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[Ruta Libre]

Vivir entre ‘monstruos’

'Juan' comparte su realidad para estremecer a quienes son 'normales'

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Vivir entre ‘monstruos’
Foto: Zócalo | Homero Sánchez
Por: Ana Luisa Casas

Saltillo, Coah.-
Se encuentra envuelto en una cobija sobre la banqueta. Asoma la cabeza para volverse a cubrir mientras sonríe apenado. Me acerqué y me extiende la mano. Me cuenta sobre el mundo que los saltillenses llamamos “calle”. De los monstruos y las sirenas que caminan sobre las aceras, con miedo de toparse con él. Cuando pregunté quién era, me dijo que un ser humano. Los monstruos éramos nosotros.

Dibuja en mi mente un paisaje que antes no podía ver. Donde hay lunas y estrellas a mediodía, junto a cascadas de lluvia dulce y vientos de colores. Juan deambula en el espacio donde esos horizontes convergen con las calles, toca los cristales de los automovilistas que se detienen en cada semáforo para pedirles ayuda, pero dice que ellos le dan monedas.

Es un hombre de barba canosa y cabello ligeramente largo. Alberga en sus uñas la mugre de casi cinco años, cuando entró a esta “calle” y no encontró el camino para volver a casa. Su rostro refleja la pobreza y marginación del alma. Lo perfuman olores citadinos, orines y sudor de axila. No se baña ni asea con frecuencia.

Olfatea restos de comida y se alimenta de sobras que algunos transeúntes le ofrecen. Duerme sobre el pavimento para escapar de los “monstruos” que le niegan su regreso a casa. Los describe como personas disfrazadas de egoísmo y desdén, que lo miran con absoluto desprecio cuando intenta acercarse y él desconoce el por qué. “Son monstruos malos, son malos conmigo”, expresa hundiendo los hombros bajo el cobertor.

Juan no recuerda la colonia donde vivía y por eso convirtió una banqueta en su hogar. Está seguro de que también lo están buscando. Llegó ahí poco después de que lo despidieron de una empresa refresquera. Aunque tampoco recuerda cuánto tiempo pasó.

Parece ser que esta calle también detuvo el tiempo. Él asegura que sigue teniendo 17 años. Dice que extraña el kínder, los cuadernos nuevos y los lápices de madera. Juan se descubre un poco más, deja el miedo a un lado y continúa platicando. Viste una playera anaranjada, pantalón y zapatos casuales. Un pañal se asoma en la orilla de su pantalón.

Me contó que en esa calle hay luces de colores en la atmósfera sin que los “monstruos” podamos verlas. A menudo se mete el dedo índice o pulgar a la boca. La abre para mostrar sus dientes manchados. El tiempo en la calle se los carcomió.

Los vecinos aseguran que su nombre es Pancho, otros le dicen “el vago”. “No hace nada, es muy pasivo. Ahí le ofrezco un taco cuando no consigue”, comentó uno de ellos.

Esta misma “calle” se torna gris. Y lo cubre un techo de telarañas que caen sobre sus hombros. Donde lo persiguen pájaros con alas negras y lo asusta el “din don” de las campanas retumbando cerca de sus oídos, relató. Aleja la mirada. Se pierde en el vacío. Me da la espalda entristecido. Me despido, pero sólo saca una mano para decir adiós. Me partió el corazón.

En Saltillo no existe una instancia dedicada a la atención de los indigentes y limosneros. La Cruz Roja y el DIF Municipal habilitan albergues en temporada de invierno o de catástrofes ambientales, espacios a los que recurren de manera voluntaria, pero que no los hospeda durante el resto del año.

Ni las autoridades municipales y estatales cuentan con un censo que permita conocer el número de personas y las condiciones de los que habitan en la calle, siempre expuestos a peligros, accidentes y abusos por parte de la sociedad.




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