante las horas pico en la carretera a Zacatecas, en su tramo La Angostura a Derramadero. La atracción de industrias al valle de Derramadero ha incrementado exponencialmente el número de empleados y obreros que viajan desde la ciudad hasta ese lugar todos los días.

Ambos problemas difícilmente se solucionarán en un año. Pero hay otros de menor calado que sí es posible resolver. Uno de ellos es la modernización del sistema de semáforos y su sincronización. Abundan señales a media luz y otras tan lagañosas que el automovilista que no goza de una vista 20-20 acaba por cruzar la bocacalle encomendándose a todos los santos. En avenidas de Monclova se instalaron ya las nuevas señales de brillante verde, ámbar y rojo, con letreros de Alto y Siga. En cambio, aquí conservamos como piezas de museo los venerables semáforos de capuchita de lámina.

Otro reto es aplicar el horario para el tránsito de camiones pesados y tráileres por las calles de la ciudad. Estos armatostes circulan a todas horas con sus enormes cajas, o incluso con tanques de más de 12 metros de largo que sabrá Dios qué transportan. ¿Qué intereses impiden el cumplimiento del reglamento?

No son grandes proyectos, pero el diablo está en los detalles, y estos son detalles que mejorarían la calidad de vida y la seguridad de saltillenses y visitantes.
20 Agosto 2017 04:01:00
Hitler estaba allí
“Cuando desperté, Adolfo Hitler todavía estaba allí”. Con ligeros cambios, el célebre cuento corto de Tito Monterroso podría servir de epígrafe a los trágicos acontecimientos ocurridos en Charlottesville, Virginia, Estados Unidos, la semana anterior. Como en las viejas películas norteamericanas, miembros del Ku Klux Klan marcharon, antorcha en mano, por el campus de la Universidad de Virginia, reviviendo odios raciales que si no creíamos muertos, pensábamos vegetaban en el cerebro de unos cuantos orates. Como se sabe, uno de ellos lanzó su auto contra una multitud que protestaba contra una marcha de ultranacionalistas. Una mujer llamada Heather Heyer murió y varias personas quedaron heridas.

Lo sucedido en Charlottesville revela que eso de los supremacistas blancos, ku klux klanes y neonazis son legión en el país vecino. Y si antes escondían su odio y ferocidad, ahora los exhiben impúdicamente en actitud retadora.

Durante la campaña de Donald Trump en busca de la Presidencia de Estados Unidos escribí que ya no importaba si ese estrafalario personaje ganaba o perdía las elecciones. Sus ataques a los inmigrantes mexicanos e islamistas ya habían sembrado la semilla del mal, legitimando sentimientos que quizá por pudor o vergüenza miles de sus compatriotas compartían, pero sin atreverse a expresarlos al no ser considerados políticamente correctos. El daño estaba hecho. Y ahora el racismo se quita la careta.

Trump, cuya posición ante los hechos del estado de Virginia fue tardía y ambigua, lo cual le ha atraído una catarata de críticas, es indirectamente el autor intelectual de lo ocurrido. Sus discursos y actos alentaron detestables expresiones racistas. Se podría apostar que cada uno de los portadores de antorcha en la manifestación del Ku Klux Klan, en las pasadas elecciones votó para que Donald Trump llegara a donde ahora se encuentra: la Casa Blanca.

Resulta paradójico que mientras los canales de televisión estadunidenses dedicados a temas históricos insistan en recordar las atrocidades cometidas por Adolfo Hitler y su pandilla antes y durante la Segunda Guerra Mundial, grupos de estadunidenses se dediquen a pregonar sentimientos racistas y vanagloriarse del color de su piel.

¿Cuál es la diferencia entre la búsqueda de la pureza aria, pretexto del genocidio nazi, y la supremacía blanca? Son tan parecidas que se confunden. La raíz es la misma: el orgullo de una imaginada calidad étnica que permite a quienes la disfrutan despreciar, perseguir y, cuando es posible –los nazis alemanes tuvieron la oportunidad–, exterminar a quienes son diferentes. En la lógica racista, diferente es sinónimo de inferior y de suprimible.

Si Charlottesville, Virginia, resulta no ser un brote aislado, Estados Unidos está a punto de enfrentar una crisis de consecuencias inimaginables. Una abominable regresión histórica que eventualmente pudiera repetir aquellos disturbios prohijados en los años 60 del siglo pasado por la resistencia de ciertos grupos a conceder iguales derechos civiles a los afroestadunidenses. Porque en Charlottesville –espero que no se considere una exageración– el humo de las antorchas dibujó los rasgos de Adolfo Hitler. Si el rostro no era el de él, se le parecía mucho.   

MARTÍN MADRIGAL

Virtuoso de la guitarra y maestro de numerosas generaciones de música, Martín Madrigal fue elegido con toda justicia para recibir la presea Manuel Acuña otorgada por el Ayuntamiento de Saltillo. Un acierto. ¡Felicidades!
13 Agosto 2017 03:01:00
Periodismo y literatura
A la memoria del maestro Arturo Moncada Garza

“Anenecuilco, Mor. Aquí nomás en el patio de la última casa grande que hay sobre la salida a Cuautla, afónico por el cáncer que le obstruye la respiración, muriéndose despacito entre los pollos que picotean alrededor de sus huaraches, y con un humor del carajo, el hijo mayor de Emiliano Zapata, Nicolás, padece también la derrota de su padre, como tantos otros que lucharon y perdieron la guerra –y el futuro– con él”.

Jaime Avilés, muerto la semana pasada, autor del párrafo anterior, logró impregnar sus textos periodísticos de buena literatura, sin deterioro de la objetividad.

Corresponsal de guerra en Nicaragua (1979), cubrió la invasión norteamericana a la minúscula isla caribeña de Granada (1983) y fue de los más puntuales narradores de lo ocurrido en los días del alzamiento zapatista de 1994. En todos sus trabajos hizo gala de envidiable capacidad de síntesis. Tenía el don de encontrar lo que los franceses llaman “le mot juste”, la palabra exacta, y ahorrarse aquellas superfluas que solamente hinchan vanamente los textos.

La Enciclopedia de la Literatura Mexicana describe su legendaria biografía en dos líneas: “dramaturgo, periodista, narrador y cronista, marinero, actor de carpa, activista político y criador de conejos”. Todo eso fue. Desconozco su pericia como criador de conejos, pero estoy cierto de que muy pocos alcanzan su altura al escribir crónicas. Dueño de un estilo inimitable, cautivador, era un maestro en la descripción de ambientes. Sus descripciones, salpicadas de brillantes pinceladas literarias, informan y deleitan al buen gusto del lector.

Por ejemplo, cuando habla del doloroso momento de la muerte de un pequeño en la isla de Janitzio, un cohete no estalla simplemente. No: “Un cohetón anuncia en lo alto de la tarde la muerte de Héctor Chávez…”. Ese alto de la tarde es uno de los muchos aciertos estilísticos utilizados por Avilés para abrillantar sus textos y sustraerlos de la rutinaria y aburrida “talacha periodística”. (Manuel Buendía dixit).

Era dueño, como pocos, de una envidiable capacidad de síntesis para retratar lo que veía con una sorprendente economía de medios, como sucede en esta desolada estampa de Juchitán, Oaxaca:

“Un coche, acaso una ráfaga de brisa, un perro, son las pocas cosas que pasan por la placita central de esta ciudad. Casi nadie atraviesa el parque solitario y silencioso. En los portales, adormilados con sus carabinas en la sombra espesa de los arcos del palacio del Ayuntamiento, dos policías vigilan: se les ha borrado la cara”.

Fue un periodista-escritor en la línea de Ernest Hemingway, Gabriel García Márquez, Truman Capote, Héctor de Mauleón, Elena Poniatowska y Luis Spota, a quien acertadamente la editorial Siglo XXI acaba de sacar del olvido gracias a la reedición de algunas de sus novelas.

Hace años, cierto literato petulante hacía la siguiente observación a un joven que deseaba trabajar en un periódico para aprender a escribir. “Querer aprender a escribir en un periódico es tanto como desear aprender qué es el amor prostituyéndose”, sentenciaba. Reflexión idiota si las hay. El periodismo no está reñido con la literatura. Cuando es excelente, se vuelve literatura.

“La rebelión de los maniquíes”, recopilación de crónicas de Avilés, debería ser lectura obligada para cuantos aspiran ir más allá de esos textos apresurados e insípidos que en el viejo argot periodístico se calificaban de “maquinazos”.

Murió uno de los grandes, pero aún es tiempo de aprender de él.
06 Agosto 2017 04:01:00
La expresión coahuilense
El Ateneo Fuente nació poco después de haberse disipado el humo de las armas usadas en el fusilamiento de Maximiliano en Querétaro. Su fundación concretó el optimismo que invadía al país tras la restauración de la República. Su fundador, don Andrés S. Viesca, hombre valiente en la batalla, generoso en la victoria y visionario como gobernante, hizo su apuesta cuando México comenzaba apenas a barrer la casa y a recoger los escombros del Segundo Imperio. ¿Quién iba a pensar en tales circunstancias en fundar una escuela? Por fortuna, Viesca lo hizo.

La creación de don Andrés ha sido estudiada, por lo general –y es justo que así sea– como centro de enseñanza. La doctora María Candelaria Valdés es autora de dos estupendos libros que recuperan la historia de la institución. Sin embargo, además de su labor fundamental de preparar académicamente a jóvenes, miles de ellos después profesionistas, el nacimiento del Ateneo tuvo un importantísimo efecto colateral: inauguró la expresión estatal, si se me permite parafrasear a José Luis Martínez y su eruditísima La Expresión Nacional.

Así es, al hablar de poesía, teatro, ensayo y novela coahuilenses no existe riesgo en dividir la historia en un antes y después del Ateneo Fuente. El antes es casi un desierto en el cual se levanta en solitario la figura de Manuel Acuña. Con florido lenguaje sintetizó este hecho Manuel J. Rodríguez Tejada, autor de la célebre Anthología (así, con h) de Poetas y Escritores Coahuilenses: “Desde Acuña pasaron luengos años sin que la juventud coahuilense experimentara generosos impulsos para exhibir la belleza, respondiendo al momento histórico.”

Sin embargo, el poeta de Ante un Cadáver nutrió su inspiración en la Ciudad de México. Fraguado en el impulso nacionalista de Altamirano y el materialismo de Ignacio Ramírez, los maestros mayores, afinó la palabra en el intercambio con sus contemporáneos: Juan de Dios Peza, Manuel M. Flores, Agustín F. Cuenca y media docena más. Para Acuña, Saltillo adquirió la categoría de recuerdo lejano envuelto en nostalgia. Del  padre y de la madre asoman sus añoradas imágenes en dos o tres poemas, pero a su tierra natal dedicó únicamente uno, San Lorenzo.

Decía don Alfonso Reyes que el norte llegó tarde al banquete de la cultura, y Coahuila, por supuesto, no sería la excepción. Ese banquete se sirvió para nuestro estado con la fundación del Ateneo Fuente. Es tarea inútil intentar disociar esa institución con la historia de la literatura coahuilense del último tercio del siglo 19 y buena parte del 20.      

Ateneístas, maestros y alumnos, fueron los constructores  de la expresión coahuilense que logró registros altísimos en las plumas de don Julio Torri y don Artemio de Valle-Arizpe. Sería injusto incluir únicamente a las eminencias. Hay otros de más modesto brillo, pero igualmente valiosos por sus obras y su magisterio: José García Rodríguez, Otilio González, Jacobo M. Aguirre, Luis Lajous Madariaga y, más cercanos a nuestro tiempo, Jesús Flores Aguirre, Felipe Sánchez de la Fuente y Rafael del Río.

La mayoría de ellos colaboraron en la revista El Ateneo, cuya reedición –si acaso es posible reunir una colección completa– sería un magnífico aporte a las celebraciones del inminente sesquicentenario de la fundación del Ateneo, justamente representado en el escudo de Coahuila por uno de sus exalumnos, Vito Alessio Robles, como una antorcha. La antorcha que iluminó los primeros pasos de la expresión coahuilense.

01 Agosto 2017 04:00:00
Aquel Saltillo
La calle de Allende sería útil en un estudio de caso sobre los cambios sufridos por Saltillo en los últimos 70 años. En esas 7 décadas la población se disparó de alrededor de 60 mil habitantes a cerca de un millón. Es decir, casi se multiplicó por 20.

Mi familia llegó a la casa de Allende sur número 122 en los 40 del siglo pasado, después de habitar un siempre añorado chalet estilo europeo en la calle Salazar. Ese chalet, de dos plantas y buhardillas, tenía jardín –al frente donde mi madre cultivaba rosales–, y un extenso terreno en la parte posterior. Al lado de la banqueta corría una acequia en la que mis hermanos y yo, émulos de Tom Sawyer, a falta de Misisipi, practicábamos la pesca de diminutas sardinas. En ocasiones, la corriente llevaba tejocotes caídos al agua en huertas ubicadas al sur. Hoy, en el terreno ocupado por el que fue nuestro hogar levantaron una privada con 17 casas.

Pero volvamos a la calle de Allende. La circulación de vehículos era de sur a norte, a la inversa de hoy. Había pocos autos, muy pocos. Su escasez era tal que mis hermanos jugaban carreras en patines desde Escobedo hasta Juárez sin ningún peligro. Y no recuerdo que mi padre tuviera alguna vez problemas para estacionar el suyo exactamente a la puerta de la casa. Con el número de vehículos de entonces hubiera sido imposible organizar siquiera una modesta “carambola”, de esas que taponean frecuentemente el periférico Echeverría.

Se diría que los hogares de la familia Villarreal Lozano –fueron esos únicos dos– tenían su karma, pues ambos terminaron como bares. En Salazar funcionó un tiempo El Molino Verde, de los hijos de ese inolvidable restaurador que fue don Jesús Martínez. En la de Allende hay ahora otro frecuentado por motociclistas. Existe uno más en la acera oriente, en la que fue residencia de la familia Cabello.

De los antiguos vecinos y sus descendientes no queda ninguno. Frente a nuestra casa, la residencia del ingeniero Juan García y doña Carmen Villarreal se convirtió en el restaurante El Tapanco. Más arriba –para decirlo de acuerdo con la rosa de los vientos saltillenses, donde no hay norte y sur, sino arriba y abajo–, en la esquina de la entonces inexistente prolongación de Ramos Arizpe, abierta en los años 60 para conectarla con De la Fuente, venden comidas o algo así.

El único negocio que permanece donde siempre es la Joyería De Nigris, en la esquina con Juárez, pues la papelería del señor Torri la ocupa ahora un consulado. Este movimiento centrífugo, del centro a la periferia es uno de los fenómenos distintivos de los cambios sufridos por la ciudad.

El aumento del número de automóviles acabó con el paseo de 12 de la calle de Victoria. Después de la misa de 11, los jóvenes de aquellos tiempos paseaban por Victoria desde Morelos hasta la Alameda. Quienes lo hacían en auto, seguían una ruta inalterable: Victoria, vuelta a la Alameda hasta tomar Ramos Arizpe, Allende y otra vez Victoria. El paseo de 12 constituía una de las pocas oportunidades propiciatorias de la formación de parejas pares, como diría López Velarde.

¿Era mejor aquel Saltillo? No. Solamente distinto, pequeño y acentuadamente provinciano.

Nota: Hoy me permití recordar algunas pinceladas de lo que fue nuestra ciudad, no con afán de celebrar el 440 aniversario de su fundación, sino para no escribir de elecciones, del cuestionado Instituto Nacional Electoral, del demeritado Instituto Electoral de Coahuila y de los Tribunales Electorales, que, la verdad, ya me tienen harto.
23 Julio 2017 04:01:00
Matemáticas, ciencia inexacta
Dos más dos son cuatro. Tres más tres son seis. Tres mil más 5 mil: 8 mil. Eso enseñaba la señorita Magdalena a sus alumnos de segundo año del colegio Zaragoza. Mientras hacía las operaciones en el pizarrón con números muy redonditos, aseguraba que las matemáticas son una ciencia exacta, y que llueva, truene o relampaguee, dos más dos son cuatro aquí y en China, en Timbuctú y en Yuririapúndaro, Guanajuato.

Suena lógico, ¿no? Sin embargo, para Eduardo Gurza y sus colaboradores en la Unidad de Fiscalización del Instituto Nacional Electoral (INE) las matemáticas dejaron de pertenecer a las ciencias exactas. Con gran sentimiento, señorita Magdalena, debo informarle que los resultados de sumas y restas pueden cambiar de un día para otro o incluso de la noche a la mañana. Es triste decirlo, pero usted perdió gran parte de su vida intentando meter en la cabeza de un montón de silvestres moconetes aquello de que dos más dos siempre son cuatro.

Sucede que después de mes y medio de haberse celebrado las elecciones en Coahuila, los señores del INE no saben a ciencia cierta –o dicen no saber– si los candidatos rebasaron el máximo de dinero asignado legalmente a sus respectivas campañas. Se entendería que algunos de los artículos de la a veces intrincada Ley Electoral se presten a diferentes interpretaciones y propicien el debate, pero cuando se trata de sumar pesos y centavos, ¿cuál es el problema?

Quizá los señores encargados de la fiscalización de los gastos de las campañas reprobaron aritmética en segundo de primaria. No obstante, aun en el caso extremo de que usen los dedos de las manos para contar, alguien debería advertirles que en sus teléfonos celulares hay un cuadrito con los siguientes signos: +, -, x, =. Sí, allí, donde abajo dice “Calculadora”. Gracias a esta aplicación, ni siquiera necesitan gastar en la compra de uno de esos aparatejos electrónicos diseñados para hacer las mismas funciones.

Al explicar la razón de su tardanza, los encargados de la fiscalización dicen estar en espera de que los partidos involucrados en el asunto entreguen comprobantes. Buen pretexto, pues solamente han transcurrido 48 días, o sea mil 152 horas desde la elección. (Escribo el viernes 21). ¡Eso se llama eficiencia y rapidez! ¿En 48 días no han podido reunir la información suficiente? Perdón, pero suena a retraso mental. ¿A qué se dedicaron entonces durante las mil 152 horas además de ir a cobrar sus jugosos salarios?

Ahora falta que cuando obtengan toda la información deban esperar todavía a que la carta astral se muestre propicia para informarnos de una vez por todas si dos más dos siempre sí fueron cuatro.

¿ELLOS O NOSOTROS? 

La muerte de Héctor Lechuga revivió en las redes sociales segmentos de los programas donde actuaba al lado de Manuel “El Loco” Valdés y Héctor Suárez. Gracias a eso volvimos a reír, o por lo menos yo lo hice. Enrique Krauze, agradecido con Lechuga y compañía, publicó un artículo considerando al recién desaparecido heredero de las carpas populares donde los cómicos criticaban a los políticos. Otros hicieron referencia al humor blanco de los programas.

Ante la general alabanza al trabajo actoral de Lechuga, es válido preguntar: ¿Cambiaron los humoristas o cambiamos nosotros?, pues hoy el humor radiofónico, televisivo o incluso impreso chapotea en una ola de vulgaridad en la cual los supuestos chistes no funcionan si no van condimentados con alusiones explícitas al sexo y las actividades sexuales. Y no se trata de rancio moralismo o de añejos tabúes; se trata de ingenio, inteligencia y buen gusto.
16 Julio 2017 04:08:00
La ley, nada más
Las turbulencias poselectorales que azotan a Coahuila resultan enervantes para los involucrados en las controversias y desgastan la confianza ciudadana en la eficacia del sistema democrático. El hecho de que los comicios no concluyan, como debiera ser, al terminar la elección, siembra dudas, polariza a los  grupos y aumenta el deterioro de la confianza en las instituciones encargadas de organizarlos y vigilarlos.

Quizá podríamos ahorrarnos esta zarabanda poselectoral, si el Instituto Nacional Electoral (INE) y sus representaciones estatales actuaran, no como lo hacen ahora, asumiendo el papel de agentes investigadores del Ministerio Público, sino como policías municipales, cuya responsabilidad –al menos teóricamente– es prevenir los delitos, no castigarlos.

Esto, naturalmente, exigiría un pulcro y oportuno manejo de cada uno de los pasos a seguir antes, durante y después de que los ciudadanos emitan su voto. En esa materia, las autoridades del Instituto Electoral de Coahuila (IEC) obtuvieron una merecida calificación reprobatoria. Se diría que su deseo era incrementar las dudas, no producir confianza.    

Además, en el INE, institución a la que muchos consideran un mal parto de los partidos políticos, se apersonan un día sí y otro también dirigentes políticos para cabildear –así dicen los medios de comunicación– con los consejeros, buscando, se supone, que formulen su voto en favor de sus intereses. El INE debería evitar estos encuentros. La incredulidad del hombre de la calle abona las sospechas de la solidez de las convicciones de los consejeros, a quienes, con éxito o sin él, es posible intentar convencer mediante vaya usted a saber con qué medios.

Los partidos cuentan con representantes legales y estos debieran ser quienes acudieran al Instituto, no a cabildear, sino a presentar pruebas que eventualmente inclinen la balanza de la justicia en favor de sus representados. Eso sería lo correcto, y se resolverían los conflictos poselectorales en el seno de un organismo independiente, ajeno a presiones.

Por otra parte, opinadores con fama de enterados echaron atrás las manecillas del reloj de la historia y hablan de la resurrección de las “concertacesiones”, que nulificaban el sufragio sustituyéndolo por arreglos cupulares alcanzados mediante el intercambio de posiciones o favores políticos. Se ha insistido, por ejemplo, en la posibilidad de que el partido en el poder ceda a la oposición el Gobierno de nuestra entidad, a cambio de que avale el resultado en el Estado de México, considerado clave mirando hacia la próxima elección presidencial.   

Esperemos que tales especulaciones queden en eso, en especulaciones, pues cualquier arreglo de esa naturaleza sería una bofetada centralista a un estado soberano. Equivaldría a lanzar por el caño el pacto federal, nulificando el derecho de los ciudadanos coahuilenses a elegir a sus autoridades.

Sería altamente ofensivo que Coahuila, con todo su potencial económico y su historia de lucha, fuera tratado como simple peón sacrificable en el tablero del ajedrez nacional, para defender al alfil o a la torre cuyo número de electores resulta ser una bolsa de votos más atractiva que la de nuestro estado.

La estricta aplicación de la ley deberá prevalecer en las decisiones que se tomen. De no ser así, el agravio sería inadmisible y podríamos empezar a retirar las estatuas del chantre don Miguel Ramos Arizpe, nuestro ilustre paisano, justamente reconocido como el padre del federalismo.
09 Julio 2017 04:04:00
Carta al profesor Humberto Moreira
Esta es quizá la carta más difícil de escribir de las muchas que he escrito en mi vida. Temo ser tachado de impertinente al ocuparme de asuntos que no me competen personalmente, pero de no hacerlo yo mismo me reprocharía haber guardado silencio por comodidad o por cobardía.

Tengo, señor, muchos motivos de gratitud hacia usted. Durante su Gobierno ocupé un cargo público donde traté de poner mi mejor empeño y mi capacidad. De usted solamente recibí atenciones y pruebas de confianza. Si no lo reconociera, haría gala de ingratitud, la cual siempre he considerado el más detestable de los defectos humanos, reveladora de la miseria moral del ingrato.

Consciente de no ser quién para ofrecer consejos, pero impulsado por el agradecimiento, me siento obligado a expresarle mi opinión acerca de algunas de sus declaraciones ampliamente difundidas por las redes sociales, las que, rogando perdone la dureza del término, me parecieron lamentables.

Desconozco las razones –deben de ser poderosas– para decir lo que dice. Sin embargo, estoy convencido de que al hacer públicos tales señalamientos y descalificaciones es usted el más perjudicado. Airear las diferencias con uno de sus hermanos, en este caso el gobernador Rubén Moreira Valdez, y expresarse de él ofensivamente y con desprecio, no abona nada positivo a la percepción que se tiene de usted, de su carácter y de su actuación como hombre público.

No sé si posee usted pruebas de las acusaciones lanzadas, pero estoy cierto de que la gravedad de estas, al no mediar la prudencia y los lazos de sangre, constituirían argumentos contundentes en cualquier demanda por difamación.

Tampoco hace ningún favor a su expartido, que lo llevó a la Presidencia Municipal de Saltillo y al Gobierno de Coahuila, al ufanarse de haber sido quien, por decirlo así, nombró a su sucesor en la Gubernatura. Cuando lo afirma, niega en redondo la existencia de cualquier atisbo de democracia interna en instituto político del cual fue usted líder nacional.

Por otra parte, si, como asegura, conocía desde niño las supuestas limitaciones de su sucesor, ¿por qué empujó su candidatura? De darle crédito a su dicho, usted sería directamente responsable de lo que ahora le parece reprobable.
Afirman los clásicos que alabanza en boca propia es vituperio. Dejemos a la gente, a quienes nos rodean, juzgar nuestras acciones, y evitemos ser propagandistas de aquello que creemos haber hecho correctamente y es digno de reconocimiento.

Tampoco me parece pertinente defender a estas alturas a uno de sus hombres de confianza, Javier Villarreal Hernández, según usted víctima de una trampa urdida desde el Gobierno estatal. ¿Cómo olvidar su encarcelamiento, así como las propiedades y las cuentas multimillonarias en dólares que la Policía estadunidense le descubrió e incautó? La lealtad, siendo como es uno de los valores más admirables, también tiene límites.

Avivar escándalos o protagonizarlos es lo menos que necesitan Coahuila y México en estos momentos, cuando se acumulan tantas fuerzas adversas a nuestra superación.

La aseguro, aunque posiblemente le resulte difícil de creer, que escribo con la mejor intención y total buena fe. No soy quién para juzgar a nadie, pero desde el fondo del corazón creo que le haría un gran favor al estado y a su familia, y se haría uno a usted mismo, si en ciertas ocasiones no desaprovecha la oportunidad de callar.

Atentamente
Javier Villarreal Lozano



" Comentar Imprimir
columnistas