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hace 2 semanas
[Ruta Libre]

El Faro Rojo: El fuego del odio

Un galón de gasolina y el detonante de una vieja rencilla acabaron con la vida de Mario

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El Faro Rojo: El fuego del odio
Foto: Especial
Por: Rosendo Zavala

Saltillo, Coah.- Desgarrando el silencio de la noche con aullidos de un sufrimiento inaudito, Mario se revolcaba entre las llamas que lo consumían ante el regocijo de sus verdugos, que complacidos atestiguaban la escena, dando paso a la tragedia que conmocionó a la sociedad aquella madrugada de verano.

Sabiendo que un ataque de dimensiones mayores los convertiría en reyes del barrio, “Los Gordos” rociaron el galón de combustible con que iluminaron la figura del infortunado caminante, quien pagó con fuego el haberse involucrado en la guerra de pandillas, donde terminó siendo el único perdedor.

Sabadito alegre

Con la euforia de la parranda que bañaba el ambiente de fin de semana, Ramón se paró con soltura de la silla donde reposaba sus emociones y con desenfado reclamó a los presentes para que sacaran lo mejor de su esencia, en el atardecer que hasta entonces parecía prometedor.

Tras él, la figura de Mario se erguía tranquila y sin prisas, apenas llegaban al evento que durante la semana habían planeado con entusiasmo; la jornada no podría ser diferente a cómo lo esperaban.

En otra parte de la Universidad Pueblo, Ricardo se entretenía bebiendo con los rijosos que veían pasar la vida entra caguamas y carrujos de mariguana. Para ellos, todos los días sabían a lo mismo porque su único pasatiempo era perder el tiempo en las esquinas.

Con el paso de las horas, el destino de los implicados en la potencial tragedia tomaba forma sin que nadie se diera cuenta, porque sus caminos se cruzarían inadvertidamente en un oscuro callejón del barrio.

Aunque la verbena sabatina se apreciaba tan común como divertida, Mario salió al patio de la casa para tomar aire fresco. El efecto del alcohol parecía nublarle las ideas que se perturbaron cuando el sabor de la cerveza se posicionó de ellas inevitablemente.

De manera repentina, “El Isra” decidió irse del lugar para seguir la parranda en otra parte. Fue secundado por Ramón, que sin presupuestar la maldad ajena se acercó al portal de salida del domicilio para seguir a su amigo de infancia.

Matizando el camino con mentiras y carcajadas que soltaban a cada paso, los trasnochadores deambularon por la calle Federico Santos hasta que una imagen lejana les sacudió la alegría. Unas luces de carro los deslumbraron y fue entonces cuando comenzó la pesadilla de la que no pudieron salir bien librados.

Trágico encuentro


Presagiando lo peor, los amigos detuvieron su andar cuando frente a ellos se detuvo el vehículo del que varios sujetos descendieron para increparlos por viejas rencillas, generando la lluvia de insultos que calentó el ánimo de todos los rijosos.

Encendido por lo que pasaba, Ricardo sacó del auto una bolsa con piedras para arrojarlas contra los fiesteros, quienes desconcertados no pudieron repeler el ataque en el que fueron lapidados sin piedad.

Al ver que tenían la contienda a su favor, los agresores sacaron de la cajuela un galón de gasolina, mientras Pepe rociaba de gas a sus victimados. Ricardo encendió el fósforo que lanzó al aire para atinar en el cuerpo de Mario, quien se convirtió en antorcha humana.

Mientras Ramón corría para avisar a sus conocidos sobre lo que pasaba, los pandilleros contemplaban su trágica obra divirtiéndose cuando escuchaban cómo el quemado gritaba implorando la piedad que nunca le dieron.

Justo en medio del éxtasis que vivían cuando apreciaban al muerto viviente, los agresores se vieron sorprendidos por la turba de parranderos que llegaron para auxiliar a su amigo, que para entonces comenzaba a extinguir su existencia en medio de las llamas.

Luego de que el zafarrancho callejero se diluyera, patrullas municipales sitiaron la colonia buscando a los autores materiales de la tétrica obra y apoyando a los paramédicos de la Cruz Roja que atendieron al joven “rostizado” por el odio de sus vecinos.

Bajo la etiqueta de urgente, el lesionado fue llevado a una clínica del Seguro Social en el bulevar V. Carranza, para luego ser llevado días después al hospital de especialidades de Monterrey, donde perdió la batalla contra la muerte.

Al mismo tiempo autoridades policiales redoblaban esfuerzos para ubicar al causante de los males, que fue aprehendido cuando se refugiaba en un domicilio cercano al lugar donde se convirtió en asesino.

De esa forma, Ricardo fue puesto frente a las autoridades penales que como medida cautelar le pusieron un brazalete para que siguiera con su proceso legal en la calle, provocando la furia de los deudos que decididos a hacer justicia por su propia mano incendiaron la vivienda del imputado.

Finalmente, el presunto volvió a encarar las diligencias de la autoridad, que tras investigar a fondo le retiró el brazalete de seguridad para internarlo en el Cereso, donde aguarda el momento de conocer el resultado de una potencial condena por el delito de homicidio.


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