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[Saltillo]

El Seminarista, relatos del ‘infierno’ de Meño

Ignacio Martínez describe en su libro los abusos que él y otros jóvenes sufrían tras las paredes del seminario de Piedras Negras

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El Seminarista, relatos del ‘infierno’ de Meño
Saltillo, Coahuila.- El día en que Ignacio Martínez Pacheco decidió denunciar las violaciones de las que fue víctima en el Seminario de Piedras Negras, se enfrentó a autoridades que lo veían como a un delincuente.

Era la primera vez que alguien ventilaba un escándalo de esa magnitud contra la Iglesia católica en Coahuila y desde entonces prometió que no volvería a callar. Y cumplió su promesa.

A unos días de que Juan Manuel Riojas, mejor conocido como padre Meño, fue sentenciado a 15 años de prisión por haber violado al exseminarista Javier Calzada, Ignacio Martínez Pacheco hace público el lanzamiento del libro que contiene el infierno que vivió cuando fue seminarista.

La publicación es fruto de un esfuerzo del Frente Nacional Contra la Pederastia, que incluye a diversas organismos de la sociedad civil, sicólogos, médicos, activistas y abogados que se aliaron en la lucha contra los pederastas en todos los ámbitos, y tiene como objetivo mostrar a las demás víctimas que no están solas, que tienen el apoyo de la comunidad y de dichos organismos.

El libro se titula El Seminarista y en él Ignacio escribe los días felices cuando, siendo un adolescente ilusionado y de escasos recursos en Piedras Negras, decidió entrar al Seminario donde desde su llegada se le miró de arriba a abajo por su condición humilde.

Había pasado un par de días que ingresó al Seminario, a la edad de 15 años, cuando vio cosas extrañas, entre ellas que al acudir a consejo con el padre Meño, quien era el encargado de la espiritualidad en el Seminario, era común que les preguntara qué hacían para “bajarse la calentura”, o si al ver a los demás bañándose no sentían curiosidad de voltear a verlos.

También cuenta que el padre Meño acostumbraba llevarse a comer, pasear o al cine a algunos seminaristas, sobre todo de noche, o los levantaba de la cama cuando estaban dormidos para llevarlos a caminar, entre ellos a uno de preparatoria, de nombre José Luis, apodado “El Paisa”.

COMIENZA EL INFIERNO

El primer ataque sexual que sufrió Ignacio fue una noche tan calurosa, que los seminaristas instalados en un dormitorio decidieron poner los colchones en el suelo. En esa ocasión, “El Paisa” puso su colchón muy cerca del suyo y cuando acordó, ya estaba pegado a su cuerpo, lo sometió a la fuerza y lo obligó a masturbarlo.

“Esa fue la primera noche que no dormí, y no por miedo, en realidad porque sentía que Dios me castigaría por haber hecho eso y que de castigo me correrían del Seminario”, escribió.

Acudió a contárselo al padre Meño, quien le dijo que no se lo fuera a contar al padre prefecto, que en ese tiempo era el sacerdote Gerardo Hernández, porque los podrían correr a los dos, que se quedara callado e hiciera mucha oración para que su compañero no cayera más en tentación.

Sí se quedó callado y también oró, pero no sirvió de nada. Días después, cuando Nacho tendía ropa en la lavandería ubicada en la parte superior del Seminario, José Luis llegó y lo volvió a someter, ahora contra la pared, amagándolo del cuello con una playera, evitando que hablara o gritara.

“Me bajó el pants y se sacó el pene, lo colocó en mi ano y con una mano apretaba la camisa sobre mi cuello y con la otra me tomaba de los pelos hasta apretármelos, jalármelos. Metió su pene en mi recto más de cuatro veces muy fuerte y quise gritar, pero me tapó la boca”, cuenta.

Luego de la violación, se fue llorando a las regaderas y vio la sangre salir de su cuerpo. Se sintió sucio y lo primero que pensó era que ya no podría ser sacerdote, porque ya no era casto y esa era una regla para acceder al ministerio. Cuando salió del baño vio que “El Paisa” ya estaba hablando con el padre Meño, mientras lo señalaba con la mirada. Ahí empezó su depresión.

VIOLACIONES Y ORGÍAS

Pronto se dio cuenta de que no era la única víctima. Había otro seminarista de preparatoria llamado Érick que violaba a alumnos de secundaria. Lo descubrió un día abusando de uno de ellos, de nombre Abel. Aquel día, Érick lo amenazó con golpearlo si se lo contaba a alguien.

“Cosa que no me importó y le dije a Meño, a lo que sólo me dijo que no anduviera viendo las cosas que no debía y que no anduviera en lugares donde no me correspondía”, escribió Ignacio.

Con el tiempo llegaron dos seminaristas en el grado de magisterio, que estaban a cargo de los seminaristas menores y a quienes identifica como Néstor y “Gerry”. En varias ocasiones los vio entrar a los dormitorios besándose en la boca y tocarse con mucha euforia. Después, fue testigo de que sostenían relaciones sexuales frecuentemente.

De esas relaciones homosexuales al interior del Seminario entre compañeros que estaban a cargo de la disciplina y los estudios de los seminaristas menores, también le contó al padre Meño, quien sólo le dijo que eso le pasaba por andar viendo a través de las ventanas lo que no debía.

El libro contiene otras escenas de relaciones homosexuales entre compañeros, consentidas y no consentidas, e incluso las visitas de seminaristas mayores y hasta sacerdotes, que entraban hasta las regaderas o dormitorios coqueteando con los seminaristas menores.

ABUSOS DE MEÑO

A pesar de aquello, Nacho seguía en su empeño por intentar ser sacerdote y seguía viendo a Meño llevarse a seminaristas a pasear por las noches, hasta el día en que él fue el elegido para dar uno de aquellos paseos.

Efectivamente caminaron un rato, hasta que comenzó a preguntarle sobre la masturbación y las revistas pornográficas, diciéndole que todos los sacerdotes recurrían a eso para satisfacerse.

Meño, que durante todo el tiempo lo llevaba tomado por la parte trasera del cuello, fingió cansarse y se sentaron, lo que aprovechó para presionar la cabeza de Nacho hasta recargársela en el pecho y luego en el abdomen, hasta obligarlo, por la fuerza y aferrándose a su cabello, a bajar hasta su pubis.

El adolescente fue sometido por Meño, quien se bajó la ropa y lo obligó a hacerle sexo oral, haciéndole abrir la boca a la fuerza hasta que terminó, se levantó como si no hubiera pasado nada y le dijo que no le debía contar a nadie lo que había pasado. Humillado, Ignacio se fue a su dormitorio, llorando de impotencia y asco.

Después fue citado de nuevo para charlar y se repitió el abuso. Otra vez Meño lo sometió y obligó a practicarle sexo oral, esta vez con más violencia que la vez pasada, y al terminar le dijo “bueno, ya vamos a dormir, aquí no ha pasado nada entre tú y yo”.

“Ya eran dos las veces en las que Meño me tomaba por la fuerza y sólo me usaba como su objeto para satisfacerse. Me daba tanto coraje, me hacía llorar, pues todos creían que me gustaba que me hicieran sexo cuando se les antojaba debido a que yo no decía nada y sólo me quedaba callado”, aparece en el libro.

COMPLICIDAD Y GOLPIZA

Cuando Ignacio se dio cuenta de que aquello se había vuelto un infierno, se lo platicó al padre prefecto, que en ese tiempo era el padre Gerardo Hernández. Entre lo que le reveló estaba lo de las violaciones a seminaristas menores de edad, los encuentros sexuales de los del magisterio y lo que le estaba haciendo el padre Meño.

Aunque el prefecto prometió hablar con ellos, de nada sirvió. Las cosas siguieron igual, incluso peor, porque al saberse delatados, “Gerry” y Néstor lo hostigaban, hasta que un día lo golpearon salvajemente, acusándolo de chismoso y llamándolo “jotillo”, echándole en cara que sabían lo que el padre Meño le había hecho.

“Me soltaron y repitieron que si seguía de chismoso me iría el doble de mal, que si yo decía que todos cogían entre todos me iban a dar una chinga y me empinarían para que todos pasaran a meterme la verga, que al cabo había mucho monte alrededor del Seminario y que nadie se daría cuenta dónde me aventarían”, dice el testimonio.

De todo eso también se dio cuenta el padre prefecto y el mismo Meño, así como el resto de los seminaristas mayores y menores, pero nadie dijo nada. Había un pacto de complicidad entre todos ellos y ahora él era su enemigo por rebelarse.

Después de esa ocasión había dos cosas en su mente: quitarse la vida o irse lejos, donde nadie supiera nada de él. Quizá el cielo lo escuchó, porque otro seminarista llamado Mario fue y se metió a su cama para acusarlo de tocamientos y luego lo golpeó en la escuela, desatando un alboroto. Luego de aquello, fue llamado por el prefecto y fue corrido del Seminario.

ANTE EL OBISPO Y LA CURIA

La última parte del libro habla de que, luego de ser corrido del Seminario, se contactó con su bienhechora, una señora católica que lo apoyó y lo sigue apoyando hasta la fecha, quien fue a recogerlo junto con su familia, viéndolo todo golpeado y con el alma quebrantada. Ella lo llevó al Obispado para dar la queja al obispo Alonso Garza, quien luego de hacerlo esperar largo tiempo, lo recibió.

“Le dije que venía acompañado por mi bienhechora, quien me recogió desde la 6 de la mañana en el Seminario y andaba cargando con mis cosas, ya que me había corrido el prefecto, pero que había sido violado en varias ocasiones y que me había golpeado el coadjutor ‘Gerry’”, escribe.

Luego, le contó con detalles todo lo que pasaba, lo de las relaciones sexuales entre “Gerry” y Néstor, la violación de los jóvenes de secundaria, los padres que acudían al Seminario a ver qué encontraban y los abusos de Meño contra él y otros seminaristas. Así que el obispo mandó a hablar al prefecto y al padre Meño. Cuando el padre Gerardo llegó, apenas entró, lo vio y le dijo “qué, ¿ya viniste con el chisme, maricón?”.

También citó al ya fallecido padre Candelario y al vicario general de ese entonces, Armando Vargas Mireles, e hizo que Nacho contara de nuevo todo delante de todos. Hubo un momento en que los curas acusados se exaltaron y hasta uno de ellos le gritó al obispo que eso pasaba incluso de donde él venía, haciendo referencia al Seminario de Monterrey, donde Alonso Garza fue rector.

Después de eso, Alonso Garza prometió que se comprometía a castigar a quienes le habían hecho daño, que no tuviera la menor duda, que se fuera tranquilo. Le pidió si quería regresar de nuevo al Seminario, pero Nacho se negó y entonces el obispo le propuso enviarlo a otro lado a cambio de su silencio.

“Insistió mucho en que tenía que olvidar lo que había pasado y vivido en el Seminario, que no le contara nada a mi familia y menos a la prensa, porque si lo hacía no sólo dañaría mi formación, sino la de todos los demás seminaristas”, expone en el libro.

Y así sucedió. Ignacio se fue a otra congregación, donde llevó terapia sicológica y ayuda espiritual, hasta que no pudo más y llegó el momento en que decidió dejar la vida religiosa para denunciar todo lo que le pasó.

Acudió a la Fiscalía donde, escribe, lo trataban como si él hubiera cometido el delito.

Vendió sus cosas, pidió prestado y pagó a un abogado que no hizo nada por él, hasta que lo contactó el despacho jurídico Maldonado & Asociados, que le prometió representarlo sin cobrarle un solo peso.

También recibió apoyo del Frente Nacional contra la Pederastia, convirtiéndose en activista y brindando asesoría jurídica en Coahuila a otras víctimas de sacerdotes. Allí lo animaron y apoyaron para escribir este libro, en cuyo último párrafo deja claro que luego de publicarlo “ya no sería el mismo al que podían hacerle y deshacerle cuanto quisieran. Ya no más. Nunca más”.


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